martes, 3 de mayo de 2016

Biblioteca Nacional de Antropología e Historia "Dr. Eusebio Dávalos Hurtado”

La Biblioteca Nacional de Antropología e Historia "Dr. Eusebio Dávalos Hurtado" (BNAH) es una entidad viva que incrementa continuamente sus colecciones bajo resguardo, con el objetivo de preservar y conservar la memoria histórica de nuestro pasado Nacional. Apoyados en modernos procesos de automatización que ofrecen servicios de consulta e intercambio de información a la comunidad principalmente académica del Instituto Nacional de Antropología e Historia, pero también se encuentra abierta al público en general, visitada anualmente por un promediode 25,000 usuarios.

Es importante destacar que su acervo de códices fue registrado en 1997 dentro del programa Memoria del Mundo de la UNESCO. Razón por la cual decidí realizar una visita a este recinto, como complemento al trabajo sobre "Las representaciones iconográficas del maíz en los documentos de las culturas originarias de Mesoamerica".

El objetivo principal de la. Biblioteca es proporcionar apoyo a las áreas de investigación, conservación, difusión y docencia, por lo que la BNAH atiende y coordina la Red Nacional de Bibliotecas, integrada actualmente por 67 centros de información distribuidos en todo el país.
  
La Biblioteca "Dr. Eusebio Dávalos Hurtado" es presumiblemente la más completa en su área, en toda Latinoamérica pues sus acervos permiten realizar un recorrido especializado a través de diferentes áreas del conocimiento como historia, antropología, arqueología, lingüística, etnohistoria entre otras disciplinas.Tiene sus orígenes en la primera etapa del México Independiente con la creación en 1825 del Museo Nacional y gracias a Lucas Alamán adquirió para los investigadores del museo el primer lote de libros en una subasta realizada en Inglaterra; en 1865, Maximilianopropuso que el lugar para albergar los libros se ubicara en la calle de Moneda y en 1888, gracias a Francisco del Paso y Troncoso, se inauguró formalmente la Biblioteca del Museo Nacional para apoyar a investigadores e intelectuales en sus proyectos y consultas. En 1939 la nombran como “Biblioteca Nacional de Antropología e Historia” y en 1964 cambia su domicilio a las instalaciones que ocupa actualmente, al interior de de las instalaciones del Museo Nacional de Antropología.

En el 76 cambia su nombre por el de “Dr. Eusebio Dávalos Hurtado” en homenaje de quien fué el primer antropólogo físico egresado de la ENAH; impulsor del desarrollo museístico en México y promotor cultural, que además fué Director del Museo y posteriormente Director General del Instituto Nacional de Antropología e Historia.

La Biblioteca resguarda códices, documentos de la Inquisición, diarios del siglo XIX, monografías de diferentes órdenes religiosas, libros raros e incunables, revistas especializadas, planos, mapas, libros de oraciones y testimonios audiovisuales de la etapa Revolucionaria, así como algunas tesis e investigaciones actuales.

Sus diferentes colecciones son:

Acervo General; Archivo Histórico; Colecciones Especiales (Pablo González Casanova, Vicente Lira, Alfonso Caso, Luis González Obregón); Fondo Conventual (agustinos, franciscanos, dominicos, carmelita) ; Fondo de Testimonios Pictográficos o Códices (Originales y copias de la época prehispánica o virreinal, digitalizado para trabajar sin necesidad de manipular los originales, los que para su conservación y seguridad se encuentran resguardados, bajo estrictas normas, en la bóveda de códices); Hemeroteca Histórica; Fototeca; Mapoteca; Microfilm; Acervo Sonoro (Raúl Hellmer y Samuel Martí, Archivo de la Palabra, Programa de Historia Oral, la colección Hernández Quezada y la colección Miscelánea)

Los acervos Biblioteca se clasifican en sistema LC (Library of Congress) y organiza el material por áreas y subdivisiones hasta llegar a las especialición.

Cuentan también con un laboratorio de restauración pero desgraciadamente es un área de acceso restringido pues se especializa en la conservación del acervo, manuscritos y fotografías.
  
