viernes, 12 de enero de 2018

Aportes para pensar la realidad contemporánea de América Latina

El presente trabajo pretende estructurar un discurso que sume al análisis de las principales problemáticas históricas en la constitución contemporánea de América Latina, enmarcadas en el periodo comprendido entre 1970 y 2000 (aún que no limitantes a este, pues como se observará, muchos de estos fenómenos presentan antecedentes incluso decimonónicos).
Partiendo de la premisa de que la transición en América Latina hacia regímenes políticos con características civiles, democráticas, incluyentes y funcionales en el marco de las economías de libre mercado, exige el cumplimiento a cabalidad de dos condiciones fundamentales de viabilidad: Por un lado la reestructura de las relaciones sociales resultantes de la violencia de estado en las dictaduras militares y las guerras civiles de AL, y por el otro freno y retroceso a los procesos de desigualdad, fragmentación y anomía social consecuencias de la parcial implementación de políticas desarrollistas y/o neoliberales. Ambos aspectos presumiblemente causales de la desorganización participativa, la despolitización generalizada, y la adhesión a las pautas individualistas de las sociedades de mercado; que dan origen a las problemáticas contemporáneas respecto a las dificultades para una consolidación democrática útil, reducción de la ingobernabilidad política, de la protesta social, y de nuestra actual crisis de representación partidista.
En la región los primeros militarismos siglo XIX, son antecedentes directos de los procesos dictatoriales latinoamericanos, estos presentan características muy particulares pues en un inicio se rigen por criterios estamentales en los que su organización se basa en la desigualdad de condiciones, legitimada tradicionalmente por el origen social de sus soldados. varios caudillos locales toman el control de sus bases con intereses individuales para obtener el control político, aunque no siempre con claridad sobre un proyecto de nación, pero de dan cuenta de la conveniencia de instituir colegios militares para profesionalizar sus mandos (con particular influencia alemana), así como el servicio militar obligatorio que aprovece el bono demográfico que ofrece la modernidad, y es en este momento en que el mérito ejerce un efecto determinante sobre el origen social, resultando en oportunidades de movilidad con cierto grado de democratización para estos grupos y se va consolidando un estadio corporativo que posibilita la creación de un proceso de diferencia en que el Estado castrense se va autoconvenciendo de su superioridad por sobre el mundo civil. Estos militarismos desarrollan la propia concepción de fundadores nacionales y encarnan en sí mismos la identidad de las naciones mediante valores legitimantes, autoconcibiendose como auténtica reserva moral, pues “la militarización de los cargos superiores del aparato estatal se realizó al principio para moralizar la burocracia” (Kruijt, 2008, pág. 215)  aún que hay que reconocer la eficiencia práctica de estos grupos castrenses basados en la disciplina coercitiva y el uso racional de los recursos, características que conservarán durante todo el siglo XX. Particularmente en el mundo andino podemos hablar de una ruptura con estructuras oligárquicas con antecedentes coloniales. En 1964 con el Golpe de estado en Brasil se inicia el viraje a la derecha autoritaria en América Latina, que permitió apuntalar el esquema de libre mercado en la región.
Lo que conocemos como “Nuevos autoritarismos” que constituyen el proceso de maduración institucional del  mundo castrense, convencido que posee las capacidades para gobernar y administrar sus respectivos países de mejor manera que la incapacidad demostrada históricamente por la política civil. Estos regímenes ya contaban con proyectos de país por la vía autoritaria para la toma del control directo en pro de la creación de un nuevo orden como freno al desborde social revolucionario de los 60´s y la “peligrosa” autonomía popular, en un proyecto de despolitización y desorganización de lazos de solidaridad para crear un nuevo sujeto político más obediente, más leal a los valores patrios y por ende más productivo. En este contexto represivo no debemos olvidar a México, como lo recuerda Felipe Victoriano  “allí donde la intervención político-militar… cobró la vida de un número aún no precisado de estudiantes… inaugurando con ello un periodo de intervención radical de la sociedad que tuvo como característica central el uso del ejército y sus tácticas de guerra en contra de su propia población civil.” (Victoriano, 2010, pág. 179)
Estos proyectos ejercen un alto grado de violencia estatal y una marcada crisis de legitimidad ante el resto de las sociedades latinoamericanas por el vacío que dejan las elites en la administración social, pero el estadío profesional generado desde el siglo anterior, les permite mesurar sus capacidades de administración y operan de manera institucional con estructuras jerárquicas rígidas, tratando de proyectar al cuerpo social estos valores jerárquicos y lógicas castrenses para cuadrar al cuerpo civil con base en la utilización de alto grado de elementos coercitivos.
El nuevo tipo de Estado basado en el Autoritarismo se escuda bajo el concepto de “Seguridad Nacional” para contener movimientos revolucionarios y civiles, con la creación de órdenes estatales que logre gestionar de mejor manera los recursos para el funcionamiento del país, es decir un modelo de gestión administrativa, no basada en la política. “Un estado de época que encontró su originalidad en los golpes cívico-militares  que irrumpieron cronológica y sintomáticamente en la primera mitad de la década de 1970” (Victoriano, 2010, pág. 179). En este asunto de la instauración de los Militarismos de América Latina, es posible atender por sus particularidades tres grupos principales. Por un lado, aquellos basados en un desarrollismo e industrialización autoritaria, Brasil (1964), El Salvador (1979), Honduras (1963), Guatemala (1982). Otras que propusieron un cambio total de estructuras organizativas, tendientes a la sociedad de mercado neoliberal: Chile (1973), Uruguay (1973) y Argentina (1976). Y en tercer lugar, aquellos que promovieron un impulso de un proyecto nacional popular desarrollista con cierto grado de participación popular: Bolivia (1971), Ecuador (1976), Panamá (1968) y Perú (1968).
Estas Élites estatales, herederas directas de los discursos de la Guerra Fría, implementan diversos dispositivos de control para desgastar los principios rectores en los lazos de solidaridad y reciprocidad social en su esfuerzo por asociar a la conciencia colectiva de modo impositivo el capitalismo como único camino modernizador y mermar la voluntad de cambio de los civiles, tal es el caso de lo que se  denomina Genocidio social (Feierstein, 2007), en que la muerte, el dolor y el horror de la guerra sucia se impregna en la vida cotidiana de los latinoamericanos, un proceso de industrialización de la muerte, un proceso contra la voluntad social dirigido a desarticular toda postura política antagónica al Estado, en busca de la preservación del status quo de los militares y sus aliados. La estrategia contrainsurgente particularmente impulsada desde Estados Unidos de norte América “se basaba en la guerra sucia, librada por la amplia red paramilitar que Washington había organizado desde el principio de la década de los sesenta. Los operativos de los escuadrones de la muerte que cada mañana esparcían cadáveres con huellas de tortura en zanjas y plazas, constituían la principal actividad de los aparatos de seguridad nacional para impedir que la oposición se organizara.” (Siegel & Hackel, 1990, pág. 150)
Los nuevos totalitarismos que entre los años 60´s – 90´s muestran un proceso de irrupción de presencia política castrense en los gobiernos de América latina, que mediante la vía sistemática de represión, elimina actores no autorizados para cuestionar la actuación Estatal, mediante el militarismo gubernamental se implementa una ideología que busca extender la lógica militar en todos los aspectos de la vida social (formas de organización, lógica de mando y  valores nacionalistas), con una marcada superioridad respecto al mundo civil, “Se reconoce que este proyecto político no agota las expresiones de derecha del país –concebidas como aquellas que privilegian una serie de actitudes políticas orientadas al mantenimiento del status quo, un anhelo al poder para mantener el orden y las jerarquías establecidas” (Lungo Rodriguez, 2008, pág. 70)[1]. Podríamos decir que estos regímenes de alguna manera consiguieron sus objetivos al producir una ciudadanía poco proclive a la movilización, con un fuerte sentimiento de apatía estructural y nuevos sectores sociales que no encuentran ningún sentido a politizarse. Con el tiempo y poco a poco estos grupos castrenses fueron abandonando el ejercicio directo del poder, en algunos casos ante la evidencia de su incapacidad administrativa, en otros envueltos entre fuertes escándalos de corrupción y algunos incluso se vieron superados por el reclamo civil que exigía su vuelta a los cuarteles. Y este retorno a los cuarteles llega por fin, aunque a tiempos diferentes y con características muy particulares en diferentes partes del continente:

“En términos generales y típico-ideales, podemos distinguir tres tipos de democratizaciones políticas en América Latina en las últimas décadas": Uno se refiere a fenómenos de fundación democrática que provienen de las luchas contra dictaduras oligárquicas o tradicionales, a veces con carácter patrimonialista, y donde las transiciones democráticas suceden a momentos revolucionarios o de guerra civil. Esta situación correspondería sobre todo a casos centroamericanos.
Un segundo tipo de democratización es el que llamaremos propiamente transiciones. Se refiere al paso de regímenes autoritarios modernos, especialmente militares, a fórmulas democráticas en las que están ausentes los modelos revolucionarios, pero donde hay algún tipo de ruptura, que no es de corte insurreccional, entre ambos regímenes. Este es el tipo prevaleciente en todos aquellos países que tuvieron regímenes militares institucionales modernos del tipo <<nuevo autoritarismo>> o <<burocrático-autoritario>> o <<de seguridad nacional>> o <<reactivo-fundacional>>, para usar diversas denominaciones con las que se les ha definido. Ellos se dieron especialmente en el Cono Sur, pero para efectos analíticos podemos incluir aquí casos como el paraguayo o el boliviano.
Un tercer tipo de democratización política se refiere a aquellos casos en que, sin haber un momento formal de cambio de régimen o de inauguración democrática, hay un proceso de extensión o profundización democrática desde un régimen de democracia restringida o semiautoritario. Este proceso implica la transformación institucional, ya sea para incorporar a sectores excluido del juego democrático, ya para configurar un sistema efectivamente poliárquico y pluripartidario, ya para eliminar trabas al ejercicio de la voluntad popular, o para combinar todas estas dimensiones. El caso de México y quizá, de Colombia ilustran este tercer tipo” (Garretón, 1997, pág. 22)

Es importante recordar que los sistemas políticos representativos, en esencia se debieran conformar por el debate, la negociación e incluso la polarización ideológica, pero en general cuando la implementación de estos sistemas llega a América Latina lo hace en medio de una marcada falta de compromiso ciudadano, aunque de manera colectiva si se valora la transición de estos rígidos sistemas militares hacia estructuras civiles que garanticen sus intereses sin violencia, se instaura así la creencia de que el mero cambio institucional posibilitará el cambio social, naturalizando este modelo como el único viable para la mejora, en completo antagonismo con las ideologías revolucionarias y cualquier otro tipo de violencia política (que no provenga del Estado, claro está), aunque esta transición se ve manchada por tres aspectos negativos: falta de representación hacia todas la espera civil; falta de legitimidad; marcados acuerdos de clase; y negación u ocultamiento de los conflictos sociales. Dejando de lado los clásicos problemas distributivos para garantizar la gobernabilidad, aún en detrimento de la justicia social; no se convoca a los distintos grupos sociales para expresarse sobre el sistema de qué gobierno desean. En pocas palabras, se implementa la “Democracia desde arriba” se trata de mantener las cosas en orden cueste lo que cueste.  Aunque la propia crisis de legitimidad fuerza a los “gobiernos por decreto”, que centralizan el poder en muchos casos en una “gran” figura presidencial, ante la incapacidad de los congresos para conseguir consensos duraderos, hay un profundo recelo hacia los sectores populares, mientras que se va agravando la atomización civil.
Se presenta cierto tipo de Nacionalismo de una sola vía modernizadora como matriz ideológica que se va consolidando a lo largo de la historia contemporánea de los Estados latinoamericanos. La herencia del marco autoritario reprimió fuertemente la organización civil, particularmente en el sector productivo, las asociaciones sindicales fueron duramente golpeadas, pero aún así los trabajadores comprendieron que la lucha sindical les permitiría alcanzar reivindicaciones laborales que por décadas les habían sido negadas, comienza a germinar una ciudadanía combativa, con cierta conciencia de clase, activista en pro de los derechos sociales. Para mediados de los 80´s la oposición en muchos países - particularmente en el cono sur- va ganando escaños locales
Para la década de los 80´s, se implementan cambios estructurales con marcos laborales más flexibles, menos derechos sindicales, desregulación de la fuerza de trabajo; sindicalismo controlado desde las más altas esferas del poder (Kruijt, 2008),  lo que resulta en un aumento abismal de las desigualdades sociales que impacta incluso al final de la década de los 90´s, Década en que la región experimenta procesos paradójicos de democratización incompleta; alto grado de insatisfacción con la capacidad política de representación y viabilidad a las demandas ciudadanas; e ineficiencia gubernamental para resolver los problemas estratégicos
La erosión de los imaginarios colectivos que dan sentido a la convivencia social, diluye la representación de la sociedad acerca de nuestra propia identidad, generando sentimientos de inseguridad, impulsando la desafección como mecanismo de defensa individual. (Lechner, 2007) Modernización a la fuerza y criminalización de la oposición, son conceptos asociados por la opinión pública respecto a la participación de las elites políticas y militares en la construcción de proyectos nacionales fuertemente imbricados a intereses personales y de clase, lo que incrementa la percepción ciudadana sobre la corrupción de estos grupos y de alguna manera impulsa su adscripción, o al menos simpatía, respecto a grupos disidentes, llegando incluso a radicalizarse hasta la insurgencia social.
En contextos de paz, las tapaderas a los negocios que prosperan con la guerra desaparecen y se hace posible la investigación del origen de los recursos que se han destinado para pacificar a las poblaciones civiles, ya no es viable evadir fenómenos estratégicos como pobreza y desigualdad para que se mantengan subsumidos, en la paz deben ser enfrentados y establecer estrategias para solucionarlos, acá encontramos alguna de las varias razones de interés para mantener activa la figura del enemigo a la seguridad nacional (Keen, 2004). En algunos casos, los peores, se implementan campañas de propaganda pública para diluir la humanidad del enemigo, muchas veces digerida satisfactoriamente por las mayorías. “Encierro, fierro y destierro” la triple formula judicial y mediática que obligó a la ciudadanía opositora a desalojar la escena pública y retornar a sus lugares de origen o al exilio, en una medida de calculado autoritarismo absolutamente violatoria de derechos humanos. Peor aún, la desmovilización militar también deriva en violentización y criminalización social de los más débiles, la reducción del corpus militar y sus presupuestos observa la pérdida de espacios de subsistencia que habían encontrado algunos miembros de las clases desposeídas. Así estos recursos técnicos especializados en el ejercicio de la violencia durante décadas, recientemente desempleados; encuentran como alternativa su integración al crimen organizado y/o a grupos radicales.
Por otro lado los partidos de masas en la región que se constituyeron a partir de lazos corporativos vinculados a las organizaciones de clase, junto a redes clientelares con diversos sectores, dependieron en su momento de la renta petrolera y en otros casos de remesas migratorias. Estos vínculos corporativos y clientelares se vieron fuertemente trastocados por los cambios sociales de fin de siglo y la obligada austeridad que recurrentes crisis económicas que en la región se presentaron. En este contexto encuentran cabida figuras outsider como las de Hugo Chavez, con discursos de critica radical a las políticas de intervención del Imperio estadounidense, corrupción elitismo y monopolio del sistema político latinoamericano (Roberts, 2001), figuras que polarizarán la opinión pública tanto por su proceder sui géneris, como por lo incisivo de su discurso.
Para finalizar se expresan una serie de consideraciones respecto a los temas abordados y la situación actual de América Latina, en donde los cambios no sólo deben ser legales e institucionales, hace falta estudiar y comprender las prácticas del pasado, pues a lo largo del siglo XX se montaron un conjunto de matrices legales represivas que se fueron alimentando así mismas durante décadas, demostrando su efectividad de control, vigilancia y delación, en detrimento del fortalecimiento de los lazos de solidaridad social, indispensables para la consolidación democrática y el ejercicio de una cultura de paz.
Lo que América latina experimentó entre las décadas de 1960 y 1990 respecto a la represión política fue consecuencia directa de la política de “Guerra fría” alimentada por una espiral ideológica desde el Norte continental, en donde el “otro” (el que piensa o se ve diferente), ya no corresponde a una escala de valores humanos como tú o como yo. Sino que se desarrolla una mutación moral en la sociedad occidentalizada, tendiente hacia la  animalización del adversario, así de alguna manera quedan justificadas las peores atrocidades cometidas por los proyectos pacificadores, en contra de grupos minoritarios.
En los procesos de Democratización Latinoamericana, luego del fin formal de las dictaduras militares, lo que parece evidente es la pervivencia de herencias desiguales del pasado, tras las cuales sólo se pueden anticipar importantes obstáculos en el proceso, agravados en toda la región por fuertes casos de corrupción, con el subsecuente debilitamiento institucional. (Garretón, 1997)
La democratización no sólo es un acto electoral, pues debiera vincularse a las prácticas de resolución de conflictos, hasta el momento los sistemas políticos institucionalizados no han mostrado capacidad para entender y afrontar los problemas sociales, desigualdad y pobreza son realidades cotidianas para grandes grupos humanos en la región, que viven en lo que los especialistas denominan “pobreza extrema”, es decir, según la CEPAL 175 millones de personas no pueden solventar sus necesidades de subsistencia básica, mientras que la clase dominante permanece ajena al sentir y pensar de la ciudadanía en general. Así que si se desea salir de esta espiral de descomposición, se requiere de buena voluntad política para afrontar los problemas estructurales al tiempo que se encuentren alternativas para modernizar las relaciones sociales.
Mientras no se enfrenten las verdaderas causales de la desorganización participativa, la despolitización generalizada, la adhesión a las pautas individualistas de las sociedades de mercado, difícilmente podremos hablar de la consolidación de una democracia útil, el fin de la protesta social y la superación de la crisis de representación partidista en la que nos encontramos los latinoamericanos actualmente.

