martes, 12 de abril de 2016

Reseña - Capítulo 15 - Las artes - La era del capital

Hobsbawn, Eric. La era del capital, 1848-1875. Capítulo 15 - Las artes -. Barcelona : Critica, 2011
I
La segunda mitad del siglo XIX, especialmente las décadas estudiadas en este libro, no producen la misma arrolladora impresión que la anterior, excepto en algunos países relativamente atrasados entre los que destacó notablemente Rusia. Con ello Hosbawm no quiere decir que los logros creativos de este período fuesen mediocres, pues Francia e Inglaterra conservaban un nivel muy notable, la primera principalmente en literatura en prosa, la segunda en pintura y en poesía. Estados Unidos, aunque poco importante en las artes plásticas y en música clásica, comenzaba a revelarse como potencia literaria en el este del país con Melville (1819-1891), Hawthome (1804-1864) y Whitman (18191891), y en el oeste con una nueva cosecha de escritores populistas provenientes del periodismo, entre los que destaca Mark Twain (1835-1910). También destacan compositores checos como A. Dvofák, (1841-1904; y B. Smetana, (1824- 1884). Los escandinavos comenzaron a captar un público más amplio, quizá debido a su representante más encomiado Henrik Ibsen (1828-1906).
En la música, aunque en Italia no hay gran cosa, excepto la figura de G. Verdi (1813-1901), cuya carrera ya estaba en auge antes de 1848. y en Austria y Alemania, entre los grandes compositores conocidos, sobresalen sólo en este período Braluns (1833-1897) y Bruckncr ( 1824-1896), pues Wagner era ya casi maduro. Con todo, tales nombres son bastante importantes, sobre todo el de Wagner, genio descollante, aunque personalmente intratable, y un fenómeno cultural. Pero en estos países las artes creativas se limitan, casi por completo, a la música, aunque puede que no haya argumentos serios para afirmar que su literatura y sus artes plásticas son inferiores a las del período anterior a 1848. La literatura progresó principalmente gracias a ese medio tan idóneo que fue la novela.

En pintura resaltan los supervivientes de la era revolucionaria como Daumier y G. Courbet (1819-1877), la escuela de Barbizon, y el grupo impresionista de avant-garde (vanguardia) que surgió en los años sesenta. Este período contempló el surgimiento de Manet (1832-1883), Degas (1834-1917) y del joven Cézanne (1839-1906).
II
Pocas sociedades han estimado tanto las obras del genio creativo y pocas han estado dispuestas a gastar su dinero tan libremente en el arte, y en términos puramente cuantitativos, ninguna sociedad anterior gastó tantas cantidades en libros nuevos y viejos, objetos, pinturas, esculturas, molduras de albañilería decoradas y billetes para representaciones musicales o teatrales. Paradójicamente pocas sociedades habían estado tan convencidas de que vivían en una edad de oro para las artes creativas.

Los periodistas y prohombres de la ciudad, orgullosamente registraban la inauguración y los costos de mastodónticos edificios públicos que, después de 1848, comenzaron a desfigurar el paisaje ciudadano del norte, sólo encubierto de forma incompleta por el hollín y el humo que los cubrieron de inmediato. El monto de los capitales empleados resultó impresionante desde cualquier punto de vista, excepto desde la nunca vista capacidad productiva del capitalismo. Sin embargo, el dinero no fue gastado siempre por las mismas personas. La revolución burguesa resultó victoriosa incluso en el campo de actividades características de príncipes y nobles. 

¿Quién pagaba el arte?

Los gobiernos y otras entidades públicas, la burguesía y un sector cada vez mayor de las «clases inferiores», a quienes los procesos tecnológicos e industriales hacían accesibles ios productos de mentes creativas en cantidades crecientes y a precios cada vez más bajos. Las autoridades públicas seculares eran casi los únicos clientes de gigantescos edificios monumentales, cuyo propósito era testimoniar la riqueza y esplendor de la época en general y de la ciudad en particular.

Las exigencias burguesas eran más modestas, pero colectivamente mucho mayores, pues desde 1860 en adelante, fue evidente que el dinero abundaba por do quier y el mercado burgués era una novedad sólo en la medida en que ahora era desusadamente amplio y cada vez más próspero.

Por primera vez. gracias a la tecnología y a la ciencia, ciertas formas de trabajo creativo pudieron reproducirse técnicamente a precios baratos y a una escala sin precedentes. Pero sólo uno de tales procesos estuvo relacionado, realmente, con el acto de creación artística: la fotografía, que llegó a su mayoría de edad en la década de 1850 y su efecto sobre la pintura fue inmediato y profundo.

En este periodo se observa una notable desvalorización de las artes tradicionales, que fueron directamente afectadas por el avance de la reproducción mecánica, lo que prococó reacciónes político-ideológicas como el movimiento de artes y oficios (en gran parte socialista) cuyos orígenes antiindustrialistas, e implícitamente anticapitalistas, se remontan desde la empresa proyectista de William Morris en 1860 hasta los pintores prerrafaelitas de los años cincuenta.

III

¿Cuál fue la clase de público que influía en los artistas?

No se trataba sólo de una clientela aristocrática o burguesa, como la que evidentemente formaba el contenido del West End londinense o del teatro de blevar de París. Pues también contaba con la masa de la modesta clase media baja y demás estratos sociales, incluyendo entre ellos a los obreros especializados, que aspiraban a la respetabilidad y a la cultura. En todos los sentidos, el arte del tercer cuarto del siglo XIX fue popular. Y según Hobsbawm, es un mito que a los mejores talentos de la época se los dejase morir de hambre en la bohemia, por los incultos que no los apreciaban. El artista estaba bien avenido con el mercado, e incluso aquellos que no se hicieron ricos eran respetados. Dickens, W. Thackcray (1811-1863), George Eliot (1819-1880), Tennyson (1809-1892), Víctor Hugo (1802-1885), Zola (1840- 1902), Tolstoi, Dostoievski, Turgucniev, Wagner, Verdi, Brahms, Liszt (1811- 1886), Dvorák, Chaikovski, Mark Twain, Henrik lbsen son nombres de individuos a los que, a lo largo de su vida, nos les faltó el éxito ni el aprecio.


¿El público burgués disfrutaba, realmente, con el arte que patrocinaba y estimaba con creciente prodigalidad? 


La pregunta es anacrónica. Es cierto que algunos tipos de creación artística mantenían una sincera relación con el público, al que simplemente deseaban entretener. Entre ellos, el principal era la «música ligera», que quizá fue el único arte en gozar de una edad de oro en estos años. La palabra «opereta» aparece por primera vez en 1856. y la década de 1865 a 1875 vería el período álgido de las realizaciones de Jacques Offenbach (1819-1880), Johann Strauss. hijo (1825-1899) —el Vals del Danubio Azul data de 1867, Die Fledermaus, de 1874— , la Caballería Ligera, de Suppé (1820-1995) y de los primeros éxitos de Gilbert y Sullivan (1836-1911, 1842-1900). Hasta que el peso de artes más elevadas las abrumó, incluso la ópera mantuvo su armonía con un público que buscaba sinceramente distraerse: Las operas Rigoletto, Trovatore, La Traviata.

El teatro comercial multiplicó sus bien construidos dramas y sus intrincadas farsas, de las que sólo las úl timas han resistido la erosión del tiempo (Labiche, 1815-1888; Meilbac, 1831-1897, y Halévy, 1834-1908). Pero, desde el punto de vista cultural, estos pasatiempos eran considerados inferiores, como los diversos «espectáculos con señoritas, que aparecieron en París en la década de 1850, con los que evidentemente, tenían mucho en común.

El esteticismo no se convirtió en moda burguesa hasta finales de la década de 1870 en que los artistas creativos eran sabios, profetas, maestros, moralistas, fuentes de verdad. Su esfuerzo era el precio que pagaba por sus beneficios una burguesía demasiado dispuesta a creer que todo lo de valor (monetario o espiritual) requería una abstención inicial del placer. El arte formaba parte de este esfuerzo humano y su cultivo era su punto culminante.