Referente a sus servicios, la Biblioteca ofrece asesorías, capacitación y material bibliográfico a las 67 bibliotecas de la Red de Bibliotecas INAH en los centros y museos del Instituto en la Ciudad de México y el interior del país, así como visitas guiadas; exposiciones temporales; conferencias y cursos para localizar, seleccionar, preservar, sistematizar y difundir sus acervos.

El acervo de documentos precolombinos y coloniales, que guarda la Biblioteca es uno de los más ricos del mundo, y contiene valiosas herramientas para reconstruir la historia nacional  desde tiempos prehispánicos hasta el siglo XVIII.

A continuación se enlista el catálogo completo de su colección, del que resaltan aquellos que se utilizarán para efectos particulares de la investigación en curso:

Colección de Códices (Documentos originales y reproducciones.)



02. Códice de Azoyú 1
03. Códice de Azoyú 2
04. Códice Badiano
05. Códice Baranda (copia)
06. Codice Boturini (copia)
07. Fragmento Caltecpaneca
08. Códice Coatépetl
09. Mapa de Coatlinchan
10. Lienzo de Coixtlahuaca
11. Códice Colombino
12. Códice de Constancia de Gastos
13. Genealogía de Cotitzin y Zozáhuic
14. Códice de San Cristóbal Coyotepec
15. Mapa de Cuauhtinchan Num. 3
16. Mapa de Cuauhtinchan Num. 4
17. Códice de Cuauhtlanzinco
18. Mapa de San Juan Cuauhtlanzingo
19. Genealogía de Cuauhtli
20. Códice de Cuetlaxcohuapan
21. Códice de la Cueva
22. Chilam Balam de Chan Kan
23. Códice Chavero de Huexotzingo
24. Vista del Río Chiapa
25. Lienzo de Chinantla
26. Códice de Cholula
27. Códice Dehesa
28. Cantares de Dzibalché
29. Genealogía de los Señores de Etla
30. Códice García Granados
31. Catecismo Gómez de Orozco
32. Códice de Huamantla Fragmento 1
33. Códice de Huamantla Fragmento 2
34. Códice de Huamantla Fragmento 3
35. Códice de Huamantla Fragmento 4
36. Códice de Huamantla Fragmento 5
37. Códice de Huamantla Fragmento 6
38. Códice de Huexotzingo Guillermo Tovar
39. Códice de Huichapan
40. Chilam Balam de Ixil
41. Códice de Ixtapalapa
42. Lienzo de Lachiyoo
43. Libro de Oraciones
44. Matrícula de Tributos
45. Códice Mauricio de la Arena
46. Lienzo de Metlatoyuca
47. Genealogía de Metztépetl
48. Códice del Cristo de Mexicaltzingo
49. Libro de Tierras de Santa Magdalena Mixuca
50. Códice Mixteco Post-cortesiano
51. Códice de Tributos de Mizquiahuala Número 1
52. Códice de Tributos de Mizquiahuala Número 2
53. Códice Moctezuma
54. Códice Muro
55. Lienzo de Nahuatzen
56. Lienzo de San Juan Nayotla
57. Genealogía de Nexmoyotla, Ateno, Zoyatitlan y Hueytetla
58. Genealogía de Nopalxóchitl
59. Mapa de Otumba
60. Códice Pérez
61. Genealogía de Pitzahua
62. Plano de Papel Amate
63. Plano Parcial de la Ciudad de México
64. Códice Porfirio Díaz
65. Códice Porrúa Turanzas
66. Códice de las Posesiones de Don Andrés
67. Mapa de Quiotepec, Coyula y Tecomavaca
68. Códice Ramírez
69. Mapa de una Región Boscosa
70. Códice de los Señores de San Lorenzo Axotlan y San Luis Huexotla
71. Lienzo de Sevina
72. Mapa de Sigüenza
73. Lienzo de Tecciztlan y Tecuatepec
74. Códice de San Antonio Techialoyan
75. Chilam Balam de Tekax
76. Códice Teotenantzin
77. Códice de San Juan Teotihuacan
78. Mapa de Tepecoacuilco
79. Genealogía de una familia de Tepeticpac
80. Genealogía de Tetlamaca y Tlametzin
81. Chilam Balam de Tzimín
82. Códice Tributos de Santa Cruz Tlamapa
83. Lienzo de Tlapa
84. Códice del Tecpan de Santiago, Tlatelolco
85. Códice de Tlaxcala
86. Títulos de Tócuaro
87. Códice Topográfico Fragmentado
88. Plano de San Agustín Totolapa
89. Anales de Tula
90. Mapa de Santa María Nativitas Tultepec
91. Códice Valeriano
92. Lienzo de Santo Tomás Xochtlan
93. Lienzo de San Lucas Yatau
94. Lienzo de Yatiní
95. Lienzo de Zacatepec
96. Códice del Tequilato de Zapotitlan
97. Genealogía Zolin

