domingo, 21 de abril de 2019

Algunos elementos que caracterizan a las disciplinas históricas como conocimientos científicos



1.         Moradiellos, Enrique  ¿Qué es historia?. En El oficio del historiador, Madrid, siglo XXI, 1999

El autor pretende establecer los elementos que caracterizan a las disciplinas históricas como conocimientos científicos, de esta forma propone de inicio, el análisis de las características del conocimiento científico (CC) en general.

Conocimiento científico moderno
Conocimiento
Crítico-racional

Organizado

Sistematizado
Transmitido
Desarrollado históricamente

   Mítico
   Mágico
   Religioso
  Tecnológico

Y partiendo del origen histórico-genético de las ciencias, especifica que “las ciencias se constituyen a partir de previos conocimientos técnicos y artesanales sobre campos de realidad material, delimitados operativa y pragmáticamente”, lo que en otros términos significa que el desarrollo técnico de las actividades humanas, al llegar a un punto específico de dominio artesanal-tecnológico, permitió consolidar conglomerados de conocimiento sobre diferentes y concretas áreas de la actividad humana dando lugar al inicio de lo que hoy conocemos como disciplinas científicas que se desarrollan específicamente en sus propios campos de actividad categorial o espacios de inmanencia, con una sintaxis y una semántica propias de cada disciplina, al tiempo que estos campos requieren para ser científicos cumplir con lo que Moradiellos llama:  

Principio semántico

Sintaxis interna
(orden y relación de los términos)
Semántica
(significado de las expresiones)
·       Delimitación de términos
·       Sistema de operaciones entre términos
·       Conceptos
·       Proposiciones
·       Teoremas

Necesidad de contar con referentes de realidad para apoyar su discurso

Así el lenguaje científico debe tener sentido y referente con la realidad, para ser considerado en el proceso de comunicación de conocimiento con estas características.

Sentido
Referente
Relación de una expresión con otra
Relación de una expresión con un objeto o conjunto de objetos

Nota: El autor advierte que no todo conjunto de conocimientos organizado lógicamente constituye una ciencia.  

Otra de las reflexiones sobre los elementos necesarios en este conjunto de conocimientos, apunta a la Pragmática  (modo en que influye el contexto), considerando su dimensión social e institucional, enmarcadas en reglas operativas, normas de conducta, códigos y nomenclaturas para cada disciplina. Así el CC tiene la pretensión de construir verdades que respondan a los requerimientos de objetividad, necesidad y carácter critico, aunque estos no proporcionan sabiduría total  de la realidad, permiten conocer con certeza crítica aspectos de esta.

Principio determinista genético
Cualquier fenómeno y acontecimiento se aborda a partir de condiciones previas


Hasta aquí, analizados los elementos constitutivos del CC, aborda específicamente aquellas características del conocimiento histórico, cuyo campo de acción particular son los restos y vestigios del pasado que perviven en el presente en forma de residuos materiales, huellas corpóreas y ceremonias visibles.


Campos
Elementos en la construcción de conocimiento histórico
semantico - determinista genético

-Descubrir, identificar y discriminar pruebas o fuentes documentales primarias sobre las que se levantará la propia construcción narrativa del pasado histórico.

determinista genético - semántico

-Buscar homogeneidad entre agente preterito y las propias condiciones temporales (formas de pensar, actuar), para reactualizar las operaciones de los agentes cuyos restos se analizan, atribuyendo razones y propositos en posibles escenarios de condición en las que se pudieron presentar originalmente, para apoyarse en la interpretación de acontecimientos y procesos
-Bajo el principio de que toda historia es contemporánea, buscar extraer de la propia conciencia operatria el pasado en el propio presente.

sintaxis interna

-Reconstrucción de un pasado histórico narrativo, basado en pruebas y fuentes documentales primarias, mediante metodos inferenciales e interpretativos.

pragmático

-Argumentación de funcionalidad social y cultural, como respuesta a la exigencia opertaiva de todo grupo humano, para contar con una conciencia de pasado colectivo.
-Exposición de los origenes del presente según circunstacias de gestación, funcionamiento y transformación, como advertencia tangible y referente positivo en la perfilación de planes de acción a nivel socio cultural.
-Esclarecimiento de los acontecimientos, procesos y estudio de sus causas.


jueves, 4 de abril de 2019

La crueldad como proyecto de nación - México, 40 años de guerra sucia y violencia de estado


Si en este país hay un sospechoso, es la policía.
Luis González De Alba

El presente trabajo pretende enlazar historias sobre el violento proceso de configuración de nación
que mediante una “Democracia impuesta a palos” ejecutó el Partido Revolucionario Institucional entre 1960 y 1990. Por un lado se pretende echar mano de la narrativa que nos ofrecen autores como Benedetti, Taibo y Mejía Madrid, que a su modo y desde su trinchera estudian y comprenden el fenómeno y por el otro externar reflexiones personales. Parto de la hipótesis de que violencia y poder no son términos conceptualmente lejanos entre sí. Pues la historia de las estructuras del poder en México para la segunda mitad del siglo XX está colmada de evidencias en que el Estado excede el uso de la fuerza cuando su legitimidad se ve cuestionada o debilitada por el simple hecho de sospechar un riesgo por mínimo que este sea respecto a la pérdida de su autoridad, situación que se transforma en tentación para que en nombre de la ´Seguridad nacional´ o el ´Estado de Derecho´ se opte por el uso de la violencia, una violencia irracional, con gran derroche de recursos.

En la historia de México regularmente aparece la violencia cuando el poder está en peligro… En muchos casos carente de razones justificantes y con desplazamientos erráticos, cuando en realidad se trata de la más desnuda crueldad que se ejerce desde arriba con el único objetivo de mantener el status quo de las clases dominantes.