IV

Lo más característico a este respecto es la desaparición de los «estilos» morales, ideológicos y estéticos aceptados que, en tiempos pasados. El gusto por la pompa y el esplendor hallaban su expresión más adecuada, generalmente, en el renacimiento primitivo y el gótico tardío. (El barroco y el rococó fueron menospreciados hasta el siglo XX.) Naturalmente, el renacimiento, época de príncipes mercaderes, fue el estilo más adecuado para hombres que se consideraban a sí mismos sus sucesores, pero se utilizaron libremente otras reminiscencias estilísticas adecuadas.

Los judíos ricos de estos años adoptaron preferentemente un estilo morisco-islámico para sus cada vez más opulentas sinagogas, como afirmación de que su aristocracia oriental no tenía por qué competir con la occidental, y fue casi el único ejemplo de la utilización deliberada de modelos no europeos en el arte de la burguesía occidental, hasta la moda de los motivos japoneses de finales de la década de 1780 y de 1880.

La arquitectura no expresaba ninguna clase de «ver dad», sino, únicamente, la confianza y autoconfianza de la sociedad que construía los edificios, y este sentido de la inmensa e incuestionable fe de la burguesía en su destino que es lo que hace que sus mejores ejemplos sean impresionantes, aunque sólo sea por su tamaño. Los puentes exhibieron su belleza de ingeniería, aunque el puente colgante gótico del Tower Bridge de Londres, fue casi uno de sus últimos ejemplos. Y sin embargo, técnicamente, tras aquellas fachadas renacentistas y neogóticas, iban a parecer las cosas más avanzadas, originales y modernas.

Un hecho curioso, es que entre los enterados en el arte de aquella época es la creencia existente, a mediados del siglo XIX, de que la forma en el arte no tenía importancia, pero sí el contenido. La sociedad de esa época, pretendía que cada arte fuese expresable en los términos de las demás, de modo que las uniese el ideal de la "obra de arte total" (la Gesamtkunsrwerk. Sin embargo, las artes que podían expresar su sentido con precisión, por ejemplo, verbalmente o mediante la representación plástica, tenían ventaja sobre las que no podían hacerlo. Era más fácil convertir una historia en ópera (por ejemplo, Carmen), o incluso transformar unas pinturas en una composición musical (Los cuadros de una expo sición, de Musorgski. 1874), que hacerlo a la inversa y convertir una com posición musical en pintura o incluso en poesía, así, la pregunta ¿de qué se trata? no sólo era legítima, sino fundamental para todo juicio sobre arte a mediados de siglo. La respuesta, por lo general, era: «realidad» y «vida». «Realismo» es el término que acudía, de modo natural, a los labios de observadores contemporáneos de este período.

Pero ¿cuál es la realidad así representada, la vida «que el arte» debe representar? 

La burguesía de mediados de siglo estuvo atormentada por un dilema que su triunfo hizo aún más agudo. La imagen que de sí misma deseaba no representaba toda la realidad, en la medida en que la realidad era pobreza, explotación y miseria, materialismo, pasiones y aspiraciones, cuya existencia amenazaba una estabilidad que, a pesar de toda la confianza que tenían en sí mismos, encontraban precaria. La realidad en una sociedad dinámica y progresiva no era estática. De lo que se trataba no era de una representación realista del presente necesariamente imperfecto, sino de la mejor situación, a la que los hombres aspiraban y para la que, con seguridad, habían sido creados. El arte tenía una dimensión futura , En pocas palabras, las imágenes artísticas «reales» y «como la vida misma» cada vez se apartaron más de la estilización y del sentimen talismo. En el mejor de los casos, la versión burguesa del «realismo» resul tó ser una selección socialmente satisfactoria.

En las artes plásticas había tres formas de escapar a este dilema. Una de ellas insistía en representar toda la realidad, incluyendo la desagradable o pe ligrosa. El «realismo» se convertía en «naturalismo» o «verismo». Lo que nor malmente implicaba una crítica consciente de la sociedad burguesa, como la que realizó Courbet en pintura, y Zola y Flaubert en literatura: pero incluso los trabajos que no implicaban ninguna de estas intenciones deliberadamente críticas, como la obra maestra de Bizet (1838-1875), la ópera de bajos fondos Carmen (1875), fueron acogidas por el público y la crítica como si su intención hubiese sido política. La alternativa era abandonar por completo lo contemporáneo o toda realidad, bien rompiendo los lazos entre el arte y la vida, o con más exactitud, la vida contemporánea (el arte por el arte), o escogiendo deliberadamente la opción de los visionarios (como en el Bateau Ivre, 1871, del joven revolucionario Rimbaud), o, de otra forma, siguiendo la fantasía evasiva de humoristas como Edward Lear (1812-1888) y Lewis CarroII (1832- 1898) en Gran Bretaña y Wilhelm Busch (1832-1908) en Alemania. Pero, en la medida en que el artista no se refugiaba en una fantasía deliberada, se su ponía que las imágenes básicas eran «como la vida misma». Y, en este aspecto, las artes visuales sufrieron un profundo shock traumático: la competencia de la tecnología a través de la fotografía.

La fotografía, inventada en la década de 1820, y adoptada públicamente en Francia a partir de la de 1830, se convirtió en un medio viable para la reproducción masiva de la realidad, y conoció un rápido desarrollo como negocio en la Francia de los años cincuenta, impulsada en especial por los fracasados miembros de la bohemia artística.



La insaciable demanda de la burguesía, y especialmente de la ambiciosa pequeña burguesía, de retratos baratos, proporcionó las bases de dicho éxito. (La fotografía inglesa siguió estando, durante mucho tiempo, en manos de señoritas y caballeros que la practicaban con fines experimentales y como hobby.) Resultó evidente de inmediato que esto destruía el monopolio de las artes plásticas. Se llegó a pensar que la fotografía podía poner en peligro la existencia de «ramas enteras del arte, como: grabados (gravures), litografías, pintura de género y retratos». Pues ¿Cómo podían competir con la simple representación de la naturaleza (excepto en lo que respecta al color) con un sistema que trasladaba los mismos «hechos» directamente a la imagen y lo hacía científicamente?, ¿podía la fotografía sustituir al arte? Los neoclasicistas y los románticos reaccionarios se inclinaron a pensar que sí podía.


V

Ser «contemporáneo» tenía también implicaciones en el cambio y en las innovaciones técnicas, lo mismo que respecto al tema. Como Baudelaire había observado, el placer de representar el presente no sólo proviene de su posible belleza, sino de su «carácter esencial de "ser presente", entonces cada «presente» venidero podía hallar su forma de expresión característica, ya que, después de todo, ninguna otra cosa podía expresarlo adecuadamente. Esto podía ser o no el «progreso» en su sentido de mejora objetiva, pero ciertamente era «progreso» en la medida en que las formas de aprehender el pasado debían, inevitablemente, dar paso a aquellas destinadas a aprehender el tiempo presente, que eran mejores por el mero hecho de ser contemporáneas. El arte debe renovarse constante e inevitablemente, al hacerlo así, cada serie de innovadores perdería el apoyo de la masa de los tradicionalistas, de los «filisteos», de aquellos que carecían de lo que el joven Arthur Rimbaud (1854-1891) denominó «la visión». En pocas palabras, comenzamos a encontramos en el ahora familiar mundo de la avant-garde (aunque este término aún no era popular). No se debe a la casualidad que la genealogía retrospectiva de las artes de avatu-garde no nos remonte más allá del Segundo Imperio francés: es decir, a Baudelaire y Flaubert en literatura y a los impresionistas en pintura. Históricamente esto es un mito, pero la fecha es significativa. Señala el colapso del intento de producir un arte intelectualmente coherente (aunque con frecuencia crítico) de la sociedad burguesa; es decir, un arte que comprendiese la realidad física del mundo capitalista, del progreso y de las ciencias naturales, tal como las concebía el positivismo. Esta ruptura ideológica se cimentó entre los estratos marginales del mundo burgués que a su núcleo central: los estudiantes e intelectuales jóvenes, los escritores y artistas noveles, los bohemios en general y aquellos que rehusaban, aunque temporalmente, adoptar las costumbres propias de la respetabilidad burguesa, y que se confundían con facilidad con los incapaces o con aquellos a los que su forma de vida se lo impedía. De estos grupos se nutrieron los productores y los consumidores de lo que, un siglo después, se llamaría underground o «contracultura», que era un mercado de una cierta entidad, pero sin la solvencia suficiente para proporcionar a los vanguardistas un medio de vida.