98. Documento 757 de la colección Antigua

martes, 26 de abril de 2016

El atentado político y la violencia anarquista


Proudhon y Bakunin proclamaron que la Revolución debe ser espontánea para que no generara liderazgos perversos que intentaran convertirse en poderes políticos. Por lo que algunos anarquistas utilizaron el terrorismo y la violencia como herramienta política para provocarla, pues creían que la destrucción del estado sólo podía conseguirse tras la destrucción de quienes ostentan el poder. Numerosos crímenes políticos de carácter anarquista se basaron en estas premisas: El asesinato del vigésimo quinto Presidente de los Estados Unidos William McKinley, a manos de Leon Czolgosz; los asesinatos de los Presidentes Españoles, Antonio Cánovas del Castillo, el 8 de agosto de 1897, por el anarquista italiano Michele Angiolillo y el de Eduardo Dato, asesinado en 1921 por un atentado que llevaron a cabo los militantes anarquistas Pedro Mateu Cusidó, Luis Nicolau Fort y Ramón Casanellas Lluch; en 1881 el grupo terrorista populista ruso Naródnaia Volia asesina al zar Alejandro II; en 1900 Gaetano Bresci mata al rey de Italia Humberto I.


La serie de acciones dirigidas contra figuras públicas y sociedad civil provocó la concepción del anarquismo fuese identificada con el terrorismo en la colectividad capitalista. Pues se le cuestionaba la contradicción de facto respecto al uso de la violencia como subversión y las ideas de fraternidad que al mismo tiempo se encontraban en su discurso ideológico. Así la represión política que sufrieron todos los anarquistas (violentos, o no) fue terrible, al punto de casi desaparecer de la esfera política en numerosos países. Aún que mucha de esa mala fama fue construida artificialmente por capitalistas y socialistas, por ejemplo Uri Eisenzweig dedica su obra Ficciones del anarquismo a hacer un seguimiento de las notas de prensa aparecidas en Paris entre 18 y 18 , tras los primeros atentados presumiblemente atribuidos a simpatizantes anarquistas. En esta obra Eisenzweig demuestra que la prensa sensacionalista se cebó los bigotes con hechos menores que transformaron fácilmente en material noticioso para nutrir el discurso ignominioso sobre la supuesta analogía entre el pensamiento anarquista y el nuevo terror explosivo que el mundo estaba por conocer en manos de reducidos grupos radicales a finales del siglo XIX.

Referencias

Eisenzweig, Uri. Ficciones del anarquismo. Series en (Sección de Obras de Historia). México: FCE, 2004

martes, 19 de abril de 2016

Muerte al Estado… Intentos de solución a la desigualdad social del sXIX

“La emoción dominante era la ira,
 una ira madura y lacerante que surgía casi en cada página:
 ira contra América, ira contra la hipocresía política, 
ira como arma para destruir los mitos nacionales” 
Paul Auster – Leviatán 


Tratar de definir en la actualidad el concepto de anarquismo, es enfrentarse a la dificultad de desmitificar una ideología que pretendió pensar el mundo de diferente manera; y aún que sus orígenes pudieran argumentarse antes del siglo XIX, es en este periodo histórico en el que encuentra sus máximos exponentes y por desgracia, el inicio de su derrumbe en el imaginario de la sociedad contemporánea, para ello se debe reconocer que no se trata de algún credo dogmático del pasado, de una secta de locos y desadaptados, de un culto desquiciado antisocial; sino tratar de confrontar la deformación ideológica que la cultura occidental desde las visiones capitalistas y comunistas han impuesto sobre esta particular forma de concebir el mundo; siempre teniendo en cuenta que durante el siglo XIX y principios del XX, ésta ideología tuvo diferentes pensadores y diferentes formas de entenderla. 