Bibliografía

Feierstein, D. (2007). El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina: hacia un análisis del aniquilamiento como reorganizador de las relaciones sociales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Garretón, M. A. (1997). Revisando las transiciones democráticas en América latina. Nueva Sociedad(148), 20-29.

Keen, D. (2004). Desmovilizando a Guatemala. Análisis Político(51), 25-50.

Kruijt, D. (2008). La Revolución por decreto. El Perú durante el gobierno militar. Lima: IEP, Serie Democracia y Fuerzas Armadas.

Lechner, N. (2007). Los desafíos políticos del cambio cultural. En Obras escogidas, tomo II (págs. 46-65). Santiago: LOM.

Lungo Rodriguez, I. (2008). Hegemonía y proyecto de derecha en el salvador 1989-2004. . México: Tesis de maestría, Flacso.

Roberts, K. (2001). La descomposición del sistema de partidos en Venezuela vista desde un análisis comparativo. Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, 7(2), 183-200.

Siegel, D., & Hackel, J. (1990). El Salvador la nueva visita de la contrainsurgencia. En M. K. (coords.), Contrainsurgencia, proinsurgencia y antiterrorismo en los 80. México: CONACULTA-Grialbo.

Victoriano, F. (2010). Estado, golpes de estado y militarización en América Latina: una reflexión histórico política. Argumentos, 23(64), 175-193.





[1] Así lo expresa Irene Lungo al referenciar el trabajo de Eugenia Fediakova “Conservadores e innovadores: La derecha en la segunda mitad del siglo XX. En: Promesas de cambio. Izquierda y derecha en el Chile contemporáneo. Editado por Flacso, Chile. 2003

lunes, 13 de noviembre de 2017

Entre el enfoque cuantitativo de la historia y la propuesta interpretativa que ofrece Darnton