Nepantla, octubre de 1973
La “casa grande”, “la de las Jacarandas”, es un lugar cuyo letrero dice: MAQUILADORA DE CARTÓN, S. A., en la calle Jacarandas número 13 de Nepantla y que alberga a’ un puñado de militantes del Frente de Liberación Nacional (PLN), cuya filosofía es casi pacifista: “Somos soldados de la conciencia. No asaltamos ni secuestramos porque eso no forma cuadros, ni educa al pueblo, ni colabora a formar al Hombre Nuevo”. Mientras que el resto de las guerrillas mexicanas asaltan camionetas de valores, bancos y secuestran empresarios y al cuñado del presidente Echeverría
El FLN tiene tres casas de entrenamiento en Monterrey, Nepantla y Ocosingo. Mario Sánchez Azcona es el responsable de la de Monterrey, el Profe Gabriel Anselmo de la de Nepantla y César Yáñez de la de Ocosingo. Le digo esto porque ya seguro averiguó que estamos hablando del origen del Ejército Zapatista de Liberación Nacional de Chiapas. (Mejía Madrid, 2015)

La represión del movimiento ferrocarrilero (1958), el asesinato de los guerrilleros que asaltaron el cuartel militar de Madera (1965), la masacre de Tlatelolco (1968), la represión brutal del jueves de corpus (1971), la masacre de Nepantla (1973); y la persecución que la Dirección Federal de Seguridad (DFS) ejerció a manos de  Fernando Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar Haro, con su “Brigada blanca”, aplicando la justicia a base de tehuacanazo, picana y tortura en sus modalidades más brutales, sobre cualquier ciudadano considerado como sospechoso de subversión. “Este país es muy extraño: alguna gente se siente culpable por no haber sido asesinada, mientras que la mayoría miró para otro lado cuando Gutiérrez Barrios, Nazar y los demás de la Brigada Blanca torturaban, asesinaban y desaparecían” (Taibo, 2010). Muestra clara de que los fines de la crueldad no responden a la razón sino a la practicidad. Algo muy común en la historia de la violencia política contemporánea, pues por la inmediatez de sus efectos nunca dejará de ser un tentador instrumento para conseguir los propios intereses de las clases dominantes y vencer la resistencia del contrario. A lo largo del siglo XX se montaron un conjunto de matrices legales represivas que se alimentaron así mismas durante décadas, demostrando su efectividad de control, vigilancia y delación, en detrimento del fortalecimiento de los lazos de solidaridad social, indispensables para la consolidación democrática y el ejercicio de una cultura de paz.

Nepantla, 26 de octubre de 1973
A las once de la noche los agentes lanzan una bengala para que los más de treinta soldados entren a la casa. El gusto de los represores mexicanos por las bengalas, amigo. Todo se llena de gases lacrimógenos. Deni Prieto es miope y no puede alcanzar sus lentes. Sale con la noche borrosa, estrellándose contra los muebles, desorientada. Tres soldados le pegan nueve tiros. A los dieciocho años, con cuatro meses de una educación guerrillera en la que nunca aprendió a disparar, cayó en el patio de la casa. Mueren: Carmen Ponce, Deni Prieto, el Profe Anselmo Ríos, Zárate Mora y Mario Sánchez Azcona. En la casa de junto son detenidos Elisa Benavides y Raúl Morales Villarreal. Treinta soldados, agentes de la Federal de Seguridad, gases y armamento de alto calibre para siete chicos que decían ser “soldados de la conciencia”. (Mejía Madrid, 2015)

Lo que México y toda América latina experimentó entre las décadas de 1960 y 1990 respecto a la represión política fue consecuencia directa de la política de “Guerra fría” alimentada por una espiral ideológica desde el Norte continental, en donde el “otro” (el que piensa o se ve diferente) ya no corresponde a una escala de valores humanos como tú o como yo. Sino que se desarrolla una mutación moral en la sociedad occidentalizada, tendiente hacia la  animalización del adversario, así de alguna manera quedan justificadas las peores atrocidades cometidas por los “proyectos pacificadores”, en contra de grupos minoritarios.


Los Halcones, junio de 1971
Esa cosa turbia, violenta, había dado señales de vida anteriormente. Primero durante la huelga de Ayotla Textil, cuando los grupos paramilitares aparecieron de la nada, disparando, saqueando, amedrentando a los huelguistas ante la mirada burlona de la policía. Luego en algunas concentraciones en el Politécnico, poco antes del 10 de junio. A pesar de las señales, desde el ojo cándido de la izquierda universitaria, ninguno de los dos fenómenos fue apreciado como algo más que la permanente y en ascenso presencia de las porras y del gansterismo estudiantil que habían hecho su aparición en las escuelas, tras la derrota de 1968. No parecían ir más allá que las pequeñas bandas, que con comportamientos erráticos, pero siempre gansteriles, pululaban por la Universidad, al calor de las drogas introducidas por las autoridades en las verdes explanadas de la Ciudad Universitaria, y los subsidios derramados desde alguna de las dependencias de Rectoría. Bandas de ocho, diez, quince abyectos personajes que robaban, violaban, se emborrachaban en los patios, abusaban de los alumnos de nuevo ingreso, y se justificaban socialmente en los partidos de futbol americano como porras. (Taibo, 2010)

Durante la segunda mitad del siglo pasado, casi todos los gobiernos latinoamericanos respondieron de la misma manera ante los reclamos sociales, totalmente fuera de la legalidad, en mayor o menor medida operaron mecanismos de intimidación, represión, tortura y desaparición; elementos comunes que responden a un plan más allá de las políticas internas de cada país. Un plan fraguado, financiado y técnicamente ejecutado desde los intereses del capital estadounidense, me refiero a la confrontación ideológica entre los dos grandes bloques económicos de la época, pero en clave Latinoamericana y la implementación de lo que conocemos como los terribles años de la “Guerra sucia” entre 1960 y 1980. El apoyo económico y la asesoría militar en la “Escuela de las Américas” de Panamá[1] recibió a cambio múltiples beneficios económicos: petróleo, gas, apertura a la inversión, extensiones ingentes de territorio.