Procuremos entonces la disquisición de lo que significó para el hombre del siglo XIX esta ideología que en un inicio fue de la mano con la alternativa socialista; tratar de contribuir en la construcción historiográfica de una narrativa que permita comprender la transmutación en el imaginario colectivo: de una ideología de resistencia teórica, a ese Leviatán contracultural terrorista con el que comúnmente se le asocia; y procurar rescatar los elementos sustantivos de sus principales ideólogos y que pudieran ser repensados y utilizados por las sociedades contemporáneas. 

Para iniciar, procurando un mero acercamiento definitorio, podría decirse que se trata de una concepción ética y política sobre la vida social, que se rebela contra todo tipo de enajenación autoritaria del hombre sobre el hombre mismo. Etimológicamente la palabra anarquía deriva del griego: a = negativo, y arkhein, autoridad. 


El anarquismo del siglo XIX, plantea una alternativa a los planteamientos de Hobbes (1588 – 1679) y la doctrina de la guerra de todos contra todos tan común en el viejo régimen. Pero también se constituye como oposición a los planteamientos de Rousseau (1712 -1778), pues se propone evitar la hipoteca parcial de la vida de los desposeídos; es decir procuraba constituirse como un camino diferente a la época moderna. En el siglo XIX hay muchos tipos de anarquismos, tantos como anarquistas existieron pacifistas, terroristas, individualistas, socialistas, organizacionistas, anti-organizacionistas, sindicalistas, campesinos, utopistas, etc…Pero todos se rebelan contra cualquier tipo de autoridad del hombre sobre el hombre mismo, con una propuesta ética y política muy característica, basada en el concepto de libertad. Más allá de las diferencias que existen entre los distintos anarquistas, en el fondo todos entendieron lo mismo: que es mejor la asociación a la confrontación (Malatesta). 

Las diferentes posiciones del anarquismo como doctrina política y como filosofía de vida, generó una serie de tácticas de acción: violencia, pacifismo, conspiración, colectivismo, comunismo, etc... Que manifiestan el hecho de que las contradicciones existentes entre la anarquía, los diferentes modos de entenderla, y su utilización en la conformación de un estilo de vida o un modelo de alternativa política, no permitirán una victoria real sin sacrificar sus propios principios. 

Anarquía suele ser entendida como terror, caos y desorden; pero desde la perspectiva de la revisión historiográfica que aquí se presenta, quizá pudiera reconsiderarse más cercana a los ideales de libertad, igualdad y fraternidad que la democracia contemporánea presume de origen. La manipulación informativa que los intereses de la clase burguesa del siglo XIX, generaron en torno a los principios anarquistas una falsa percepción y simplificación a una ideología más compleja de lo que comúnmente concebimos, uno de los obstáculos para favorecer la independencia en el pensamiento y otorgar un sentido crítico y reconstructivo de las ideologías de resistencia.

Continuará...