Benedict, P. (1985). STORIA INTERPRETATIVA O STORIA QUANTITATIVA? Quaderni Storici, 20(58 (1)), nuova serie, 257-269.    
        Llama la atención que el inicio de las reflexiones de Philip Benedict sobre la aparición del libro: La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa del historiador Robert Darnton , tomen lugar en la distante relación entre el acontecimiento académico y el público culto de Norteamérica, mientras que la comercialización del libro encuentra excelente ánimo de acogida entre un amplio sector de lectores a nivel mundial, no privativo del ámbito académico. Se trata de un libro escrito originalmente en inglés, que da cuenta de los distintos niveles culturales existentes en la Francia del siglo XVIII. Escrito por la pluma de un extraordinario estilista “la prosa está agradablemente salpicada de expresiones francesas y fluye con facilidad entre el vigoroso inglés coloquial y el argot específico de numerosas especialidades académicas.” Darnton logra lanzar ideas con  un abordaje de interés para diversas disciplinas; presentadas con claridad y verificando cada una de ellas mediante escrupulosas pruebas de archivo, estimulando así lecturas en niveles diversos para ofrecer un nuevo enfoque a la historia de las mentalidades. Una historia en tendencia etnográfica, sensible a las sugerencias de la antropología cultural.
 La alternativa metodológica que Darnton propone, en contraposición a los métodos cuantitativos, que estaban tan de moda en los trabajos sobre historia cultural, es un enfoque hermenéutico, en el que: cuando el historiador no alcance a comprender  los significados del pasado en el texto “se ofrece un camino fértil para penetrar las visiones del mundo que hemos perdido. Partiendo de tales documentos, colocándolos en el mundo circundante de los significados, pasando del texto al contexto y viceversa”, así el lector encuentra significados a partir de su propio lugar intelectual. Muchos de los textos de partida para La gran matanza, incluyen géneros que pocos historiadores han utilizado antes como fuentes primarias; cuentos, relatos, manuscritos y documentos poco notables; textos insólitos y cautivadores, pero en el fondo según Benedict, el lector familiarizado con la nueva forma de abordar la historia del ‘Antiguo Régimen’, nota que el terreno que se recorre en cada capítulo es un trayecto familiar. Para un historiador que rechaza el carácter impersonal y mecánico de la historia cuantitativa, la antropología cultural ofrece un camino que le permite ‘escribir la historia desde abajo’, de alguna manera más respetuoso del valor del individuo y con cierta libertad a los supuestos materialistas de las tensiones de clase.
 Los principales argumentos que en esta controversia ofrece Darnton, son que la gente del pasado a la que estudiamos, necesita ser interpretada no contada y muchos trabajos recientes terminan siendo meras colecciones de tablas. Otro punto importante en este sentido, es que las curvas estadísticas son en primera instancia, construcciones artificiales realizadas por los historiadores, cuya interpretación queda influida por los prejuicios de estos mismos. Por último, los objetos culturales , a diferencia de los tabulados estadísticos, son producciones directamente diseñadas por los sujetos de estudio quienes les dan significado en su propio contexto.
  Para Benedict, “el método Darnton resulta mucho menos innovativo (sic) de lo que su vestimenta lo hace parecer a primera vista” y existen modificaciones históricas en los modos de pensar, que difícilmente se comprenderían en el presente sin los métodos cuantitativos aplicados a la historia. Y en lo que yo consideraría un ejercicio de cierre reflexivo un poco forzado Benedict  comenta que: “The Great es el libro perfecto para recomendar a los amigos que no son historiadores, para mostrarles el fermento de nuestra materia en este momento; y al mismo tiempo… son consistentes tanto el interés como la importancia de los resultados teóricos, estimulantes para los especialistas que reflexionarán sobre él. Pero no se trata de un libro que transforma nuestra comprensión de la Francia del XVIII”
 En lo personal, creo que “La cuantificación no debe estar en el polo opuesto de una investigación de significados”. La complementariedad de técnicas y enfoques cuantitativos podría apoyarnos en la construcción de explicaciones al hecho de que creencias y actitudes difundidas tradicionalmente como testimoniales por los documentos fuentes, fueron verdaderamente compartidas por los diversos sectores de la población. Pero contrarío a la opinión de Benedict si considero que el estudio serio de la forma en que se investigó y escribió La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, puede ser buen pretexto para la reconstrucción de un discurso del método innovador, aún que no necesariamente en total control de la academia.


lunes, 6 de noviembre de 2017

La tercera Generación de Annales

En esta generación de Annales se intensifica la apertura disciplinar y geográfica al conocimiento generado desde distintos frentes académicos; continúan en su búsqueda por encontrar formas novedosas de hacer historia y posiblemente la migración en el idioma de producción - del francés al ingles - juega un papel importante en el proceso de descentralización del conocimiento. La tendencia principal de los historiadores de Annales se centraba en comprender cómo las ideologías y la imaginación social influían en los acontecimientos, es decir una historia de las mentalidades donde la motivación y las estructuras mentales, los hábitos de pensamiento y el aparato intelectual de las sociedades jugaban un papel fundamental para tratar de explicar los sucesos del pasado. Los métodos cuantitativos de la investigación social, encuentran buen lugar de desarrollo entre esta generación, e incluso algunos de estos historiadores utilizan formas de representación gráfica en los documentos generados para ilustrar sus contribuciones. Una de las formas que adquirió esta tendencia de concepción histórica fue denominada como psicohistoria basada en la ideas de Wilhelm Reich y Erich Fromm, con exponentes como Laurie, Le Roy, Besancon y Delameau.
            Intelectuales historiadoras femeninas consiguen un sitio de discusión incluyente para su producción profesional, cobrando importancia el Género como centro de interés temático en la construcción historiográfica.
            El debate entre Braudel y Mandrou da cuenta de las tensiones universales en la búsqueda constante de modelos novedosos para abordar la realidad y las posturas que pugnan por consolidar los enfoques también recientes en lo que podríamos llamar la nueva historia.
            La Historia de la Alfabetización y la Historia del Libro, son temas ampliamente desarrollados por esta generación, en muchos casos haciendo uso de métodos cuantitativos de manera efectiva, por ser temas en la esfera de la historia cultural que se prestan a la investigación colectiva y al análisis estadístico. En lo que respecta a la Historia de la Alfabetización, el proyecto más importante lo desarrolló Jaques Ozouf, utilizando censos y estadísticas castrenses, para determinar la capacidad de firma y lectura de los reclutas franceses entre el siglo XVI y XIX. Mientras que la Historia del Libro, se concentra en la investigación sobre tendencias de producción del libro impreso y en los hábitos de consumo y lectura de los diferentes grupos sociales. La figura clave en la historia del libro, fue Henri-Jean Martin, quien estudió de manera general la inversión y difusión de la imprenta, para continuar después con un estudio riguroso sobre las tendencias productivas y de comercio del libro, así como los gustos culturales en los diferentes grupos de público lector. Este tipo de trabajos permitió a los historiadores contemporáneos situar al análisis de la lectura en el marco de un  estudio general de la lectura material en los diferentes estratos sociales.

            Pero las pretensiones modestas o extremas en el uso de los métodos cuantitativos y las maneras sensatas o crudas con que estos fueron empleados, generaron una especie de reacción intelectual contra esa forma de abordaje de la historia, respuesta especialmente crítica contra el predominio de la historia social y estructural, distinguiéndose tres corrientes principales: El giro antropológico, un retorno al tema político y el renacimiento de la forma narrativa.

lunes, 30 de octubre de 2017

Fernand Braudel en la construcción de la historiografía contemporánea

Braudel establece una crítica al campo histórico tradicional de su época por dar este excesivo énfasis al desarrollo de las campañas militares y al actuar de los grandes hombres, por lo que su principal interés es situar a los individuos y los acontecimientos en el medio geográfico en el que se desarrollan; planteando una historia en la que los cambios se perciben mucho más lentos, con ciclos recurrentes en relación con su ambiente geográfico, situando este como parte misma de la historia. Pues para Braudel ni los acontecimientos, ni las tendencias generales pueden comprenderse sin esta relación.
Su gran problema para las primeras producciones, era mostrar que el tiempo se mueve a diferentes velocidades, y a los acontecimientos no los comprende sin la historia de las estructuras y estas requieren a su vez de la historia ambiental para ser explicados, pues describe al ser humano como prisionero de su ámbito físico y su estructura mental, un destino sobre el que el hombre poco puede hacer. Al tratar vastos espacios y largos periodos, Braudel afronta el riesgo de disminuir la importancia del acontecer humano, tratando de que sus lectores cobren conciencia de la importancia que tiene la historia del espacio geográfico, en lugar de utilizar sólo el acontecer político como única unidad estructuránte para el desarrollo historiográfico, proponiendo así un ejercicio de larga duración en tres categorías esenciales: Geográfica, Social e Individual. Como respuesta a su necesidad de ver las cosas a gran escala.
Así, el estudio de la larga duración, combina la compleja interacción del ambiente geográfico, la economía, la sociedad, la política, la cultura y los acontecimientos; procurando una visión de las cosas en su conjunto. Este ejercicio interdisciplinario se ve favorecido por la creación de la Mison des Sciences de l’Homme, que posibilitó la proximidad con pensadores como Claude Lévi-Strauss y Pierre Bourdieu, quienes en la cotidianidad seguramente fueron partícipes de charlas informales y seminarios conjuntos, manteniendo a los historiadores de los Annales en contacto con las novedades disciplinares de sus vecinos.
En un segundo periodo productivo, Braudel en colaboración con Febvre, al reconstruir la historia de la vida material europea, entre 1400 y 1800, descarta el enfoque tradicional de la economía política y considera a la vida cotidiana como concepto rector, relacionado a la civilización material, para tratar de establecer desde este punto de partida explicaciones a los procesos de relación entre la “pequeña historia” y aquella que tiene que ver con las grandes tendencias económicas y sociales de una época civilizatoria, aunque Braudel no aborda la historia de las mentalidades a la manera de Febvre, sino que centra su atención en las áreas culturales que tienen que ver con el intercambio de bienes interculturales, ejemplo: La exportación de mobiliario occidental a las culturas orientales, y su contundente rechazo por parte de estas.