  Calzada México-Tacuba 10 de junio de 1971
El 10 de junio, cuando se decidió volver a tornar la calle, sólo se esperaba la constante presencia de los granaderos, la mancha azul, de ojos hoscos, ahora con seis unidades antimotines estrenadas hacía un par de meses, a las que la mitología estudiantil atribuía poderes extraños y múltiples, como arrojar gases, arrojar agua, arrojar pintura, arrojar balas blindadas, arrojar balas simplemente, tirarse pedos y tocar el himno nacional, a más de hacer sonar sirenas que ensordecían, utilizar rayos infrarrojos en las noches, atropellar al que se dejara y ser inmunes a las bombas molotov.
Y sí, ahí estaban rodeando el Casco de Santo Tomás los seis antimotines nuevecitos, azul grisáceo y mate. Y estaban un par de batallones de granaderos, renovados en los tres últimos años con jóvenes campesinos sin tierra de Puebla, de Tlaxcala, de Oaxaca, que habían venido a llenar los huecos de los desertores de 1968, quienes habían pasado el obligado período de embrutecimiento entrante, que habían comenzado a gustar del pequeño poder, de la pequeña impunidad que da el uniforme; que incluso habían tenido su breve inyección de ideología bárbara tipo: los estudiantes están contra la Virgen de Guadalupe, el comunismo quiere acabar con México y con los niños héroes, nosotros somos el último bastión de la patria; y que encubrían su miedo con nuestro miedo. (Taibo, 2010)

En este contexto represivo en México, aun cuando no gobernaba un régimen militar y se otorgaba asilo a miles de perseguidos políticos de las dictaduras del mundo y el discurso oficial rondaba términos como democracia, apertura política, e incluso solidaridad con el pueblo cubano, como lo recuerda Felipe Victoriano  “la intervención político-militar… cobró la vida de un número aún no precisado de estudiantes… inauguró un periodo de intervención radical de la sociedad que tuvo como característica central el uso del ejército y sus tácticas de guerra en contra de su propia población civil.” (Victoriano, 2010, pág. 179). El saldo es funesto, cientos de desaparecidos, miles de presos políticos, decenas de intelectuales exiliados, mientras que desde casi todos los ámbitos gubernamentales la postura oficial se caracteriza por la negativa a aceptar responsabilidades y el olvido de los hechos; silenciando las voces de la memoria, entorpeciendo las pocas investigaciones y encubriendo a los responsables, a diferencia de nuestros vecinos del sur, en donde oficialmente se reconocieron ya muchos casos de este periodo doloroso en el pasado regional e incluso somos testigos de recientes intentos de impartición de justicia y desagravio. “La dictadura perfecta”, como en su momento lo llamó Mario Vargas Llosa (País, 1990)

Calzada México-Tacuba 10 de junio de 1971
Pasamos por los pasillos de Melchor Ocampo, de San Cosme, de calzada de los Gallos. Ojo ahí, el cerco estaba roto por el occidente, quizá un tanto bloqueado por las rejas de la Normal de Maestros y la propia estructura de las escuelas superiores del Politécnico, y fuimos llegando a la explanada del Casco, punto de partida de seis nuevas reivindicaciones: que no estén chingando en la Universidad de Nuevo León, democracia sindical, libertad a los últimos presos políticos. Y cómo no, cada uno había hecho mal que bien su último análisis de coyuntura y había dicho mal que bien que el nuevo gobierno necesitaba consolidar su apertura, que no podían volver a la represión, que las declaraciones de Echeverría invitaban a la calle. A nosotros, para recuperar nuestro poder, a él, al anfitrión, para demostrar que el México bárbaro de Díaz Ordaz ya no era tal, que los márgenes se habían abierto un poco y que la democracia bárbara daba paso a la bárbara farsa democrática. Total que, bellos, con nuestros vaqueros y nuestras camisas azules, rojas y beige, y los pantalones de pana, y los paliacates al cuello, y las chamarras de gabardina a pesar del calor y las mangas al aire libre de las camisetas, y los pantalones brillantes de las muchachas, y las camisas blancas de los estudiantes provincianos que ahora sí les tocaba porque ellos eran chicos en el Movimiento (el movimiento con mayúsculas, el punto de partida, el no va más de nuestras vidas y nuestros nacimientos, nuestra referencia como humanos frente al país y la vida toda) y ahora si tenían su Movimiento. (Taibo, 2010)

Para fines de este texto hablaremos de guerra sucia a lo largo de tres décadas del siglo pasado 60-70-80 durante los sexenios de Díaz Ordaz, Echeverría y López Portillo (pero no podemos omitir que vivimos una violencia de estado brutal en nuestro propio presente). Donde olimpiadas, devaluaciones, pobreza y abundancia macroeconómica coexistieron históricamente con una figura presidencial intocable que en términos reales corporizaba el poder de la nación, penetraba sindicatos, ayuntamientos, medios de comunicación, tribunales y grupos de oposición y declaraba abiertamente una guerra armada y sin misericordia contra cualquier expresión intelectual o armada en oposición a su poder. Se trató pues de un terrorismo de estado que no dio reconocimiento de las expresiones armadas como fuerzas beligerantes, sino que les catalogó como delincuentes, gavilleros y desadaptados sociales, lo que le permitió ejecutar la más sangrienta represión y aniquilación de estos ciudadanos con la justificación social de que se perseguía simples delincuentes.