Aunque algunos movimientos revolucionarios de la época se limitaron, casi por entero, al ambiente del Barrio Latino —por ejemplo, los blanquistas— y, aunque los anarquistas identificarían la simple pertenencia a la contracultura con la revolución, la vanguardia como tal no tenía ninguna política específica. Entre los pintores, los ultraizquierdistas Pissarro y Monet huyeron a Londres en 1870, para evitar tomar parte en la guerra franco-prusiana; pero Cézanne, en su refugio provinciano, no se tomó verdadero interés por las opiniones políticas de su amigo más íntimo, el novelista radical Zola. Manet y Degas —burgueses con medios propios—. así como Renoir, fueron a la guerra tranquilamente y eludieron la Comuna de París; por el contrario. Courbet jugó un destacado papel en la misma.

Hasta 1848 estos barrios latinos espirituales de la sociedad burguesa tenían aún esperanza —en una república o en la revolución social— y quizá, incluso, con todo su odio, experimentaban una cierta admiración envidiosa hacia el dinamismo de los más activos magnates ladrones del capitalismo, que se abrían camino a través de las barreras de la sociedad aristocrática tradicional.

Con el fin del sueño de 1848 y con el triunfo de la realidad de la Francia del Segundo Imperio, la Alemania de Bismarck, la Inglaterra de Palmerston y Gladstone y la Italia de Víctor Manuel, el arte burgués occidental, empezando con la pintura y la poesía, se bifurca en dos direcciones, hacia la masa y hacia una minoría definida. Sin estar tan proscritos por la sociedad burguesa como presenta la historia mitológica del arte de vanguardia, en conjunto, es innegable que los pintores y poetas, que aún admiramos, no llamaron la atención en el mercado contemporáneo, y fueron famosos, en todo caso, por sus escándalos: Courbet y los impresionistas, Baudelaire y Rimbaud. Los primeros prerrafaelitas, A. C. Swinbume (1837-1909) y Dante Gabriel Rossetti (1828-1882). Pero, evidentemente, este no fue el caso de todo el arte, incluso de aquellas ramas que dependían por completo del mecenazgo burgués, con la excepción del drama hablado, del que es mejor no hablar. Esto quizá se deba a que las dificultades que acosaban al «realismo» en las artes plásticas eran más «manejables» en las demás.






martes, 5 de abril de 2016

África en el mundo de las Grandes revoluciones 1789 – 1848, según Hobsbawm


Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015
El apogeo de la era de las revoluciones del mundo occidental puede pensarse como el principio de la era del terror colonial para el continente africano. Pues Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Portugal y Bélgica organizaron en estos territorios una carrera de imperialismo, intervención y despojo; por un lado tratando de recuperar el flujo de recursos perdidos con las independencias de las colonias americanas y por el otro, en un intento desesperado por afianzar la heguemonía del nuevo orden burgués capitalista.

Si bien a finales del siglo XVIII para el mundo occidental, el continente Africano era una tierra extraña habitada por tribus salvajes y monstruos terribles, algunos aventureros europeos decidieron internarse en sus secretos a la búsqueda de gloria y fortuna, lo que dio inicio a la carrera occidental por cartografiar este continente, a fin de poder contar con un catálogo de recursos disponibles para la explotación de lo que vendría siendo el nuevo régimen, el capitalismo burgués como modelo ideal de la ideología liberal que se desarrollaba en las mentes que controlaban el mundo.

Durante buena parte del siglo XIX se produce una ocupación de la mayoría de los territorios africanos cuyas economías, formas de organización y sistemas culturales sufrirán terribles transformaciones por la colonización europea.

El mayor de los imperios coloniales en África lo construirá Gran Bretaña, quienes dominaron los mares un par de siglos antes. Así su expansión se produjo aprovechando los enclaves que ya poseía en el Mediterráneo, como las bases de Gibraltar y Malta, a los que anexó la isla de Chipre, tras obtener el control del Canal se Suez se expande por Egipto, para controlar Sudan, Kenia y Somalia; mientras por el sur del continente anexa Natal, Orange Transval y Rodesia, con la intensión de formar una gran franja Británica que recorra África de norte a sur; mientras que por el África ecuatorial busca conquistar Gambia, Sierra leona, Costa de oro y Nigeria. Francia controló Marruecos, Argelia y Túnez y la gran franja del sur del Sahara, así como la Guinea Francesa, el Congo y la Isla de Madagascar. Portugal intervino Angola y Mozambique. Alemania por su parte estableció sus colonias en Camerún, Togo, África Sud Occidental, y Tanganica. Bélgica controlaba el Congo Belga y el Lago Chad, justo en el corazón de África. Italia se establece en Libia, Eritea y Somalia del sur. España controla una sección del norte de Marruecos, el Rió de oro y la Guinea ecuatorial.

Particularmente para Hobsbawm durante el análisis historiográfico que ejecuta en “La era de la revolución” la región africana pareciera un tanto desdibujada ante acontecimientos radicales que se estaban dando cita en el viejo continente entre 1789 y 1848, pero de alguna manera alcanzamos a observar modestas referencias al “continente negro” algunas veces como actor secundario que sufre los primeros embates de la modernidad liberal y otras -las menos- protagonista de pequeños sucesos que de alguna manera impactan tanto en el siglo XIX como en el futuro, social, cultural y económicamente en la historia del mundo.

En el apartado número 1. El mundo en 1780-1790; Hobsbawm afirma que “La extensión y altura de las cadenas montañosas europeas eran conocidas con relativa exactitud, pero… las de África (con excepción del Atlas) eran totalmente ignoradas a fines prácticos[1], muestra de ello son algunas ilustraciones sobre la cartografía fantástica del continente en los que los ilustradores dejaron libre a la imaginación para deleite de los amantes de los monstruos. Por otro lado, según Hobsbawm, en 1962 “África tenía una mayor proporción de habitantes que hoy” durante el periodo comprendido entre 1780 y 1790[2], aún que como se observa recurrentemente en la obra no aclara sus fuentes para tales afirmaciones.

Respecto al periodo de tiempo que aborda en su primer capítulo en referencia a la infraestructura de transporte y comunicativa afirma lo siguiente:
“Un sistema de comunicaciones marítimas que aumentaba rápidamente en volumen y capacidad, circundaba la tierra, beneficiando a las comunidades mercantiles de la Europa del Atlántico Norte, que usaban el poderío colonial para despojar a los habitantes de las Indias orientales de sus géneros, exportándolos a Europa y África, en donde estos y otros productos europeos servían para la compra de esclavos con destino a los cada vez más importantes sistemas de plantación de las Américas”[3]
Río Congo en el Museo de Antropología
Anticipando la crónica vergonzosa que estigmatizará el desarrollo del mundo moderno, Hobsbawm no permite olvidar al lector la procedencia de la gran mayoría de personas esclavizadas a nombre del orden y el progreso que exigía la revolución industrial e ideológica del siglo XIX. Aún que concede que a finales del siglo XVIII “África permanecía virtualmente inmune a la penetración militar europea. Excepto en algunas regiones alrededor del Cabo de Buena Esperanza, los blancos estaban confinados en las factorías comerciales costeras.[4]

Para el apartado número 2. La revolución industrial, Hobsbawm continúa construyendo su discurso sobre el vergonzoso sistema de mercado de esclavos, al afirmar que “Los esclavos africanos se compraban, al menos en parte, con algodón indio[5], y en este sentido especifica que “El volumen principal de exportaciones de algodón de Lancashire iba a los mercados combinados de África y América.[6] Así llega a la conclusión de que para 1820 “África y Asia consumieron 80 millones de yardas de algodones ingleses[7] De lo cual se deduce que por un lado el proyecto comercial ingles que había apostado por la hegemonía productiva de manufacturas de exportación estaba logrando su objetivo; y por el otro, que aún cuando la región Africana no había sido colonizada en la primera década del siglo XIX, ya se encontraba en el mapa de los proyectos expansionistas del mercado liberal internacional. (anexo 4)