A lo largo de su obra intelectual, Braudel procura un equilibrio entre lo abstracto y lo concreto; lo general y lo particular. Interrumpiendo su visión panorámica en ocasiones para enfocarse en el estudio de algún caso concreto, echando mano a recursos anecdóticos descriptivos como anclaje narrativo para mantener la atención de su audiencia, al tiempo que apuntala su discurso global, sin perder de vista esa visión multifactorial que integra su relato.
No obstante el método historiográfico propuesto por Braudel no está exento de críticas disciplinares. En principio esa amplitud de espíritu histórico, a decir de sus críticos, en ocasiones resulta en una falta de rigor analítico que asigna importancia a factores insostenibles en una discusión formal especializada, como lo demuestran las críticas por parte de sus contemporáneos, a sus tesis sobre la quiebra de la burguesía en el Mediterráneo, ó la relativa significancia que asigna a la Batalla e Lepanto. Otro punto cuestionable a su abordaje total, pudiera ser el débil análisis que realiza sobre los valores, actitudes y mentalidades colectivas a lo largo de su obra.

Aún así, lo que Braudel intenta demostrar con su trabajo (y parece ser que lo logra con bastante éxito), es plantear la posibilidad de que en pleno siglo XX -posterior a la excesiva tecnificación científica, resultante de las dos guerras mundiales- es posible resistir a las presiones de hiperespecialización disciplinar, consiguiendo operacionalizar el concepto de “historia de larga duración”, para abordar problemas concretos, en diálogo con otras disciplinas sociales.

lunes, 23 de octubre de 2017

La historia deconstruida

Una de las más celebres ambiciones de los historiadores de Annales fué desmontar los saberes tradicionales, aceptando los riesgos en las fronteras de la innovación de una propuesta de rejuvenecimiento del oficio del historiador al tiempo que recodificaron el dialogo con las ciencias sociales. Pues para esta generación de historiadores no son suficientes: la descripción cronológica de los objetos, los procedimientos de análisis, ni la naturaleza de la documentación; sino que pretenden que el historiador construya sus problemáticas en la intersección de una larga serie de interrogantes del presente, tomando prestados los métodos de otras ciencias.
            Los historiadores de Annales fueron los precursores en subrayar la complejidad del tiempo, privilegiando la larga duración. Argumentaban que la exploración de los mecanismos temporales, debían construir a la contribución de la historia, no obstante el cuidado particular de los fenómenos de más larga duración lleva consigo el riesgo de olvidar los procesos por los cuales lo nuevo sucede, por ello la atención a los procesos supone que las temporalidades humanas son múltiples y que la conciencia cronológica no basta para fundamentar la verdadera contemporaneidad.
            Dentro de los múltiples desfases entre las formas, las estructuras y los funcionamientos históricos, se encuentra el origen de una evolución, no necesariamente alomérica y estacionaria, sino histórica: irreversible, imprevisible y determinada, pues cada sociedad está en un proceso constante de producción de sí misma y en el análisis de este proceso se encuentra l única manera de romper con la insignificancia de los relatos de sucesos.
            Para Annales, la historia social ha sido concebida de golpe, como aquella de lo colectivo y lo cuantificable, preocupándose de medir los fenómenos sociales a partir de indicadores simples, pero medibles masivamente, reuniendo y analizando un enorme material, aún ante el riesgo de que esta actividad pueda devorar la ambición del investigador y la inquietud misma de la interpretación. El desarrollo de amplios bancos de datos, tropieza contra las mismas aportas que tiene una concepción simplificada de la relación entre el historiador y el documento, o entre el archivo y el pasado y pudiera desembocar en la objetivación de las estructuras analíticas. Ante esto, los historiadores de Annales advierten que los objetos sociales no son cosas dotadas de propiedades, sino conjuntos de interrelaciones cambiantes en el interior de configuraciones en constante aceptación, por ello proponen dilucidar los modos de relación entre economía, sociedad y civilizaciones, como la principal tarea del historiador.
            Una buena investigación histórica resulta en un sistema de proposiciones explicativas, ligadas entre sí, resultando en la expresión de una estructura que ayuda a disolver la opacidad en la comprensión de la realidad histórica, a partir de principios de inteligibilidad, pues el objeto de la historia no puede plantearse desde la exterioridad, ni encerrarse en categorías a priori, sino que los procedimientos de la experimentación son los que la construyen y la hacen comprensible. Así la empresa de innovación e interdisciplinariedad de anuales, se basa en el derecho y deber de los historiadores, de franquear las coacciones disciplinares y aprovechar todos los recursos que ofrecen las ciencias sociales, valiéndose de estos modos de interacción entre las practicas científicas especializadas. Aún que son conscientes de algunos de los riesgos que esta postura implica: La multiplicación indefinida de experiencias individuales y aisladas; así como la posible falta de cohesión disciplinar en la solución empírica de los problemas históricos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

El relajo estudiantil Mexicano

En los últimos cuarenta y nueve años del pasado socio-político en México nos hemos mantenido atentos a las voces de los actores académicos y políticos partícipes del movimiento estudiantil, quienes desde el principio aportaron categorías epistemológicas mediante sus propias expresiones de la memoria (con su rebeldía de recordar para no repetir), procurando respuestas sobre los acontecimientos, las causas y sus consecuencias y en algunos casos incluso lanzan propuestas de acción para proceder según el contexto de su propio presente: el sangriento 1968. Posibilitando formas de explicar y comprender estos acontecimientos a lo largo del tiempo y colocando el recuerdo de los hechos al centro de la esfera pública para debatirles y negociarles en sus posibles significados. Con las historias del 68 vamos develando de a poco una de las múltiples formas de entender el pasado reciente y nuestro propio presente, que mucho tiene que ver con esa mutilación de esperanzas que caracteriza al México postrevolucionario, amordazado por esa viciosa  reserva documental que han sufrido los archivos por mucho tiempo bajo el intragable argumento paternalista de la seguridad nacional.