martes, 12 de abril de 2016

Reseña - Capítulo 15 - Las artes - La era del capital

Hobsbawn, Eric. La era del capital, 1848-1875. Capítulo 15 - Las artes -. Barcelona : Critica, 2011
I
La segunda mitad del siglo XIX, especialmente las décadas estudiadas en este libro, no producen la misma arrolladora impresión que la anterior, excepto en algunos países relativamente atrasados entre los que destacó notablemente Rusia. Con ello Hosbawm no quiere decir que los logros creativos de este período fuesen mediocres, pues Francia e Inglaterra conservaban un nivel muy notable, la primera principalmente en literatura en prosa, la segunda en pintura y en poesía. Estados Unidos, aunque poco importante en las artes plásticas y en música clásica, comenzaba a revelarse como potencia literaria en el este del país con Melville (1819-1891), Hawthome (1804-1864) y Whitman (18191891), y en el oeste con una nueva cosecha de escritores populistas provenientes del periodismo, entre los que destaca Mark Twain (1835-1910). También destacan compositores checos como A. Dvofák, (1841-1904; y B. Smetana, (1824- 1884). Los escandinavos comenzaron a captar un público más amplio, quizá debido a su representante más encomiado Henrik Ibsen (1828-1906).
En la música, aunque en Italia no hay gran cosa, excepto la figura de G. Verdi (1813-1901), cuya carrera ya estaba en auge antes de 1848. y en Austria y Alemania, entre los grandes compositores conocidos, sobresalen sólo en este período Braluns (1833-1897) y Bruckncr ( 1824-1896), pues Wagner era ya casi maduro. Con todo, tales nombres son bastante importantes, sobre todo el de Wagner, genio descollante, aunque personalmente intratable, y un fenómeno cultural. Pero en estos países las artes creativas se limitan, casi por completo, a la música, aunque puede que no haya argumentos serios para afirmar que su literatura y sus artes plásticas son inferiores a las del período anterior a 1848. La literatura progresó principalmente gracias a ese medio tan idóneo que fue la novela.

En pintura resaltan los supervivientes de la era revolucionaria como Daumier y G. Courbet (1819-1877), la escuela de Barbizon, y el grupo impresionista de avant-garde (vanguardia) que surgió en los años sesenta. Este período contempló el surgimiento de Manet (1832-1883), Degas (1834-1917) y del joven Cézanne (1839-1906).
II
Pocas sociedades han estimado tanto las obras del genio creativo y pocas han estado dispuestas a gastar su dinero tan libremente en el arte, y en términos puramente cuantitativos, ninguna sociedad anterior gastó tantas cantidades en libros nuevos y viejos, objetos, pinturas, esculturas, molduras de albañilería decoradas y billetes para representaciones musicales o teatrales. Paradójicamente pocas sociedades habían estado tan convencidas de que vivían en una edad de oro para las artes creativas.

Los periodistas y prohombres de la ciudad, orgullosamente registraban la inauguración y los costos de mastodónticos edificios públicos que, después de 1848, comenzaron a desfigurar el paisaje ciudadano del norte, sólo encubierto de forma incompleta por el hollín y el humo que los cubrieron de inmediato. El monto de los capitales empleados resultó impresionante desde cualquier punto de vista, excepto desde la nunca vista capacidad productiva del capitalismo. Sin embargo, el dinero no fue gastado siempre por las mismas personas. La revolución burguesa resultó victoriosa incluso en el campo de actividades características de príncipes y nobles. 

¿Quién pagaba el arte?

Los gobiernos y otras entidades públicas, la burguesía y un sector cada vez mayor de las «clases inferiores», a quienes los procesos tecnológicos e industriales hacían accesibles ios productos de mentes creativas en cantidades crecientes y a precios cada vez más bajos. Las autoridades públicas seculares eran casi los únicos clientes de gigantescos edificios monumentales, cuyo propósito era testimoniar la riqueza y esplendor de la época en general y de la ciudad en particular.

Las exigencias burguesas eran más modestas, pero colectivamente mucho mayores, pues desde 1860 en adelante, fue evidente que el dinero abundaba por do quier y el mercado burgués era una novedad sólo en la medida en que ahora era desusadamente amplio y cada vez más próspero.

Por primera vez. gracias a la tecnología y a la ciencia, ciertas formas de trabajo creativo pudieron reproducirse técnicamente a precios baratos y a una escala sin precedentes. Pero sólo uno de tales procesos estuvo relacionado, realmente, con el acto de creación artística: la fotografía, que llegó a su mayoría de edad en la década de 1850 y su efecto sobre la pintura fue inmediato y profundo.

En este periodo se observa una notable desvalorización de las artes tradicionales, que fueron directamente afectadas por el avance de la reproducción mecánica, lo que prococó reacciónes político-ideológicas como el movimiento de artes y oficios (en gran parte socialista) cuyos orígenes antiindustrialistas, e implícitamente anticapitalistas, se remontan desde la empresa proyectista de William Morris en 1860 hasta los pintores prerrafaelitas de los años cincuenta.

III

¿Cuál fue la clase de público que influía en los artistas?