Luego de un amplio silencio por varios capítulos, en el apartado que aborda La paz, queda claro que “Los ingleses se daban por contentos con ocupar los puntos cruciales para el dominio naval del mundo y para sus intereses comerciales mundiales, tales como el extremo meridional de África (arrebatado a los holandeses durante las guerras napoléonicas).[8] Y es de nuevo ante esta mención que se observa en el discurso de Hobsbawm un cierto tono eurocentrico, en el que la paz de Inglaterra parece entenderse como la paz del resto del mundo, cuando si bien tenemos pocos indicios para lograr reconstruir la historia de muchos pueblos, entre ellos los Africanos de principios del siglo XIX, queda clarísimo que para estos no hay paz que valga, cuando durante cuatro siglos previos se han visto atacados por grupos de esclavistas cristianos europeos. Y sobre este tema justo en el mismo capítulo Hobsbawm nos dice que “Las exigencias de la lucha contra la trata de esclavos… les llevó a establecer puntos de apoyo a lo largo de las costas africanas.[9] Pero valga la explicación que el texto no nos ofrece, aún que de alguna manera se puede inferir en el desarrollo narrativo, sobre el hecho de que esta postura antiesclavista de Inglaterra obedece mas a las exigencias del mercado, pues la población esclava que no recibe salario en metálico, no puede integrarse a las relaciones de consumo de la economía monetizada que se requería para el mercado internacional Ingles.

Respecto al tema que trata sobre Las revoluciones, Hobsbawm afirma que “Tres principales olas revolucionarias hubo en el mundo occidental entre 1815 y 1848. (Asia y África permanecieron inmunes: las primeras grandes revoluciones, el <motín indio> y <la rebelión de Taiping>, no ocurrieron hasta después de 1850).[10] Lo que de alguna manera se explica por la limitada intervención Europea en el continente

En el apartado número 8. La tierra; se aborda el hecho de que como consecuencia de la revolución francesa, las relaciones legales y políticas tradicionales desde el feudalismo se transformaron radicalmente, y dice Hobsbawm que “en algunas zonas coloniales directamente administradas por estados europeos, sobre todo en zonas de la India y Argelia, se produjeron revoluciones legales similares. Y también en Turquía y, durante un breve periodo en Egipto.”[11] Lo que no es gratuito, pues por un lado la injerencia colonial europea ya comenzaba a sentirse en el continente negro al que de alguna manera se van exportando los problemas propios de la revolución sociopolítica que está llevando a cabo la pujante clase burguesa; y por el otro esta misma injerencia colonial ofrece a los historiadores fuentes materiales que no solo dependen de la efímera tradición oral Africana.

Paradójicamente el capítulo número 12. Ideología religiosa, anteriormente abordado, las referencias al continente africano no solo son mayores, sino bastante interesantes. En primera instancia deja claro que “Cuando David Livingstone, el famoso explorador y misionero, embarcó para África en 1840, los nativos de aquel continente aún no habían sido alcanzados por el cristianismo en cualquiera de sus formas.”[12] Pero aquellos que si habían sido alcanzados y que se enfrentaban a los problemas de la caza de esclavos en sus regiones, y al mismo tiempo profesaban la fe musulmana, presentaban características bien particulares, a saber:
la religión mahometana apelaba a la sociedad semifeudal y militar del Sudán, y su sentido de independencia, militarismo y superioridad suponía un útil contrapeso para la esclavitud. Los negros musulmanes eran malos esclavos: los haussa (y otros sudaneses) importados a Bahía (Brasil) se sublevaron nueve veces entre 1807 y el gran levantamiento de 1835, en que muchos murieron o fueron devueltos a África. Los negreros aprendieron a evitar las importaciones de aquellas zonas, abiertas muy recientemente al tráfico comercial.”[13]
Pero vale la pena aclarar que Hobsbawm lanza estos argumentos citando al investigador brasileño Arthur Ramos quien en su propias palabras introductorias al estudio, ofrece "el primer intento hecho para estudiar en toda América al negro y sus herencias culturales, lo que trajo de África, lo que aquí dejó y lo que recibió en cambio [14]

En este mismo apartado Hobsbawm hace referencia a los movimientos bélicos sociales que algunos grupos musulmanes africanos escenificaron casi en la mitad del siglo XIX:
Inspirado también por los wahhabistas, un santón argelino, Sidi Mohamed ben Alí el Senussi, desplegó un movimiento similar que desde 1840 se extendió desde Trípoli hasta el desierto del Sáhara. En Argelia Abd-elKader y en el Caucaso Shamyl acaudillaron también movimientos político-religiosos contra los franceses y los rusos, respectivamente, anticipando un panislamismo que aspiraba no sólo a volver a la pureza original del Profeta, sino también a absorber las innovaciones occidentales. En Persia, una heterodoxia todavía más nacionalista y revolucionaria – el movimiento de Mohamed Alí – surgió entre 1840 y 1850. Entre otras cosas trataba de volver a ciertas antiguas prácticas del zoroastrismo persa y exigía quitar los velos a las mujeres.[15]

Y resultan bastante interesantes los comentarios de Hobsbawm que colocan al Islam como ideología de contrapeso en el siglo XIX, a los procesos de las grandes revoluciones en el mundo; máxime si estos contrapesos son considerados desde la actualidad, en que no hace falta mucha explicación para entender el sitio que esta ideología de origen medio oriental posé hoy en día, en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales.

En el apartado sobre Las artes, Hobsbawm hace referencia al continente africano para tratar brevemente la injerencia del movimiento romántico en una noble relación, que alimentó las exégesis que artistas y pensadores románticos hicieron de esa África bastante desconocida, caldo de cultivo de epopeyas y aventuras poéticas
La investigación romántica llevó a sus exploradores a los desiertos de Arabia o el norte de África, entre los guerreros y odaliscas de Delacroix y Fromentin, a Byron a tráves del mundo mediterráneo, o a Lermontov al Cáucaso, en donde el hombre natural en la forma del cosaco combatían al hombre natural en forma de miembro tribal entre precipicios y cataratas, más bien que a la inocente utopía social y erótica de Tahití.”[16]

Por último observamos que en la Conclusión: Hacia 1848, se hace referencia nuevamente al mercado de esclavos que a finales del periodo estudiado por Hobsbawm comienza a ser el del terror colonial para el continente africano, pues se afirma que “El precio aproximado de un esclavo labrador en el sur de los Estados Unidos, que era de 300 dólares en 1795, oscilaba en 1860 entre 1,200 y 1,800 dólares; el número de esclavos en los Estados Unidos ascendió de 700,000 en 1790 a 2 500 000 en 1840 y a 3 200 000 en 1850. Seguían viniendo de Africa, pero también se engendraban cada vez más para su venta dentro de la zona esclavista, es decir, en los estados fronterizos de Norteamérica que los suministraban a la cada vez mayores plantaciones de algodón.[17] Y es con esta reflexión poco esperanzadora concluye Hobsbawm las referencias sobre el continente Africano, el cual vendría venir en próximas fechas su peor momento colonial.