Orientados por la expectativa de esclarecimiento (y porque no, de justicia) ante la velada verdad, aún a la sombra de intereses oscuros de muchos de los actores estatales involucrados que buscan imponer ciertas formas de entender el pasado bajo sus zapatos. Son muchos los historiadores - profesionales y no tanto-, que han demostrado que recuperar el pasado reciente del 68 se puede hacer de múltiples maneras, analizando momentos álgidos o débiles, con mayor o menor eco en el medio social; pero todas y todos abordan irreductiblemente y sin lugar a dudas una parte de esa tensión entre la experiencia cruda de la represión o el asesinato; y la certeza de que valió la pena - el sacrificio no fue en vano.    
 Las representaciones del 68 inician con el movimiento mismo y sus actores hacen al menos un par de intentos por explicar sus orígenes. En esta esquina, los estudiantes y los grupos que con ellos se solidarizan, argumentan desde un inicio que el movimiento se origina como respuesta a la violencia gubernamental ante las riñas entre estudiantes, así el conflicto tiene como motivo inicial la represión ejercida por el gobierno local, que desató una escalada en la violencia de los acontecimientos ante la represión de las manifestaciones por parte del poder federal, ergo la causa principal de la movilización estudiantil es responsabilidad de las acciones indiscriminadas del gobierno de Díaz Ordaz en contra de los jóvenes mexicanos. Al otro extremo del cuadrilátero el gobierno y los distintos sectores que lo apoyan sustentan una conjura atribuida al Partido Comunista Mexicano (PCM), orquestada desde el exterior del país, con la que fuerzas oscuras intentan impedir los Juegos Olímpicos programados para ese mismo año pues desde las primeras protestas estudiantiles se observaba el síntoma de esta conjura, atribuyendo así el inicio del conflicto a la violencia estudiantil

22 de Julio. Se suscita una riña en la ciudadela, entre estudiantes de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional, quienes junto a grupos juveniles identificados (en esa tradición popular de rebautizar a los actores para construirlos en personajes) como “Los Arañas” y “Los Ciudadelos” y estudiantes de la Preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la Universidad Nacional Autónoma de México.

23 de Julio. Continúan los enfrentamientos estudiantiles, e interviene el cuerpo de granaderos del Distrito Federal contra los estudiantes, de forma violenta y pese a que se puede demostrar que los efectivos irrumpen en el edificio de la Vocacional 5, el general Luis Cueto, jefe de la Policía Preventiva niega la agresión.

26 de Julio. Dos actos públicos, por un lado la manifestación que conmemora el XV aniversario del asalto al cuartel Moncada, convocada por la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos (muy influida por el Partido Comunista), coincide con otra manifestación organizada por la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET) organización patrocinada por las autoridades del politécnico, quines protestan por la intervención en la Ciudadela. Ambos son duramente reprimidos por la policía. La Dirección General Federal de Seguridad y el Servicio Secreto ocupan las oficinas y los talleres donde se imprimía “La Voz de México” Órgano Central del Partido Comunista Mexicano.

27 de Julio. Los estudiantes toman las preparatorias 1, 2 y 3 de la UNAM. Se organizan las primeras asambleas estudiantiles. El general Luis Cueto declara que el fin de las agitaciones es desestabilizar para dañar la Olimpiada.

29 de Julio. Policía y Ejército ocupan los planteles de la Preparatoria Nacional y del IPN en el Centro de la ciudad. La puerta colonial de la Preparatoria 1 es destruida con un disparo de bazuca. El Secretario de Defensa, Marcelino García Barragán, niega este hecho acusando a los jóvenes de causar los destrozos con bombas Molotov.
30 de Julio. Se suspenden las clases en las escuelas dependientes de la UNAM y el IPN. En la Ciudad Universitaria, el rector Javier Barros Sierra iza la bandera a media asta, en protesta por la violación a la autonomía. Las transmisiones de radio UNAM concluyen temprano, en señal de luto. El regente de la ciudad, Alfonso Corona del Rosal, promete liberar las escuelas “de no haber más enfrentamientos”.

31 de Julio. Se generaliza la huelga en la UNAM, el Politécnico, la Normal Superior, Chapingo, la Universidad Iberoamericana, el colegio La Salle, el Colegio de México, en las escuelas del INBA y algunas universidades de provincia. La policía sale de la Preparatoria 5.

Posiblemente estas dos lecturas son las que más influencia tuvieron entre la opinión pública de la población civil no directamente involucrada en esa serie de acontecimientos que se acaban de enlistar, y  ambos discursos permearon en el punto de vista de los distintos sectores de la sociedad al tiempo mismo en que se sucedían los acontecimientos. Pero se debe aclarar que la suposición de la conjura fue la que recibió mayor difusión por parte de los medios de comunicación. La idea de la conjura en el discurso gubernamental pretende descalificar al movimiento estudiantil mientras teje cierta dispensa moral al actuar gubernamental por los acontecimientos violentos. Reportajes, noticias, ensayos, crónicas, y artículos de opinión, aparecen como manifestaciones de hegemonía con responsabilidad de periodistas, escritores y políticos incondicionales al régimen, quienes se expresaron en un tono moral, aleccionador y paternalista sobre el movimiento, siempre desde una posición condenatoria. Los periódicos El Universal, Novedades y El Heraldo de México, se alinearon al discurso oficial con el único camino de colocarse en una posición de rechazo y preocupación frente a las expresiones de rebeldía y el arribo de corrientes ideológicas externas y malignas; ante la defensa de vigencia de un sistema de ideas y valores identificados con el paradigma revolucionario. Pues los comunicadores que apoyaron la idea de  la conjura no dudaban de la vigencia de la revolución mexicana versus los intereses extranjeros que buscaban implantarse en la juventud y desestabilizar al país. Así, los ataques y las descalificaciones hacia el movimiento fueron gestados no solo por el Estado, sino por la existencia de un bloque conservador a través de todo tipo de fuentes pagados en los medios de comunicación.

El 68 constituye ya por sí mismo un episodio manifiesto de ruptura ante las estructuras históricas que le preceden (el fin de una época y el inicio de otra), un momento coyuntural que es punto de contraste entre nuestro pasado desolador y un futuro prometedor, o viceversa, evidenciando el desfase entre las formas hegemónicas intelectuales y las influencias culturales alternas como: el triunfo de la revolución cubana, la aparición de revistas con temas políticos y/o sociales en el país, o diversas expresiones artísticas críticas.

1 de Agosto. El rector Javier Barros Sierra encabeza una manifestación en defensa de la autonomía universitaria. La marcha, que sale de CU hasta Félix Cuevas por la Avenida Insurgentes, retorna al campus por Avenida Universidad. Mientras Díaz Ordaz pronuncia un discurso en Guadalajara en el que lamenta los acontecimientos recientes y ofrece su “mano tendida” a quien quiera estrecharla.

2 de Agosto. Se crea el Consejo Nacional de Huelga (CNH), formado por estudiantes de las instituciones en paro. Paralelamente se forma la Coalición de Profesores de Enseñanza Media y Superior Pro libertades Democráticas. Se publica un desplegado de 26 directores del IPN y escuelas en apoyo a los estudiantes.

5 de Agosto. El Instituto Politécnico Nacional hace una manifestación masiva a la que no acude Guillermo Massieu, su director. El PPS acusa a la CIA de estar detrás del movimiento.