No se trataba sólo de una clientela aristocrática o burguesa, como la que evidentemente formaba el contenido del West End londinense o del teatro de blevar de París. Pues también contaba con la masa de la modesta clase media baja y demás estratos sociales, incluyendo entre ellos a los obreros especializados, que aspiraban a la respetabilidad y a la cultura. En todos los sentidos, el arte del tercer cuarto del siglo XIX fue popular. Y según Hobsbawm, es un mito que a los mejores talentos de la época se los dejase morir de hambre en la bohemia, por los incultos que no los apreciaban. El artista estaba bien avenido con el mercado, e incluso aquellos que no se hicieron ricos eran respetados. Dickens, W. Thackcray (1811-1863), George Eliot (1819-1880), Tennyson (1809-1892), Víctor Hugo (1802-1885), Zola (1840- 1902), Tolstoi, Dostoievski, Turgucniev, Wagner, Verdi, Brahms, Liszt (1811- 1886), Dvorák, Chaikovski, Mark Twain, Henrik lbsen son nombres de individuos a los que, a lo largo de su vida, nos les faltó el éxito ni el aprecio.


¿El público burgués disfrutaba, realmente, con el arte que patrocinaba y estimaba con creciente prodigalidad? 


La pregunta es anacrónica. Es cierto que algunos tipos de creación artística mantenían una sincera relación con el público, al que simplemente deseaban entretener. Entre ellos, el principal era la «música ligera», que quizá fue el único arte en gozar de una edad de oro en estos años. La palabra «opereta» aparece por primera vez en 1856. y la década de 1865 a 1875 vería el período álgido de las realizaciones de Jacques Offenbach (1819-1880), Johann Strauss. hijo (1825-1899) —el Vals del Danubio Azul data de 1867, Die Fledermaus, de 1874— , la Caballería Ligera, de Suppé (1820-1995) y de los primeros éxitos de Gilbert y Sullivan (1836-1911, 1842-1900). Hasta que el peso de artes más elevadas las abrumó, incluso la ópera mantuvo su armonía con un público que buscaba sinceramente distraerse: Las operas Rigoletto, Trovatore, La Traviata.

El teatro comercial multiplicó sus bien construidos dramas y sus intrincadas farsas, de las que sólo las úl timas han resistido la erosión del tiempo (Labiche, 1815-1888; Meilbac, 1831-1897, y Halévy, 1834-1908). Pero, desde el punto de vista cultural, estos pasatiempos eran considerados inferiores, como los diversos «espectáculos con señoritas, que aparecieron en París en la década de 1850, con los que evidentemente, tenían mucho en común.

El esteticismo no se convirtió en moda burguesa hasta finales de la década de 1870 en que los artistas creativos eran sabios, profetas, maestros, moralistas, fuentes de verdad. Su esfuerzo era el precio que pagaba por sus beneficios una burguesía demasiado dispuesta a creer que todo lo de valor (monetario o espiritual) requería una abstención inicial del placer. El arte formaba parte de este esfuerzo humano y su cultivo era su punto culminante.

IV

Lo más característico a este respecto es la desaparición de los «estilos» morales, ideológicos y estéticos aceptados que, en tiempos pasados. El gusto por la pompa y el esplendor hallaban su expresión más adecuada, generalmente, en el renacimiento primitivo y el gótico tardío. (El barroco y el rococó fueron menospreciados hasta el siglo XX.) Naturalmente, el renacimiento, época de príncipes mercaderes, fue el estilo más adecuado para hombres que se consideraban a sí mismos sus sucesores, pero se utilizaron libremente otras reminiscencias estilísticas adecuadas.

Los judíos ricos de estos años adoptaron preferentemente un estilo morisco-islámico para sus cada vez más opulentas sinagogas, como afirmación de que su aristocracia oriental no tenía por qué competir con la occidental, y fue casi el único ejemplo de la utilización deliberada de modelos no europeos en el arte de la burguesía occidental, hasta la moda de los motivos japoneses de finales de la década de 1780 y de 1880.