Referencias Consultadas

Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015
Iliffe, John. África. Historia de un continente. Ediciones Akal, Madrid, 2013
Ramos, Artur. Las culturas negras en el mundo nuevo. FCE , México, 1943


[1] Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015, p.15
[2] Ibid, p. 16
[3] Ibid, p. 26
[4] Ibid, p. 33
[5] Ibid, p. 41
[6] Ibidem
[7] Ibid, p. 42
[8] Ibid, p. 114
[9] Ibidem
[10] Ibid p. 117
[11] Ibid p. 157
[12] Ibid p. 228
[13] Ibid p. 229
[14] Ramos, Artur. Las culturas negras en el mundo nuevo. FCE , México, 1943, p. 227
[15] Op. cit. Hobsbawm, p. 230
[16] Ibid p. 271
[17] Ibid p. 302

martes, 29 de marzo de 2016

Reseña - Capítulo 12 - Ideología religiosa -La era del capital

Hobsbawn, Eric. La era de las revoluciones. Capítulo 12 Ideología religiosa. Barcelona : Critica, 2011

La religión es el suspiro de la criatura oprimida,
el corazón de un mundo descorazonado, el espíritu,
de una condición desalmada. Es el opio de los pueblos. 
(Marx)
De todos los cambios ideológicos que se suscitaron en el mundo occidental, por las revoluciones del siglo XIX,el que sufrió el pensamiento del hombre respecto a al religión fué el cambio mas profundo. La secularizacion de las masas no tenía precedente, la indiferencia religiosa era común entre los varones nobles y burgueses, creyentes de la existencia de un ser supremo, pero que no interfería en las actividades humanas, entre los ilustrados eduritos, creadores de las modas intelectuales del XIX no era común la practica del cristianismo, proliferaron las sectas simpatizantes de la ideología de la Masonería racionalista, iluminista y anticlerical. En contraste la malloría de las clases pobres eran cristianas excepto en París y Londres.

Con las revoluciones norteamericana y francesa, las mayores transformaciones políticas y sociales fueron secularizadas, el cristianismo es dejado aparte por primera vez en la historia. El lenguaje, el simbolismo, las costumbres de 1789 son puramente a cristianos. El secularismo de la revolución demuestra la hegemonía política de la clase media liberal que impuso su ideología sobre el vasto movimientos de masas. En este proceso de transformación ideológica se presenta una paradoja, por un lado la filosofía ilustrada propone una moral natural del libre pensador, superior al cristianismo, pero los riesgos de abandonar la sanciones sobrenaturales de la moral tradicional eran inmensos. Por tanto las masas siguieron siendo religiosas haciendo de la Biblia un documento incendiario, en su natural idioma revolucionario y de rebeldía.

Por otro lado, de 1789 a 1848 la ideología de la nueva clase trabajadora fué secular desde un principio; Hobsbawn se atreve a afirmar que "la ideología de los movimientos obrero-socialistas está basada en el racionalismo del siglo VIII". Las Iglesias establecidas abandonaron a las crecientes comunidades urbanas, tanto en países católicos como luteranos, así la clase trabajadora era menos afectada por la religión organizada que cualquier otro grupo de pobres en la historia del mundo. Esta secularizacion impactó en la influencia que la iglesia tenía sobre el estado resultando en la expropiación y venta de muchas de sus propiedades y por consiguiente su fuerte pérdida de influencia económica.

En el estudio del mundo religioso de la época, aparece con claridad que está escrito por quien no comparte credo alguno. Hobsbawm no se muestra injurioso: se muestra descreído. Por eso considera algo positivo todo retroceso de la religión; al describir la secularización de masas, sobre todo de las clases altas y medias (pp. 388-90) —de una manera excesivamente generalizadora—, el calificativo que otorga a tal fenómeno es el de "beneficioso". En consecuencia, serían factores sociológicos —o mejor dicho, socioeconómicos— los que para Hobsbawm determinen la expansión o regresión de las diversas creencias.

Era una minoría racionalista libre-pensadora la que iba imponiendo la secularización. Y, según Hobsbawm, fue seguida por la nueva burguesía porque el cristianismo no servía bien a sus fines, necesitando para el nuevo orden social que querían una nueva moral racionalista: "los ejércitos de la clase media ascendente necesitaban la disciplina y la organización de una fuerte e ingenua moralidad para librar sus batallas" (p. 390). Es decir, que sus intereses reclamaban una nueva moral que les "dejase hacer" a la vez que garantizase el orden necesario para poder llevarlo a cabo. Tomado al pie de la letra, esta interpretación hubiera debido provocar una deserción en masa de la religión, pero no fue así: hubo abandonos, aunque también conversiones; en las letras abundaba más el ateísmo que en las finanzas.

Hubo otros sectores en crisis. El de las ciencias, por ser pretendida —para Hobsbawm, cierta— pugna con la fe: "La ciencia entraba en abierto y creciente conflicto con las Escrituras" (p. 395) en terrenos —aclara— como la evolución (que como teoría es posterior a esta época) o el historicismo exegético. También la religión pierde terreno en los suburbios urbanos, donde empieza a predominar la indiferencia; aquí las razones que se dan son dos, no siendo ninguna de ellas, sorprendentemente, la agitación. La primera responde a la realidad, y es la falta de adaptación de la estructura eclesial a la nueva geografía urbana. La segunda es falsa: "las Iglesias establecidas desdeñaron a estas comunidades y clases, abandonándolas (especialmente en los países católicos y luteranos)" (p. 394).

Una panorámica general de todo el mundo hará concluir a Hobsbawm que progresaban el Islam y las sectas protestantes, mientras que se daba un "marcado fracaso de otras (incluye la católica)... para extenderse" (p. 397). En todo caso, soplaban por todas partes vientos de renovación, incluido el islamismo. Se dedican varias páginas a describir —con bastante objetividad, aunque marcado demasiado los condicionamientos sociales— esta revitalización (pp. 401-08). La diferencia principal entre el campo protestante y el católico es vista acertadamente en que, mientras en el primero el renacimiento se produce fuera de lo que podríamos llamar la estructura oficial —o sea, mediante sectas—, en el catolicismo, las novedades permanecen siempre "dentro del armazón".

Cuando pasa a juzgar el papel jugado por la religión es donde mejor se aprecia la ideología de Hobsbawm. Tras citar la frase de Marx, según la cual es el "opio del pueblo", detalla su propia explicación de ello. Así, para las clases medias suponía un "apoyo moral", "justificación de su existencia social" y "palanca de expansión" (p. 408). Para la clase alta sería algo más: "proporcionaba la estabilidad anhelada" (p. 408), lo cual no pasaría desapercibido a sus miembros, pues "habían aprendido de la Revolución francesa que la Iglesia es el más fuerte apoyo del trono" (p. 409); serviría, por tanto, para ahogar todo descontento. En resumen, para Hobsbawm, la religión era "un método de rivalizar con la sociedad, caracterizado por un literalismo, emocionalismo y superstición, frente a una sociedad racionalista, y las clases elevadas que deformaban la religión a su propia imagen" (y, en contraste con lo señalado anteriormente, si la deformaban habría que concluir que no la abandonaban) (p. 408), y nada más.

A pesar de estos epítetos, Hobsbawm debe reconocer que se produjo una "patente reviviscencia del catolicismo romano entre los jóvenes sensibles de las clases altas" (p. 411). No encontrando una explicación satisfactoria, se contenta con descalificar el fenómeno con términos insultantes. El más conocido de estos nuevos focos, el movimiento de Oxford, es descrito así: "jóvenes fanáticos que expresaron así el espíritu de la más oscurantista y y reaccionarias de las universidades" (p. 412), que, si fueron bien acogidos, ello se debió solamente al hecho de que sus exponentes pertenecían a familias influyentes.

martes, 22 de marzo de 2016

Reseña - El corazón de las tinieblas

Conrad, Joseph. El corazón de las tinieblas. Series en El libro de Bolsillo, Sección Clásicos; 623. Madrid, España: Alianza, 1991. 157 p.
El libro inicia en el tranquilo y civilizado río Támesis el hogar de Marlow el marino, el capitán del vapor de agua dulce, el libre pensador, el cronista de historias fantásticas de otros mundos, el ingles liberal impresionado por el progreso - sobretodo como el testigo presencial de los acontecimientos que va a narrar – El alter ego del mismo Joseph Conrad. Pero la historia real tiene lugar en un río salvaje en el lejano Congo (antítesis de la civilización) donde para Marlow, el viaje fue retroceder a los comienzos del mundo: “Éramos nómadas en una tierra prehistórica, en una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Podríamos habernos imaginado como los primeros hombres que tomaban posesión de una herencia maldita, sometida a costa de angustia profunda y esfuerzo excesivo”.