8 de Agosto. El CNH propone su pliego petitorio con seis puntos de demanda:
1. Libertad a los presos políticos.
2. Destitución de jefes policiales, los generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea y el teniente coronel Armando Frías. 
3. Extinción del Cuerpo de Granaderos.
4. Derogación del artículo 145 y 145 bis del Código Penal Federal, que condenaba el delito de disolución social y funcionaba como el argumento jurídico para las agresiones.
5. Indemnización a los familiares de los muertos y heridos desde el inicio del movimiento.
6. Deslindamiento de responsabilidades de las autoridades.

13 de Agosto. Se realiza la primera manifestación estudiantil al Zócalo, que parte del Casco de Santo Tomás y es encabezada por la Coalición de Profesores. Las cifras varían según quien los cuenta, pero se habla de 150 a 300 mil personas exigiendo el cumplimiento del pliego petitorio.

15 de Agosto. Una sesión extraordinaria del Consejo Universitario, presidida por el rector Barros Sierra, nombra una comisión representante de las demandas de los estudiantes y aprueba tres más, referentes al pago de los daños sufridos a la Universidad.

16 de Agosto. Inicia el movimiento de brigadas, al tiempo que se integra la Alianza de Intelectuales, Escritores y Artistas.

18 de Agosto. Se realizan los primeros festivales artísticos en Ciudad Universitaria y Zacatenco.
  
20 de Agosto. Se realiza una reunión a la que habían convocado al Congreso de la Unión para plantearles de manera directa sus demandas, pero no se presenta ningún legislador.

22 de Agosto. El secretario de Gobernación Luis Echeverría, ofrece un "diálogo franco y sereno" con representantes estudiantiles. El CNH acepta la propuesta, a condición de que el diálogo se realice en presencia de la prensa, la radio y la televisión.

27 de Agosto. Se realiza una manifestación desde el Museo de Antropología hasta el Zócalo. Mientras tocan las campanas de la Catedral, en la plaza se iza una bandera rojinegra a media asta, que luego fue arriada. Se vota la propuesta de establecer una asamblea permanente hasta que se acepte el diálogo público. En la madrugada, los estudiantes son desalojados violentamente por la fuerza pública.

28 de Agosto. El gobierno realiza un "acto de desagravio" a la bandera nacional al que asisten trabajadores al servicio del Estado. Grupos de estudiantes, que realizaban mítines relámpago, se mezclan con los burócratas. El acto finalmente es disuelto por carros blindados y tropa de infantería. Regresando de la manifestación, el profesor Heberto Castillo es golpeado en la puerta de su casa y se refugia en Ciudad Universitaria.
  
La noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska es una obra representativa sobre las tensiones imperantes en la temporalidad que nos concierne y con la que estuvieron de acuerdo buena parte de los activistas encarcelados, pues consigue articular diversas voces que relatan el movimiento desde su inicio hasta la represión; y aún que a veces incluso se lee a sí misma un tanto contradictoria, en muchas ocasiones encuentra puntos en común con la realidad de los acontecimientos. Resaltando voces de los dirigentes encarcelados como los principales relatos, y otorgando voz a los que no la tuvieron, así como sistematizando la memoria silenciada mediante represión y censura lo cual de una vez y para siempre, deslegitima la acción violenta del Estado.

1 de Septiembre. En su IV informe de Gobierno, e1 presidente Díaz Ordaz amenaza con sofocar el movimiento estudiantil: “…hemos sido tolerantes hasta excesos criticados; pero todo tiene un límite y no podemos permitir que se siga quebrantando el orden jurídico, como a los ojos de todos ha venido sucediendo…”

3 de Septiembre. El CNH responde a lo planteado por el presidente en su Informe y ratifica su demanda de diálogo público.

6 de Septiembre. El gobierno propone “diálogo público pero sin exhibicionismo”. En rechazo a esta propuesta, el día 7 de septiembre el CNH celebro un mitin con 25 mil personas en Tlatelolco.

9 de Septiembre. El rector Barros Sierra hace un llamado a la comunidad para volver a clases, sin renunciar a los fines del movimiento.

13 de Septiembre. Se realiza la “manifestación del silencio”, del Museo Nacional de Antropología e Historia al Zócalo.

15 de Septiembre. El ingeniero Heberto Castillo, de la Coalición de Maestros, da el Grito de Independencia en Ciudad Universitaria.
  
18 de Septiembre. Alrededor de las diez de la noche, el ejército ocupa Ciudad Universidad. Son detenidas cerca de quinientas personas.

19 de Septiembre. El rector Javier Barros Sierra protesta por la ocupación militar, a la cual califica como un “acto excesivo de fuerza”.

20 de Septiembre. Enfrentamientos entre estudiantes y elementos de la policía en planteles del Politécnico en el norte de la ciudad.

23 de Septiembre. Barros Sierra presenta su renuncia como rector después de ser culpado por la violencia ejercida en la UNAM. Dice: “los problemas de los jóvenes, sólo pueden resolverse por la vía de la educación, jamás por la fuerza, la violencia o la corrupción”. Varias instituciones y personalidades cercanas a la Casa de Estudios rechazan la renuncia y le demandan retornar a la Rectoría.

24 de Septiembre. El ejército ocupa el Casco de Santo Tomás, después de una lucha de varias horas con los estudiantes.

26 de Septiembre. Barros Sierra retoma la Rectoría de la UNAM y exige la salida del ejército de sus instalaciones

30 de Septiembre. El ejército desocupa la Universidad.

1 de Octubre. Se reanudan labores de investigación, administración y, parcialmente, las de difusión cultural en la Ciudad Universitaria. El CNH decide continuar la huelga escolar y convoca a un gran mitin en la Plaza de las Tres Culturas.

2 de Octubre. Se celebra un mitin en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Tras una señal luminosa se desencadena un tiroteo que deja un número indeterminado de muertos y heridos. Cientos de estudiantes son detenidos e incomunicados.

En este momento queda claro que la conjura no proviene de los estudiantes, sino de los más altos niveles del gobierno, puesto que éste es responsable directo de la decisión de resolver con violencia el conflicto a partir de un operativo militar y paramilitar reflejado en la tragedia del 2 de octubre

Inmediatamente después de finalizada la movilización estudiantil, se inicia una tímida instalación de la denuncia. Seguramente La sensación de fracaso estaba presente entre los estudiantes del 68 en su momento del 68 las demandas no fueron cumplidas, pero algunos años después un par de semanas  encontraron atención: Libertad a los presos políticos, derogación de los artículos 145 y 145 bis y apertura de dialogo con el sector estudiantil. Aunque el recuerdo del movimiento no contó de inicio con el apoyo de partidos políticos u organizaciones amplias y esta tarea quedó a cargo de “los estudiantes de las principales universidades del país”, a traves de actos conmemorativos y las tradicionales marchas en la Ciudad de México.

9 de Octubre. El CNH responsabiliza al gobierno federal por los sucesos de Tlatelolco y afirma que no obstaculizará el desarrollo de los Juegos Olímpicos, estableciendo la Tregua Olímpica.

12 de Octubre. Se inauguran los XIX Juegos Olímpicos en el estadio de Ciudad Universitaria.

26 de Octubre. Son liberados 63 estudiantes. Quedan 165 inculpados en Lecumberri.

29 de Octubre. El ejército desocupa las instalaciones del IPN ubicadas en el Casco de Santo Tomás.

4 de Noviembre. Asambleas estudiantiles del Politécnico y la Universidad deciden mantener el paro hasta que se obtenga solución al pliego petitorio.