Calzada México-Tacuba 10 de junio de 1971
Luego la sorpresa de que a pesar del cerco llegábamos a los diez mil y hasta más, y hasta a los quince mil, y hacíamos del miedo colectivo la demostración de que el miedo no podía paramos del todo y allí estábamos, y entonces salían de las chamarras las banderas rojas cuidadosa, amorosamente ocultas en la llegada, y se desplegaban en palos salidos de las escuelas del Poli, y brillaban las mantas lanzadas al aire con las viejas consignas bajo nuevas letras. Era la euforia, una euforia teñida por el agridulce sabor del miedo derrotado, pero presente.
Apenas hubo tiempo para reconocer a los amigos, para identificar a los grupos, para saludar. Ah caray, cómo se chocaban las manos entonces con el pulgar propio apuntando al corazón, el encuentro y los dedos cerrándose, chasqueando sobre la mano reconocida del amigo. Cuando salimos, abría la marcha Economía de la Universidad, y luego Economía del Poli; caras reconocidas de estudiantes que acababan de salir de la cárcel o regresar del exilio. La columna avanzó por la calzada de los Gallos y bajó por la avenida de los Maestros, sonaban los primeros cantos. La punta llegó a la calzada México-Tacuba y la cola estaba aún saliendo del Casco. (Taibo, 2010)


Así el estado mexicano al no contar con elementos jurídicos para dirigir a todo un ejército contra simples delincuentes se vio obligado a crear grupos de acción clandestina que actuaron bajo el auspicio y observación del poder ejecutivo. El escuadrón Olimpia y la Brigada Blanca son dos ejemplos que conocemos de estos grupos que en total clandestinidad ejecutaron un programa de eliminación sistemática sin manchar públicamente la imagen institucional de las fuerzas de seguridad. En términos generales, el ejército mexicano actuó en las zonas rurales y Dirección Federal de Seguridad en las ciudades y aunque es difícil identificar el nivel de complicidad entre ambas instituciones, es factible señalarles como coautores responsables de múltiples operaciones conjuntas; prácticas ocultas, en donde toda regla podía ser transgredida y ni pensar en la observancia de tratados internacionales sobre el respeto a los Derechos Humanos.


Calzada México-Tacuba 10 de junio de 1971
Salieron de las calles laterales, iban gritando: Viva Che Guevara. Los granaderos les abrieron el paso y los dejaron cruzar entre sus filas, las pancartas se desnudaron y se volvieron garrotes y chocaron con la columna. El viva Che Guevara se transmutó en un sorprendente viva LEA, cabrones. Entraban por Sor Juana, por Amado Nervo, por Alzate. En un punto chocaron contra los grupos de la Preparatoria Popular. Tras la sorpresa, las huestes de la prepa pop se reorganizaron y cargaron contra los intrusos. A media calle un estudiante de Comercio repartía garrotazos a los invasores. La manifestación había sido detenida en la punta por los granaderos, en la calle se combatía a palos, muchos estudiantes corrían, la cola había sido cortada.
Entonces sonaron los primeros tiros, los granaderos se habían retirado y la manifestación pareció que salía hacia el Cine Cosmos, parecía que los agresores habían sido derrotados, al fin y al cabo no más de tres centenares con palos, aunque supieran kendo, y gritaran cuando cargaban, y estuvieran entrenados, no podían frente a la mexicana alegría de una generación de estudiantes que, aunque clasemedieramente intelectualizados, habían tenido sus escuelas de violencia en los barrios, en la vida cotidiana y en el movimiento del 68. Entonces sonaron los primeros tiros, una ráfaga de ametralladora sobre la cabeza de la manifestación disparada desde un coche en marcha, y los agresores volvieron nuevamente con rifles M1 y pistolas, y ametralladoras y más palos, y los granaderos se abrieron nuevamente en las calles laterales para dejarlos pasar.
Algunos, los que todavía podían oír, los que escuchaban, registraron un grito lanzado por los jóvenes de pelo corto que atacaban a la manifestación.- ¡Halcones! (Taibo, 2010)


Detenciones arbitrarias, cárcel sin proceso judicial, desapariciones forzadas, masacres en comunidades indígenas, picana, pocito, violaciones sexuales, simulacros de fusilamiento, vuelos de la muerte… Fueron prácticas cotidianas para reducir la dignidad de civiles que pensaron diferente al régimen priista, algunos incluso culpables sólo de apoyar material o moralmente a estos grupos inconformes, es decir, su base social. “Por eso no te oculto que me dieron picana, que casi me revientan los riñones. Todas estas llagas, hinchazones y heridas que tus ojos redondos miran hipnotizados, son durísimos golpes, son botas en la cara. Demasiado dolor para que te lo oculte, demasiado suplicio para que se me borre” (Benedetti, s/f) Tecnología represiva, centralizada que apoyada por los medios de comunicación de la época, en nombre del gobierno federal y locales diseminaron ideologías transfiguradas en monstruos, en clara estrategia para justificar su actuar.


Calzada México-Tacuba 10 de junio de 1971
Ahí quedó una tarde de terror, más de cuarenta muertos, la Cruz Verde asaltada para llevarse a los heridos por la fuerza, los disparos contra la multitud, el cerco policial y más tarde la llegada del ejército, las detenciones, los cateos en las casas donde muchos se habían podido esconder, la desbandada de la cola de la manifestación, las persecuciones por las azoteas, los disparos sueltos de los francotiradores que duraron hasta el oscurecer, los granaderos que observaban, a veces aparecían y disparaban gases contra grupos sueltos de manifestantes que no podían acabar de decidirse a huir del horror y deambulaban por la zona como si tuvieran una deuda de honor que les impedía apartar los ojos de la matanza.
Hacia las siete y media comenzó a llover y los charcos de sangre se deslavaron en las aceras. La verja de la Normal Superior se había hundido bajo el peso de los que intentaron huir saltando sobre ella. Una ambulancia con las ruedas ponchadas se había quedado en la esquina de la México-Tacuba y avenida de los Maestros, la luz roja oscilaba en el techo mientras se escuchaban los últimos tiros. Hacia las ocho de la noche el ejército controló totalmente la zona, los tanques aparecieron. (Taibo, 2010)


“Si bien no hay poder sin represión y ésta muchas veces constituye su columna vertebral” (Calveiro, 2002), aunque en las sociedades occidentales esta concordancia tiende a ocultarse, e incluso a negarse, para presentarse como estructura natural de las relaciones sociales occidentales en la medida en que para preservarse, se institucionaliza al grado tal que el ciudadano termina normalizándola y adhiriéndola a su rutina diaria, lo que significa que desde las instituciones se crean mecanismos para imponer legalmente el poder sobre los otros, una veces de manera obvia a partir de la fuerza y la represión y otras de modo oculto, con esa forma tan nuestra donde “con dinero baila el perro” en una región en la que “el que no tranza no avanza”, en donde no hay razón que establezca límites y a nadie parece más tentador el uso de la fuerza, más que a aquellos que tienen en sus manos el acceso a los medios violentos. No aplican aquí cuestiones éticas que expliquen el hecho de que la crueldad sea siempre más utilizada por el régimen establecido que por sus contrincantes, sino porque por razón de su potencia ha tenido más oportunidades.