En esta aventura, el corazón del hombre. Su esencia misma, aparece como metáfora del elemento mismo de la oscuridad, pues el atisbo a nuestro interior, a lo más profundo de la sustancia humana (introspección a la que se ven obligados los personajes en ese estado salvaje de la naturaleza, en que la civilización occidental no tiene acomodo sencillo) es el vehículo que encuentra la narrativa de Conrad para establecer los nudos literarios y mantener al lector con la esperanza de que un vuelco heroico resuelva a favor de nuestra civilidad occidental tan arraigada, los conflictos propuestos por el autor. Un aprieto irresoluble, pues el mundo moderno no puede tropezarse con la naturaleza en su estado más puro, sin que se presente un antagonismo de facto. El corazón de las tinieblas transmite esa imagen de África como la antítesis de la Europa civilizada, un lugar donde la inteligencia humana es brutalmente puesta a prueba y finalmente pierde la batalla con esa bestialidad triunfante.
…una explosión de gritos, un torbellino de extremidades negras, una masa de manos aplaudiendo, de pies golpeando el suelo, de cuerpos balanceándose, de ojos en blanco, bajo la caída de follaje denso e inmóvil. El vapor avanzó, fatigosamente, a lo largo del borde de un frenesí negro e incomprensible. ¿El hombre prehistórico nos estaba maldiciendo, rogando, dándonos la bienvenida? Quién sabe. Estábamos incapacitados para comprender lo que nos rodeaba”.
Conrad muestra de alguna manera como las políticas de colonización de la modernidad, establecieron instituciones, como empresas extractivas, donde no existió ninguna protección a los habitantes naturales, ni sistemas de pesos y contrapesos contra la expropiación que la compañía hacía en los territorios que paulatinamente asediaba, pero también deja claro que aquellos comisionados para llevar los asuntos del progreso en tierras salvajes, terminaban reproduciendo “nuevas Europas desquisiadas” que replican las instituciones del viejo mundo, incluyendo las intrigas y los procesos burocráticos en espacios anacrónicos en que siempre las condiciones naturales de los asentamientos colonizadores determinan las estrategias de sobrevivencia. “La tierra parecía sobrenatural. Estamos acostumbrados a considerar la forma encadenada de un monstruo conquistado pero allí, allí se podía ver algo monstruoso y libre”.

Joseph Conrad se muestran ante sus lectores, con una posición crítica anticolonialista y consciente del racismo y la barbarie europea en este proceso civilizatorio, aún que él mismo no consigue escapar de las concepciones eurocéntricas de su mundo y termina esclavo de esa visión binaria, un tanto maniquea del blanco y negro, el salvaje ó el civilizado. Quizá la razón sea que su estilo Romántico, en su búsqueda de nuevas formas y nuevos sentimientos, va a conformando las categorías estéticas de la modernidad, difusas pero absolutamente fundamentales para comprender la vida y sobre todo, este proceso violento de los nuevos imperialismos colonizadores de inglaterra; así pues pareciera que la incertidumbre por el futuro provoca en Conrad un esfuerzo colosal por conjurar, en su obra, la dimensión totalizadora de la que el mundo, en su existencia cotidiana, se halla privado. La bondad, la libertad y la igualdad del ser humano...

martes, 15 de marzo de 2016

Reseña - Independencia y esclavitud en el periodo de transición de 1750 - 1850

Lombardi V., John. (2008) Independencia y esclavitud en el periodo de transición de 1750 - 1850. En: Historia general de América Latina. Teresa Rojas Rabiela, (directora). París, Francia: Editorial Trotta. Pp. 365 – 382
Lombardi parte de la premisa de que los historiadores son prisioneros de las estructuras jurídicas y burocráticas que producen y conservan las fuentes que sirven de base a su trabajo, así como de la escuela de pensamiento desde donde toman forma sus habilidades de interpretación histórica. Ejemplificando que mientras que para los hispanoamericanistas el interés en el estudio de las independencias de América Latina se centra en la formación de las identidades nacionales, para los historiadores de la escuela estadounidense, el centro de interés está en estudiar cómo los movimientos de independencia tienen su base en la declaración de independencia de 1776, el tratado de parís de 1783 y la convención constituyente de 1789, como un proceso de largo alcance, es decir lo que Lombardi llama el “paradigma norteamericano como referencia interpretativa”. Ante esto, plantea la interpretación de las independencias de América Latina, como una sólida continuidad de las estructuras económicas y sociales en los procesos de consolidación de las nuevas repúblicas independientes, pues para el autor, “el proceso independentista se orientó mucho más a cambiar la estructura y la autoridad para solucionar los conflictos, que a la solución directa de estos”, pues en ausencia de las instituciones coloniales los actores regionales, particularmente las élites criollas, compitieron por instaurarse como figuras de autoridad y la rivalidad entre ellos se orientó a controlar los dispositivos económicos que España había dejado en cada región; en vez de procurar la transformación de las estructuras básicas de las flamantes naciones, y así, al desaparecer las instituciones imperiales y los dispositivos jurídicos para la solución de conflictos; las élites regionales optaron por el empleo de la violencia organizada como método sucedáneo.

Los líderes independentistas aplicaron el método del caudillismo carismático que ofrecía formulaciones discursivas respecto al agravio histórico que la organización colonial llevó a cabo sobre la sociedad americana, fustigando a la rebelión, para imponer su propia autoridad investida de legitimidad colectiva. Pero las débiles instituciones propuestas por éstos, no eran capaces de soportar los conflictos subsecuentes y la inestabilidad económica resultante de los procesos bélicos, así las minorías rivales encontraban motivos para cuestionar dicha legitimidad y pugnar por un liderazgo alternativo en cabeza de otro caudillo. Por ello, para Lombardi “el débil proceso de consolidación institucional experimentó una rápida devaluación”, pues los grupos subordinados continuaban viviendo en un sistema socioeconómico estructurado por la tradición española, que las élites sólo modificaron en beneficio propio como la efectiva existencia del sistema esclavista reflejada en el alto precio y demanda de esclavos hasta bien entrado el siglo XIX, aún a pesar de la firme oposición internacional encabezada por la política abolicionista británica.

Así para Lombardi, la raza, los vínculos con la nobleza, la riqueza, los nexos por matrimonio, los éxitos militares, la educación o el rango religioso; determinaba la pertenecía a una categoría social y el disfrute de privilegios particulares en las nuevas repúblicas, tal y como habían funcionado en la estructura social de las antiguas colonias, aunque aclara, que España con esta división de clases no mantenía la colonia en beneficio de los americanos, ni pretendía forjar sistemas económicos de ámbito local exitosos, sino que sólo buscaba extraer la mayor plusvalía posible, pues cuando los súbditos americanos parecieron interesarse demasiado en la prosperidad local, la corona respondió con las Reformas Borbónicas: una reestructuración administrativa destinada a devolver el monopolio económico a España, controlando las oportunidades de desarrollo del continente. Esa estructura de privilegios representada por la organización de castas servía para controlar su sistema económico, pues limitaba el número de rivales que competían por las mejores oportunidades y privilegios a cambio de que se colocaran los intereses de la corona por encima de los locales. Esta implantación de jerarquías de privilegio y oportunidad motivó a cada grupo a esforzarse por alcanzar los estratos superiores de manera individual, en vez de crear comunidades de intereses colectivos que obstaculizarían el modelo colonial básico y en suma el principio del nuevo orden capitalista mundial .