5 de Noviembre. Treinta miembros del CNH se reúnen con Julio Sánchez Vargas, procurador general de la República, y le exigen la libertad de todos los estudiantes presos desde el 23 de julio.

4 de Diciembre. El CNH acuerda levantar la huelga estudiantil. El paro duró 130 días.

6 de Diciembre . Se disuelve formalmente el CNH.

Luego de la represión del 2 de Octubre y la posterior disolución del CNH el 6 de diciembre, el movimiento entra en una fase de repliegue, trasladando la experiencia de lucha a diversas trincheras políticas: el objetivo era darle continuidad a la lucha ampliando los frentes. Esto significa un cambio en la relación de poder entre el gobierno y la sociedad civil, y el inicio de una nueva fase de movimientos sociales en el país.

Tras esta serie de acontecimientos se instaura en el imaginario colectivo el término de Crimen de Estado para referirnos al descenlace violento, bajo la lógica de que “la planeación y ejecución de la acción delictiva se produce en los espacios de decisión política y operativa de los organismos de Estado, y porque se determina y exige la participación y disciplina personal en el hecho delictuoso precisamente por el puesto y la jerarquía política de la persona en la estructura de la administración pública” explicó en su momento Raúl Álvarez Garín a propósito del movimiento del 68. (La Jornada, 30 de septiembre de 1998); por lo que no es gratuito cuando hace tres años ante la desaparición forzada de estudiantes en Iguala, tras una serie de episodios de violencia ocurridos durante la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 de septiembre, cuarenta y nueve años después, la sociedad civil traiga a la memoria los hechos violentos de 1968 y en las calles, grito al cuello, señale nuevamente que “Fue el Estado”.

La caracterización que hemos aventurado sobre el 68 estudiantil en México como movimiento de ruptura, le posiciona en la vanguardia de un proceso de transformación de la realidad nacional y de planteamiento de vías novedosas para el desarrollo de la democracia en el país, es decir, de renovación nacional, enfrentando el discurso de aspiración de progreso y modernidad contra las cuentas pendientes del pasado. Aún que me parece importante aclarar que el acceso a los archivos del 68 se autorizó apenas hace unos años (al menos parcialmente), a partir de las “políticas de la memoriay la creación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) en medio de un contexto de debilitamiento del PRI y la alternancia presidencial.


Referencias:

  • 1968 Un archivo Inédito. Micrositio a cargo de la Coordinación de Estrategia Digital Nacional de la Presidencia de la República, y la Unidad de Gobierno Digital de la Secretaría de la Función Pública - http://www.cultura.gob.mx/micrositios/1968/lasimagenes.html Consultada el 19/092017
  • Carr, Barry - La izquierda mexicana a través del siglo XX. México, Era, 1996.
  • Gómez Nashiki, Antonio.1968 Cronología del movimiento estudiantil mexicano. En: Nexos 1 de enero de 1988 - http://www.cultura.gob.mx/micrositios/1968/lasimagenes.html Consultada el 25/092017
  • http://www.nexos.com.mx/?p=4996
  • Krauze, Enrique - La presidencia imperial: ascenso y caída del sistema político mexicano 1940 - 1996. México, Tusquets, 2000
  • Poniatowska, Elena - La noche de Tlatelolco. México, Era, 1993
  • Díaz Favela, Verónica - Los fotógrafos anónimos del 68. En: Magis, revista del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente octubre 2008 - http://www.magis.iteso.mx/content/los-fot%C3%B3grafos-an%C3%B3nimos-del-68. Consultada el: 19/092017


martes, 10 de enero de 2017

Montaje colonial-museografico en el Museo de las Intervenciones


Se ubica en Av. 20 de agosto, entre Río Churrusco y Calzada de Tlalpan. En un antiguo convento que la orden eclesiástica de los franciscanos cedieron a la orden de los dieguinos en 1580, quienes establecieron allí su noviciado y el colegio de formación de misioneros que evangelizaron Filipinas, China y Japón. Se usó como cuartel militar durante el siglo XIX y uno de los escenarios donde se libró una de las batallas más importantes contra el ejército estadounidense en 1847. Fue Abierto como museo desde 1981.

El huerto era un espacio ocupado por las comunidades monacales para proveerse de alimentos, cultivaban hortalizas y frutas para autoconsumo; y hierbas, que empleaban como condimento o tratamientos medicinales. Podemos leer en la ficha explicativa: “El huerto formaba parte de una unidad productiva autosuficiente para abastecer a los frailes; en el huerto del convento encontramos el aljibe, depósito indispensable para el baño de los placeres, para el riego de la misma huerta y para la cocina”.
La museografía incluye algunos cartelones en que se indica al visitante de que tipo de planta se trata y algunos usos que se le atribuyen, por ejemplo:
Sábila
(alóe aristata)
Origen, América y África
Hojas.  Aplicación local alivia las molestias de quemaduras y heridas en la piel, molida controla diabetes 

Aún cuando el montaje museográfico no deja de dar la impresión de una maqueta impoluta, el visitante puede darse una idea de los utensilios que se usaban y la distribución espacial, a la sazón, la ficha explicativa indica:

“Un sitio muy importante para todo convento era la cocina, lugar donde se preparaban los alimentos de la comunidad y los que se ofrecían a los viajeros y peregrinos que llegaban a hospedarse en este sitio.
La cocina era un lugar para la vida comunitaria, de sus hornillas, asadores y fogón salían los más variados platillos que alimentaban a los frailes del convento. La cocina fue también lugar de intercambios culturales y del mestizaje.
De cocinas como esta surgieron los sabores, olores y viandas que incluso hoy reconocemos como mexicanos”


Un espacio que en lo personal impresionó gratamente mi atención es aquel al fondo de la cocina en el que pueden apreciarse varios contenedores de barro (algunos de ellos ya rotos), pues la luz se filtra de una manera muy particular en el sitio, que conjuntamente con los materiales de construcción y el barro rojo de los contenedores permite al visitante imaginarse en un sitio en el que no ha pasado el tiempo… un ambiente atemporal que bien pudiera ser  1580, 1981 o 2015…

En el gran fregadero eran lavados todos los trastos y utensilios de la cocina. Para fregar ollas y cazuelas, los sirvientes y esclavos se servían de escobetas y estropajos de fibras vegetales. Para acabar con el cochambre en cazos y sartenes se usaba la piedra pómez. Junto al fregadero, se ubicaba la pila para almacenar agua.


“El refectorio del convento. De acuerdo con la regla de la orden (supongo que se refiere tanto a los franciscanos como a los dieguinos) Los alimentos tenían que ser consumidos en forma comunitaria en el refectorio, Todos los frailes se reunían a la hora que marcaban las Constituciones y ocupaban su ligar en la mesa.
En ciertas fechas, además de acompañar la comida con lecturas edificantes, un grupo de frailes o laicos podían interpretar algunas piezas musicales. Los días de fiesta, la mesa de los frailes se veía colmada de deliciosos platillos.
Las grandes mesas donde comían los frailes se encontraban distribuidas de la siguiente forma:
a. Paralelas a lo largo de los muros en ellas se sentaban los estudiantes y frailes
b. Una transversal a las primeras, ocupando la cabecera del refectorio, asignada al prior del convento y a los invitados ilustres de él.”