México 10 de junio de 1971
Las explicaciones oficiales hablaban de un encuentro entre estudiantes, pero ahí estaban las fotos de los M1 reglamentarios del ejército, y las fotos de los granaderos dejando pasar a los hombres armados, y las grabaciones de la radio policiaca donde se registraba la dirección por oficiales de la policía de la intervención de los Halcones. El descubrimiento por Guillermo Jordán, un periodista de Últimas Noticias, de los camiones donde habían sido transportados, propiedad del Departamento del Distrito Federal, pudorosamente pintados de gris, y los campos donde habían sido entrenados en la colonia Aragón y detrás del Aeropuerto, y la selección de los Halcones entre soldados, y la intervención de oficiales del ejército y la policía en el entrenamiento. Y ahí quedaron los muertos, a pesar del escándalo y de la denuncia... Y nunca se abrió ningún juicio, y los expedientes desaparecieron ocho años más tarde. (Taibo, 2010)


En conclusión, la crueldad como práctica política no respeta el pacto de seguridad con la ciudadanía, no responde a los fines que le fueron encomendados al Estado, la verdad es que responde al miedo institucional de su propia debilidad; de la pérdida de su poder, únicamente opera con una sola lógica: el fin justifica cualquier chingadera. Así, se transforma en un instrumento de dominación y opresión; en violencia absoluta que desde el discurso oficial se pretende disfrazar de lucha contra algún enemigo común. En México Las cifras del horror ya son descomunales, hay que tener mucho coraje personal para hacer pública la participación de funcionarios públicos en el exceso de la aplicación de la fuerza para conseguir la paz, afortunadamente quedan algunas voces que se esfuerzan para denunciar estas atrocidades y las numerosas violaciones históricas a los derechos humanos que cometió y comete el estado mexicano en contra de sus ciudadanos.

Referencias

Benedetti, M. (s/f). Hombre preso que mira a su hijo. Obtenido de https://www.poemas-del-alma.com

Calveiro. (2002). Desapariciones. Memoria y desmemoria. México: Taurus.

Galeano, E. (1986). Las venas abiertas de América Latina. México: Siglo XXI.

Garretón, M. A. (1997). Revisando las transiciones democráticas en América latina. Nueva Sociedad(148), 20-29.

Mejía Madrid, F. (2015). Un hombre de confianza. México: Grijalbo.

País, E. (1 de septiembre de 1990). Vargas Llosa: "México es la dictadura perfecta". El País, págs. -. Obtenido de https://elpais.com/diario/1990/09/01/cultura/652140001_850215.html

Taibo, P. I. (2010). Todo Belascoarán. México: Grijalbo.

Victoriano, F. (2010). Estado, golpes de estado y militarización en América Latina: una reflexión histórico política. Argumentos, 23(64), 175-193.






[1] Sitio que se considera el laboratorio en que se perfeccionaron las técnicas de contrainsurgencia y tortura que el pentágono implementó para ser utilizadas en la guerra de Vietnam (Galeano, 1986)