Este mismo sistema de control propició conflictos raciales, étnicos y de clase, que se manifestaron en la vida económica y social del continente prácticamente desde la conquista, y según el autor, fue el factor definitorio del conflicto. Pues en el proceso independentista hubo quienes pensaban que incluir a las clases subalternas era un riesgo demasiado alto a sus intereses de grupo y se mantuvieron fieles a España, ya que la monarquía parecía más capaz de preservar las estructuras discriminatorias que les otorgaban sus privilegios; pero algunos miembros de esta élite novohispana sobreestimaron su capacidad para impulsar un movimiento civil separatista sin dañar las estructuras coloniales que les privilegiaban, sin considerar que “los esclavos, los pardos y otros miembros de las capas subordinadas de la población hispanoamericana, decidieron finalmente incluir sus aspiraciones en el programa independentista”, obteniendo como resultante que el debilitamiento del sistema les ofreciera ocasión para actuar en aras de sus propios intereses de grupo. Así miembros de estas capas subordinadas participaron en las guerras de independencias, militando para ambos bandos. Según Lombardi, “examinando las oportunidades, sopesando los riesgos y calculando las ventajas a fin de actuar en consecuencia”, pues por un lado el rígido sistema de castas había creado durante la paz un conjunto duradero de normas que se aplicaban rigurosamente y que de alguna manera ofrecía cierta garantía a la población esclava por parte de la corona, respecto a los abusos de los empresarios novohispanos. Mientras que el discurso independentista ofrecía una serie de incentivos para asegurar su participación, como: la promesa de emancipación y la erradicación de las distinciones formales de casta.

Boves, Morillo, Piar y Bolívar reconocieron la imposibilidad de independencia en los límites de una pugna elitista, en consecuencia, la esclavitud institucionalizada no podía vivir en la independencia y el compromiso para erradicar esta práctica contribuía al esfuerzo diplomático para legitimar a los independentistas como miembros de vanguardia en las ideologías modernas. Pero la abolición efectiva se realizó a un paso mucho más lento pues las nuevas Repúblicas requerían de mano de obra dócil para subsistir a su inserción en los mercados globales. Así la “ley de vientres libres” garantizaba la abolición, al tiempo que aplazaba sus efectos, pues la aritmética demográfica persuadía a los dueños de esclavos americanos, que el capital humano del que era dueño no se devaluaría inmediatamente, pues se aplazaba la emancipación de los descendientes de esclavos durante un plazo que oscilaba entre los 21, hasta los 50 años. Esta disposición produjo el aplazamiento de la abolición y prolongó la disponibilidad de mano de obra controlada durante una generación.

Lombardi concluye que con la independencia y la abolición no cambió la estructura económica de Hispanoamérica, continuó vigente la política extractiva, no hubo cambios estructurales en las relaciones de élite con las capas subalternas, no se reorientaron los vínculos dependientes del trabajo esclavo, pues se sustituyó por otros sistemas de control, como: migración forzada y contratos de servicio obligatorio. Pues las élites independientes se esforzaron por realzar, mejorar, gestionar y controlar mejor la estructura de exportación herencia del imperio español, permaneciendo casi intacta la “discriminación social y económica basada en la raza, como legado duradero del sistema español”.

martes, 8 de marzo de 2016

Reseña - Los avatares de la manufactura y los orígenes de la industria moderna

Miño Grijalva, Manuel (2008) Los avatares de la manufactura y los orígenes de la industria moderna. En: Historia general de América Latina: La construcción de las naciones latinoamericanas. Teresa Rojas Rabiela, (directora). París, Francia: Editorial Trotta. Pp. 345 – 369

Durante el siglo XIX nuevas formas de producción industrial se articularon alrededor del mundo y es en esta época en que inicia el desfase en la producción de bienes de consumo y de capital, es decir el inicio de la fractura entre un mundo desarrollado y otro no desarrollado. Para muchos latinoamericanos significó un duro golpe, pues nuevas formas de organización del capital se acentuaban después de las independencias, sin incluirlos a ellos. En este contexto, Inglaterra y Estados Unidos trazarían el sendero a seguir por el mundo industrializado, articulando a la distancia la política y la economía de las nuevas naciones latinoamericanas interesadas en completar sus complejos procesos de consolidación nacional, pero dejando en evidencia el verdadero atraso en el que se encontraban, estado que debía mucho a la estructura económica colonial y fue agravado por la nueva configuración de la economía mundial y en que la propia inestabilidad política interna no permitió trazar un rumbo claro de la ruta a seguir para remediarlo. Miño lamenta que el proyecto industrial no fuera discutido como un elemento central en la formación de las Repúblicas independientes latinoamericanas y caribeñas, pues estaban más preocupadas por definir sus proyectos políticos y consolidar su presencia en las relaciones internacionales, situación que llama la atención del autor, ante el anacronismo que presenta la idea de “pensar que los nuevos países necesitaban fuertes marcos institucionales que garantizaran su crecimiento económico cuando no habían logrado una paz política y social, requisitos básicos para cualquier tipo de esquema económico” (anacronismo que en opinión personal trasciende hasta nuestro días, particularmente en países cuya debilidad institucional mantienen a la población en general en un estado permanente de riesgo y vulnerabilidad ante la violencia cotidiana).
Las cifras disponibles para Miño, muestran una intensa vinculación de las economías americanas con la británica, por lo que infiere: la presencia del capitalismo industrial en la región sujeta a una serie de presiones de plataforma para la invasión industrial europea: contrabando, tráfico de influencias, intereses de comerciantes diplomáticos y endeudamiento externo. Que aunado a una política errática e inconsistente por parte de los Estados latinoamericanos, dificultaron el proceso de industrialización y consolidación de las economías locales.

Para ejemplificar sus argumentos, el autor recurre al análisis de dos naciones que por sus características particulares sirven de ejemplo para comprender los procesos económicos que se llevaron a cabo durante el periodo en el continente. En el caso de México, plantea como antecedente el hecho de que la Nueva España fuera el territorio más adelantado y rico del conjunto de naciones que conformaban el imperio español, y se aventura a afirmar que por esta razón sólo México logro plantearse un proyecto moderno desde una época temprana con relativo éxito. Este proyecto lo divide en dos fases: la primera que abarca de 1830 a 1845, caracterizada por el uso de la energía animal e hidráulica y por la preeminencia del tejido de algodón y el hilado domestico; y muy importante, marcada por el apoyo financiero y la protección del gobierno que mantuvo la organización espacial productiva de la colonia, con presencia en los estados de Veracruz, Puebla, México, Querétaro y Guadalajara. En esta etapa el principal protagonista fue el Banco de Avío, centro crediticio por excelencia para el fomento industrial. Así, capital y protección estatales, son elementos cruciales que no se encuentra en los demás países para este periodo y que marcaron la diferencia para el desarrollo industrial del México de la primera mitad del siglo XIX, porque si bien, el capital privado disminuyó por emigración forzada, y la inestabilidad sociopolíticas tras la independencia; el capital que quedaba fue suficiente para ser invertido en las nacientes industrias mexicanas, para satisfacer las demandas de empresarios y artesanos criollos que exigían al gobierno, impulso y autonomía en beneficio de sus intereses, exigiendo la sustitución de importaciones y la diversificación industrial. Medidas que apoyaron a que hubiera dinero para invertir en actividades económicas locales, aunado al hecho de que ya no se exportó toda la plata que se producía en México.

Como dato curioso queda en evidencia que contrario a lo que ocurría en el proceso de industrialización en países europeos, en México este nació más allá de las ciudades, respondiendo a las necesidades de localización y factores internos, aunque el relativo éxito de industrialización se vio interrumpido después del triunfo liberal y el segundo imperio mexicano, pues el país no había logrado las condiciones básicas para emprender un proceso de industrialización de largo aliento y las necesidades financieras del gobierno derrumbaron las leyes proteccionistas.

La segunda fase de desarrollo que va de 1860 a 1890, introduce tecnología basada en vapor, en la que el motor de crecimiento se ubicó en la demanda de Estados Unidos, y el dominio del centro de la república como espacio concentrador y privilegiado por las nuevas empresas, no obstante la aparición de fábricas en Chihuahua, Coahuila, Sinaloa junto a los centros productivos tradicionales de Veracruz, Puebla, México, Querétaro, Guadalajara, Guanajuato, Michoacán, Tlaxcala e Hidalgo. Pero en esta etapa, más allá de los problemas de transporte y el escaso nivel de desarrollo del mercado interno, pesó más la falta de un modelo de desarrollo coherente acorde a las necesidades de un país en formación, aún así durante mucho tiempo el sector privado fue el principal promotor del desarrollo, pero dejó de serlo cuando la inseguridad nacional, las luchas civiles y las intervenciones extranjeras mostraron la necesidad de consolidar primero el sistema republicano como tal. Lo sorprendente es que a pesar de los obstáculos naturales, la escasez de capital, el mercado restringido, la existencia mayoritaria de una población indígena con producción de subsistencia, la inestabilidad política y el bandolerismo; el número de fábricas al finalizar este periodo se había casi duplicado, pero el nivel de desarrollo industrial no era comparable con las primeras fases de otros países industrializados, dejando claro que las nuevas comunicaciones, la caída de los costos de transporte, las inversiones, la articulación del mercado y el abastecimiento de la fuerza de trabajo, no fueron suficientes para producir un proceso de industrialización sostenido en un mundo predominantemente rural en donde la población indígena se encontraba en una racionalidad económicamente distinta a los requerimientos capitalistas modernos.

Al analizar el caso de Brasil, Miño señala que como predomínate productor de algodón al servicio de la industria británica, después de 1840 inaugura una nueva etapa de su vida industrial con la creación de un sistema nacional fabril dedicado a la producción textil y el procesamiento de alimentos, aún cuando conservaba un fuerte vinculo económico con Portugal e Inglaterra, su papel de abastecedor de materia prima al extenso mercado europeo, la falta de combustibles de carbón, sus deficientes comunicaciones, determinaron su evolución tardía. De todas formas Brasil que había comenzado su proceso de industrialización tardíamente mostró signos de revitalización comparables a los del caso mexicano, aún cuando en el mundo la abolición de la esclavitud pujaba fuerte, subsistía en Brasil al interior de su territorio esta práctica, no fue impedimento para que de alguna manera consolidara la creación de una fuerza productiva industrial contando con innovaciones tecnológicas en el ramo de la energía, la formación de cuadros técnicos y una importante concentración de capitales.

Cuando se producen las independencias del continente, los centros productivos industriales se ubicaban en México, los Andes centrales, el alto Perú, Río de la Plata; mientras que Venezuela, Brasil y Arequipa eran importantes abastecedoras de materia prima, pero esta característica distribución productiva del periodo colonial se fracturó en una diversidad de países con ideas, intereses y posibilidades dispares y heterogéneas, y el predominio de la producción doméstica urbana o rural indicó para cada una de estas regiones los límites que las modernas formas industriales debían superar. No obstante para Miño, el camino que recorrieron Brasil y México no es comparable con ningún otro país de Latinoamérica.

martes, 1 de marzo de 2016

Reseña - Las sociedades originarias en el ámbito de la formulación inicial de los proyectos nacionales como culminación de los procesos de continuidad y ruptura.


Manrique, Nelson. (2008) Las sociedades originarias en el ámbito de la formulación inicial de los proyectos nacionales como culminación de los procesos de continuidad y ruptura. En: Historia general de América Latina. Teresa Rojas Rabiela, (directora). París, Francia: Editorial Trotta. Pp. 351 – 364
El abordaje temático de Manrique, procura engarzar los aspectos políticos, sociales, económicos y culturales en la formación de los diferentes proyectos nacionales para analizar la resultante de la condición social y la forma en cómo participaron de este proceso los grupos herederos de las sociedades originales. Pues una vez consumadas las Independencias de América Latina las provincias latinoamericanas se organizaron en federaciones gobernadas por grupos raciales criollos, quienes no contaban con un proyecto incluyente para la diversidad de castas existentes en el territorio emancipado. Para 1830, los 5 grandes territorios coloniales sometidos a la corona Española se dividieron en once naciones independientes no obstante que tenían una historia común de conquista, colonización y gobierno imperial y pese a la existencia de una lengua y un patrimonio cultural comunes (al menos entre las clases dominantes y los miembros más hispanizados). Así, la orientación general del capítulo que nos ocupa, corresponde a un intento de elaborar la narrativa de las sociedades originarias en la composición de las nuevas sociedades y en el análisis de Manrique parece pertinente advertir de principio que dentro de la diversidad de grupos originarios sólo tratará sobre la historia de aquellos sujetos al orden colonial, advirtiendo previamente que no son los únicos a los que en nuestra América moderna se les ha sometido a lo largo de la historia a una “política de genocidio”, pues existe una deuda de más de quinientos años con pueblos que por su aislamiento geográfico no participaron de este orden colonial, pero a los que la modernidad les ha impuesto pesadas cargas civilizatorias.
El autor procura rastrear los signos de la crisis estructural en la inclusión de los pueblos originarios a las nuevas sociedades latinoamericanas aún antes de finales del siglo XVIII, antes de que las denominadas sociedades criollas dictaran el discurso independentista para procurar un estatus de igualdad ciudadana, pero cuya aplicación en el orden práctico mantuvo a los indios en su condición de explotados bajo formas de enajenación precapitalistas, al tiempo que las naciones Latinoamericanas procuraban su inserción en las estructuras económicas de orden mundial, pero de forma subordinada al proyecto neocolonial encabezado por Inglaterra.

En el sur, la fallida rebelión de Tupac Amaru desde la visión de Manrique, es uno de los factores que aceleró el proceso de destrucción de las élites indígenas tradicionales, mientras que los indios “Apolíticos y completamente ignorantes… cuando no eran arrastrados como bestias a las guerras de independencia, permanecían como pasivos espectadores, adivinando acertadamente que la revolución les ofrecía poco más que el régimen colonial” (Lynch, 1976: 141-143). Ejemplificado este sentimiento con el decreto de José de San Martín, conocido como de “libertad de vientre” que pretendía la libertad de nacimiento desde 1821; pero que en la práctica, los nacidos libres quedaban bajo la tutela de los amos de sus padres hasta los 21 años, periodo que incluso llegó a extenderse hasta los 50 años. Así para Manrique, el golpe final de los privilegios de élite en las estructuras de poder indígena colonial, fue la abolición de los curacazgos – término de origen Quechua que refiere a la organización social de la zona andina, en la que el Curaca o jefe de familia con base en el principio de reciprocidad, retribuye las prestaciones recibidas y cumple funciones como asegurar la paz interna, organizar los ritos religiosos, velar por la redistribución de los productos a los huérfanos (waqcha) y a los que no tienen familia en la comunidad, etc – y la parcialización de tierras comunales bajo un régimen de desprotección legal, que abrió la puerta al saqueo y expoliación de las tierras que durante siglos le pertenecieran.

Manrique analiza las continuidades en la tradicional organización política, económica y sociocultural de las colonias americanas, cómo: la subsistencia del tributo indígena colonial; la utilización gratuita de la fuerza de trabajo que sustituye a la “mita” precolombina y colonial, y a la que los indios nombran “la república”; el reclutamiento forzado para la integración de fuerzas militares en el proceso de pacificación caudillista; y el poder espiritual, material y administrativo de la iglesia, donde se controlaban los censos poblacionales, los registros de nacimiento y defunción, los intereses por concepto de préstamos por parte de las capellanías y obras pías, y la labor social de hospitales y orfanatos que esta llevaba a cabo. Pero al enlistar las rupturas Nelson Manrique comenta sobre la disgregación de la economía colonial que quedó en manos de gobernantes regionales; el deterioro del poder político en las sociedades originarias por la desconfianza que sembró la sangrienta rebelión de Tupac Amaru y otros jefes tribales en la sociedad colonial sudamericana; la contradictoria igualdad legal vs la desigualdad socio-politica a la que sometió a los herederos de las culturas precolombinas, y la abolición de los curacazgos.

El autor concluye que la ruptura independentista tuvo como limitación decisiva el haber sido una revolución en términos políticos, que no trascendió a los ámbitos socio económicos, persistiendo una serie de estructuras de dominación colonial usufructuadas antes por los emisarios peninsulares y posteriormente en las repúblicas independientes, por los criollos mestizos. Así el racismo anti-indígena, el menosprecio y la devaluación de su patrimonio cultural; a quienes se obligó a integrarse a la civilización hegemónica occidentalizada y cristiana, persiste en diverso grado en toda América Latina, hasta que la herencia colonial no quede debidamente cancelada y se creen las condiciones para una verdadera integración que no tenga por base, la imposición.