viernes, 12 de enero de 2018

Aportes para pensar la realidad contemporánea de América Latina

El presente trabajo pretende estructurar un discurso que sume al análisis de las principales problemáticas históricas en la constitución contemporánea de América Latina, enmarcadas en el periodo comprendido entre 1970 y 2000 (aún que no limitantes a este, pues como se observará, muchos de estos fenómenos presentan antecedentes incluso decimonónicos).
Partiendo de la premisa de que la transición en América Latina hacia regímenes políticos con características civiles, democráticas, incluyentes y funcionales en el marco de las economías de libre mercado, exige el cumplimiento a cabalidad de dos condiciones fundamentales de viabilidad: Por un lado la reestructura de las relaciones sociales resultantes de la violencia de estado en las dictaduras militares y las guerras civiles de AL, y por el otro freno y retroceso a los procesos de desigualdad, fragmentación y anomía social consecuencias de la parcial implementación de políticas desarrollistas y/o neoliberales. Ambos aspectos presumiblemente causales de la desorganización participativa, la despolitización generalizada, y la adhesión a las pautas individualistas de las sociedades de mercado; que dan origen a las problemáticas contemporáneas respecto a las dificultades para una consolidación democrática útil, reducción de la ingobernabilidad política, de la protesta social, y de nuestra actual crisis de representación partidista.
En la región los primeros militarismos siglo XIX, son antecedentes directos de los procesos dictatoriales latinoamericanos, estos presentan características muy particulares pues en un inicio se rigen por criterios estamentales en los que su organización se basa en la desigualdad de condiciones, legitimada tradicionalmente por el origen social de sus soldados. varios caudillos locales toman el control de sus bases con intereses individuales para obtener el control político, aunque no siempre con claridad sobre un proyecto de nación, pero de dan cuenta de la conveniencia de instituir colegios militares para profesionalizar sus mandos (con particular influencia alemana), así como el servicio militar obligatorio que aprovece el bono demográfico que ofrece la modernidad, y es en este momento en que el mérito ejerce un efecto determinante sobre el origen social, resultando en oportunidades de movilidad con cierto grado de democratización para estos grupos y se va consolidando un estadio corporativo que posibilita la creación de un proceso de diferencia en que el Estado castrense se va autoconvenciendo de su superioridad por sobre el mundo civil. Estos militarismos desarrollan la propia concepción de fundadores nacionales y encarnan en sí mismos la identidad de las naciones mediante valores legitimantes, autoconcibiendose como auténtica reserva moral, pues “la militarización de los cargos superiores del aparato estatal se realizó al principio para moralizar la burocracia” (Kruijt, 2008, pág. 215)  aún que hay que reconocer la eficiencia práctica de estos grupos castrenses basados en la disciplina coercitiva y el uso racional de los recursos, características que conservarán durante todo el siglo XX. Particularmente en el mundo andino podemos hablar de una ruptura con estructuras oligárquicas con antecedentes coloniales. En 1964 con el Golpe de estado en Brasil se inicia el viraje a la derecha autoritaria en América Latina, que permitió apuntalar el esquema de libre mercado en la región.
Lo que conocemos como “Nuevos autoritarismos” que constituyen el proceso de maduración institucional del  mundo castrense, convencido que posee las capacidades para gobernar y administrar sus respectivos países de mejor manera que la incapacidad demostrada históricamente por la política civil. Estos regímenes ya contaban con proyectos de país por la vía autoritaria para la toma del control directo en pro de la creación de un nuevo orden como freno al desborde social revolucionario de los 60´s y la “peligrosa” autonomía popular, en un proyecto de despolitización y desorganización de lazos de solidaridad para crear un nuevo sujeto político más obediente, más leal a los valores patrios y por ende más productivo. En este contexto represivo no debemos olvidar a México, como lo recuerda Felipe Victoriano  “allí donde la intervención político-militar… cobró la vida de un número aún no precisado de estudiantes… inaugurando con ello un periodo de intervención radical de la sociedad que tuvo como característica central el uso del ejército y sus tácticas de guerra en contra de su propia población civil.” (Victoriano, 2010, pág. 179)
Estos proyectos ejercen un alto grado de violencia estatal y una marcada crisis de legitimidad ante el resto de las sociedades latinoamericanas por el vacío que dejan las elites en la administración social, pero el estadío profesional generado desde el siglo anterior, les permite mesurar sus capacidades de administración y operan de manera institucional con estructuras jerárquicas rígidas, tratando de proyectar al cuerpo social estos valores jerárquicos y lógicas castrenses para cuadrar al cuerpo civil con base en la utilización de alto grado de elementos coercitivos.
El nuevo tipo de Estado basado en el Autoritarismo se escuda bajo el concepto de “Seguridad Nacional” para contener movimientos revolucionarios y civiles, con la creación de órdenes estatales que logre gestionar de mejor manera los recursos para el funcionamiento del país, es decir un modelo de gestión administrativa, no basada en la política. “Un estado de época que encontró su originalidad en los golpes cívico-militares  que irrumpieron cronológica y sintomáticamente en la primera mitad de la década de 1970” (Victoriano, 2010, pág. 179). En este asunto de la instauración de los Militarismos de América Latina, es posible atender por sus particularidades tres grupos principales. Por un lado, aquellos basados en un desarrollismo e industrialización autoritaria, Brasil (1964), El Salvador (1979), Honduras (1963), Guatemala (1982). Otras que propusieron un cambio total de estructuras organizativas, tendientes a la sociedad de mercado neoliberal: Chile (1973), Uruguay (1973) y Argentina (1976). Y en tercer lugar, aquellos que promovieron un impulso de un proyecto nacional popular desarrollista con cierto grado de participación popular: Bolivia (1971), Ecuador (1976), Panamá (1968) y Perú (1968).
Estas Élites estatales, herederas directas de los discursos de la Guerra Fría, implementan diversos dispositivos de control para desgastar los principios rectores en los lazos de solidaridad y reciprocidad social en su esfuerzo por asociar a la conciencia colectiva de modo impositivo el capitalismo como único camino modernizador y mermar la voluntad de cambio de los civiles, tal es el caso de lo que se  denomina Genocidio social (Feierstein, 2007), en que la muerte, el dolor y el horror de la guerra sucia se impregna en la vida cotidiana de los latinoamericanos, un proceso de industrialización de la muerte, un proceso contra la voluntad social dirigido a desarticular toda postura política antagónica al Estado, en busca de la preservación del status quo de los militares y sus aliados. La estrategia contrainsurgente particularmente impulsada desde Estados Unidos de norte América “se basaba en la guerra sucia, librada por la amplia red paramilitar que Washington había organizado desde el principio de la década de los sesenta. Los operativos de los escuadrones de la muerte que cada mañana esparcían cadáveres con huellas de tortura en zanjas y plazas, constituían la principal actividad de los aparatos de seguridad nacional para impedir que la oposición se organizara.” (Siegel & Hackel, 1990, pág. 150)
Los nuevos totalitarismos que entre los años 60´s – 90´s muestran un proceso de irrupción de presencia política castrense en los gobiernos de América latina, que mediante la vía sistemática de represión, elimina actores no autorizados para cuestionar la actuación Estatal, mediante el militarismo gubernamental se implementa una ideología que busca extender la lógica militar en todos los aspectos de la vida social (formas de organización, lógica de mando y  valores nacionalistas), con una marcada superioridad respecto al mundo civil, “Se reconoce que este proyecto político no agota las expresiones de derecha del país –concebidas como aquellas que privilegian una serie de actitudes políticas orientadas al mantenimiento del status quo, un anhelo al poder para mantener el orden y las jerarquías establecidas” (Lungo Rodriguez, 2008, pág. 70)[1]. Podríamos decir que estos regímenes de alguna manera consiguieron sus objetivos al producir una ciudadanía poco proclive a la movilización, con un fuerte sentimiento de apatía estructural y nuevos sectores sociales que no encuentran ningún sentido a politizarse. Con el tiempo y poco a poco estos grupos castrenses fueron abandonando el ejercicio directo del poder, en algunos casos ante la evidencia de su incapacidad administrativa, en otros envueltos entre fuertes escándalos de corrupción y algunos incluso se vieron superados por el reclamo civil que exigía su vuelta a los cuarteles. Y este retorno a los cuarteles llega por fin, aunque a tiempos diferentes y con características muy particulares en diferentes partes del continente:

“En términos generales y típico-ideales, podemos distinguir tres tipos de democratizaciones políticas en América Latina en las últimas décadas": Uno se refiere a fenómenos de fundación democrática que provienen de las luchas contra dictaduras oligárquicas o tradicionales, a veces con carácter patrimonialista, y donde las transiciones democráticas suceden a momentos revolucionarios o de guerra civil. Esta situación correspondería sobre todo a casos centroamericanos.
Un segundo tipo de democratización es el que llamaremos propiamente transiciones. Se refiere al paso de regímenes autoritarios modernos, especialmente militares, a fórmulas democráticas en las que están ausentes los modelos revolucionarios, pero donde hay algún tipo de ruptura, que no es de corte insurreccional, entre ambos regímenes. Este es el tipo prevaleciente en todos aquellos países que tuvieron regímenes militares institucionales modernos del tipo <<nuevo autoritarismo>> o <<burocrático-autoritario>> o <<de seguridad nacional>> o <<reactivo-fundacional>>, para usar diversas denominaciones con las que se les ha definido. Ellos se dieron especialmente en el Cono Sur, pero para efectos analíticos podemos incluir aquí casos como el paraguayo o el boliviano.
Un tercer tipo de democratización política se refiere a aquellos casos en que, sin haber un momento formal de cambio de régimen o de inauguración democrática, hay un proceso de extensión o profundización democrática desde un régimen de democracia restringida o semiautoritario. Este proceso implica la transformación institucional, ya sea para incorporar a sectores excluido del juego democrático, ya para configurar un sistema efectivamente poliárquico y pluripartidario, ya para eliminar trabas al ejercicio de la voluntad popular, o para combinar todas estas dimensiones. El caso de México y quizá, de Colombia ilustran este tercer tipo” (Garretón, 1997, pág. 22)

Es importante recordar que los sistemas políticos representativos, en esencia se debieran conformar por el debate, la negociación e incluso la polarización ideológica, pero en general cuando la implementación de estos sistemas llega a América Latina lo hace en medio de una marcada falta de compromiso ciudadano, aunque de manera colectiva si se valora la transición de estos rígidos sistemas militares hacia estructuras civiles que garanticen sus intereses sin violencia, se instaura así la creencia de que el mero cambio institucional posibilitará el cambio social, naturalizando este modelo como el único viable para la mejora, en completo antagonismo con las ideologías revolucionarias y cualquier otro tipo de violencia política (que no provenga del Estado, claro está), aunque esta transición se ve manchada por tres aspectos negativos: falta de representación hacia todas la espera civil; falta de legitimidad; marcados acuerdos de clase; y negación u ocultamiento de los conflictos sociales. Dejando de lado los clásicos problemas distributivos para garantizar la gobernabilidad, aún en detrimento de la justicia social; no se convoca a los distintos grupos sociales para expresarse sobre el sistema de qué gobierno desean. En pocas palabras, se implementa la “Democracia desde arriba” se trata de mantener las cosas en orden cueste lo que cueste.  Aunque la propia crisis de legitimidad fuerza a los “gobiernos por decreto”, que centralizan el poder en muchos casos en una “gran” figura presidencial, ante la incapacidad de los congresos para conseguir consensos duraderos, hay un profundo recelo hacia los sectores populares, mientras que se va agravando la atomización civil.
Se presenta cierto tipo de Nacionalismo de una sola vía modernizadora como matriz ideológica que se va consolidando a lo largo de la historia contemporánea de los Estados latinoamericanos. La herencia del marco autoritario reprimió fuertemente la organización civil, particularmente en el sector productivo, las asociaciones sindicales fueron duramente golpeadas, pero aún así los trabajadores comprendieron que la lucha sindical les permitiría alcanzar reivindicaciones laborales que por décadas les habían sido negadas, comienza a germinar una ciudadanía combativa, con cierta conciencia de clase, activista en pro de los derechos sociales. Para mediados de los 80´s la oposición en muchos países - particularmente en el cono sur- va ganando escaños locales
Para la década de los 80´s, se implementan cambios estructurales con marcos laborales más flexibles, menos derechos sindicales, desregulación de la fuerza de trabajo; sindicalismo controlado desde las más altas esferas del poder (Kruijt, 2008),  lo que resulta en un aumento abismal de las desigualdades sociales que impacta incluso al final de la década de los 90´s, Década en que la región experimenta procesos paradójicos de democratización incompleta; alto grado de insatisfacción con la capacidad política de representación y viabilidad a las demandas ciudadanas; e ineficiencia gubernamental para resolver los problemas estratégicos
La erosión de los imaginarios colectivos que dan sentido a la convivencia social, diluye la representación de la sociedad acerca de nuestra propia identidad, generando sentimientos de inseguridad, impulsando la desafección como mecanismo de defensa individual. (Lechner, 2007) Modernización a la fuerza y criminalización de la oposición, son conceptos asociados por la opinión pública respecto a la participación de las elites políticas y militares en la construcción de proyectos nacionales fuertemente imbricados a intereses personales y de clase, lo que incrementa la percepción ciudadana sobre la corrupción de estos grupos y de alguna manera impulsa su adscripción, o al menos simpatía, respecto a grupos disidentes, llegando incluso a radicalizarse hasta la insurgencia social.
En contextos de paz, las tapaderas a los negocios que prosperan con la guerra desaparecen y se hace posible la investigación del origen de los recursos que se han destinado para pacificar a las poblaciones civiles, ya no es viable evadir fenómenos estratégicos como pobreza y desigualdad para que se mantengan subsumidos, en la paz deben ser enfrentados y establecer estrategias para solucionarlos, acá encontramos alguna de las varias razones de interés para mantener activa la figura del enemigo a la seguridad nacional (Keen, 2004). En algunos casos, los peores, se implementan campañas de propaganda pública para diluir la humanidad del enemigo, muchas veces digerida satisfactoriamente por las mayorías. “Encierro, fierro y destierro” la triple formula judicial y mediática que obligó a la ciudadanía opositora a desalojar la escena pública y retornar a sus lugares de origen o al exilio, en una medida de calculado autoritarismo absolutamente violatoria de derechos humanos. Peor aún, la desmovilización militar también deriva en violentización y criminalización social de los más débiles, la reducción del corpus militar y sus presupuestos observa la pérdida de espacios de subsistencia que habían encontrado algunos miembros de las clases desposeídas. Así estos recursos técnicos especializados en el ejercicio de la violencia durante décadas, recientemente desempleados; encuentran como alternativa su integración al crimen organizado y/o a grupos radicales.
Por otro lado los partidos de masas en la región que se constituyeron a partir de lazos corporativos vinculados a las organizaciones de clase, junto a redes clientelares con diversos sectores, dependieron en su momento de la renta petrolera y en otros casos de remesas migratorias. Estos vínculos corporativos y clientelares se vieron fuertemente trastocados por los cambios sociales de fin de siglo y la obligada austeridad que recurrentes crisis económicas que en la región se presentaron. En este contexto encuentran cabida figuras outsider como las de Hugo Chavez, con discursos de critica radical a las políticas de intervención del Imperio estadounidense, corrupción elitismo y monopolio del sistema político latinoamericano (Roberts, 2001), figuras que polarizarán la opinión pública tanto por su proceder sui géneris, como por lo incisivo de su discurso.
Para finalizar se expresan una serie de consideraciones respecto a los temas abordados y la situación actual de América Latina, en donde los cambios no sólo deben ser legales e institucionales, hace falta estudiar y comprender las prácticas del pasado, pues a lo largo del siglo XX se montaron un conjunto de matrices legales represivas que se fueron alimentando así mismas durante décadas, demostrando su efectividad de control, vigilancia y delación, en detrimento del fortalecimiento de los lazos de solidaridad social, indispensables para la consolidación democrática y el ejercicio de una cultura de paz.
Lo que América latina experimentó entre las décadas de 1960 y 1990 respecto a la represión política fue consecuencia directa de la política de “Guerra fría” alimentada por una espiral ideológica desde el Norte continental, en donde el “otro” (el que piensa o se ve diferente), ya no corresponde a una escala de valores humanos como tú o como yo. Sino que se desarrolla una mutación moral en la sociedad occidentalizada, tendiente hacia la  animalización del adversario, así de alguna manera quedan justificadas las peores atrocidades cometidas por los proyectos pacificadores, en contra de grupos minoritarios.
En los procesos de Democratización Latinoamericana, luego del fin formal de las dictaduras militares, lo que parece evidente es la pervivencia de herencias desiguales del pasado, tras las cuales sólo se pueden anticipar importantes obstáculos en el proceso, agravados en toda la región por fuertes casos de corrupción, con el subsecuente debilitamiento institucional. (Garretón, 1997)
La democratización no sólo es un acto electoral, pues debiera vincularse a las prácticas de resolución de conflictos, hasta el momento los sistemas políticos institucionalizados no han mostrado capacidad para entender y afrontar los problemas sociales, desigualdad y pobreza son realidades cotidianas para grandes grupos humanos en la región, que viven en lo que los especialistas denominan “pobreza extrema”, es decir, según la CEPAL 175 millones de personas no pueden solventar sus necesidades de subsistencia básica, mientras que la clase dominante permanece ajena al sentir y pensar de la ciudadanía en general. Así que si se desea salir de esta espiral de descomposición, se requiere de buena voluntad política para afrontar los problemas estructurales al tiempo que se encuentren alternativas para modernizar las relaciones sociales.
Mientras no se enfrenten las verdaderas causales de la desorganización participativa, la despolitización generalizada, la adhesión a las pautas individualistas de las sociedades de mercado, difícilmente podremos hablar de la consolidación de una democracia útil, el fin de la protesta social y la superación de la crisis de representación partidista en la que nos encontramos los latinoamericanos actualmente.

Bibliografía

Feierstein, D. (2007). El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina: hacia un análisis del aniquilamiento como reorganizador de las relaciones sociales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Garretón, M. A. (1997). Revisando las transiciones democráticas en América latina. Nueva Sociedad(148), 20-29.

Keen, D. (2004). Desmovilizando a Guatemala. Análisis Político(51), 25-50.

Kruijt, D. (2008). La Revolución por decreto. El Perú durante el gobierno militar. Lima: IEP, Serie Democracia y Fuerzas Armadas.

Lechner, N. (2007). Los desafíos políticos del cambio cultural. En Obras escogidas, tomo II (págs. 46-65). Santiago: LOM.

Lungo Rodriguez, I. (2008). Hegemonía y proyecto de derecha en el salvador 1989-2004. . México: Tesis de maestría, Flacso.

Roberts, K. (2001). La descomposición del sistema de partidos en Venezuela vista desde un análisis comparativo. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 7(2), 183-200.

Siegel, D., & Hackel, J. (1990). El Salvador la nueva visita de la contrainsurgencia. En M. K. (coords.), Contrainsurgencia, proinsurgencia y antiterrorismo en los 80. México: CONACULTA-Grialbo.

Victoriano, F. (2010). Estado, golpes de estado y militarización en América Latina: una reflexión histórico política. Argumentos, 23(64), 175-193.





[1] Así lo expresa Irene Lungo al referenciar el trabajo de Eugenia Fediakova “Conservadores e innovadores: La derecha en la segunda mitad del siglo XX. En: Promesas de cambio. Izquierda y derecha en el Chile contemporáneo. Editado por Flacso, Chile. 2003