La arquitectura no expresaba ninguna clase de «ver dad», sino, únicamente, la confianza y autoconfianza de la sociedad que construía los edificios, y este sentido de la inmensa e incuestionable fe de la burguesía en su destino que es lo que hace que sus mejores ejemplos sean impresionantes, aunque sólo sea por su tamaño. Los puentes exhibieron su belleza de ingeniería, aunque el puente colgante gótico del Tower Bridge de Londres, fue casi uno de sus últimos ejemplos. Y sin embargo, técnicamente, tras aquellas fachadas renacentistas y neogóticas, iban a parecer las cosas más avanzadas, originales y modernas.

Un hecho curioso, es que entre los enterados en el arte de aquella época es la creencia existente, a mediados del siglo XIX, de que la forma en el arte no tenía importancia, pero sí el contenido. La sociedad de esa época, pretendía que cada arte fuese expresable en los términos de las demás, de modo que las uniese el ideal de la "obra de arte total" (la Gesamtkunsrwerk. Sin embargo, las artes que podían expresar su sentido con precisión, por ejemplo, verbalmente o mediante la representación plástica, tenían ventaja sobre las que no podían hacerlo. Era más fácil convertir una historia en ópera (por ejemplo, Carmen), o incluso transformar unas pinturas en una composición musical (Los cuadros de una expo sición, de Musorgski. 1874), que hacerlo a la inversa y convertir una com posición musical en pintura o incluso en poesía, así, la pregunta ¿de qué se trata? no sólo era legítima, sino fundamental para todo juicio sobre arte a mediados de siglo. La respuesta, por lo general, era: «realidad» y «vida». «Realismo» es el término que acudía, de modo natural, a los labios de observadores contemporáneos de este período.

Pero ¿cuál es la realidad así representada, la vida «que el arte» debe representar? 

La burguesía de mediados de siglo estuvo atormentada por un dilema que su triunfo hizo aún más agudo. La imagen que de sí misma deseaba no representaba toda la realidad, en la medida en que la realidad era pobreza, explotación y miseria, materialismo, pasiones y aspiraciones, cuya existencia amenazaba una estabilidad que, a pesar de toda la confianza que tenían en sí mismos, encontraban precaria. La realidad en una sociedad dinámica y progresiva no era estática. De lo que se trataba no era de una representación realista del presente necesariamente imperfecto, sino de la mejor situación, a la que los hombres aspiraban y para la que, con seguridad, habían sido creados. El arte tenía una dimensión futura , En pocas palabras, las imágenes artísticas «reales» y «como la vida misma» cada vez se apartaron más de la estilización y del sentimen talismo. En el mejor de los casos, la versión burguesa del «realismo» resul tó ser una selección socialmente satisfactoria.

En las artes plásticas había tres formas de escapar a este dilema. Una de ellas insistía en representar toda la realidad, incluyendo la desagradable o pe ligrosa. El «realismo» se convertía en «naturalismo» o «verismo». Lo que nor malmente implicaba una crítica consciente de la sociedad burguesa, como la que realizó Courbet en pintura, y Zola y Flaubert en literatura: pero incluso los trabajos que no implicaban ninguna de estas intenciones deliberadamente críticas, como la obra maestra de Bizet (1838-1875), la ópera de bajos fondos Carmen (1875), fueron acogidas por el público y la crítica como si su intención hubiese sido política. La alternativa era abandonar por completo lo contemporáneo o toda realidad, bien rompiendo los lazos entre el arte y la vida, o con más exactitud, la vida contemporánea (el arte por el arte), o escogiendo deliberadamente la opción de los visionarios (como en el Bateau Ivre, 1871, del joven revolucionario Rimbaud), o, de otra forma, siguiendo la fantasía evasiva de humoristas como Edward Lear (1812-1888) y Lewis CarroII (1832- 1898) en Gran Bretaña y Wilhelm Busch (1832-1908) en Alemania. Pero, en la medida en que el artista no se refugiaba en una fantasía deliberada, se su ponía que las imágenes básicas eran «como la vida misma». Y, en este aspecto, las artes visuales sufrieron un profundo shock traumático: la competencia de la tecnología a través de la fotografía.

La fotografía, inventada en la década de 1820, y adoptada públicamente en Francia a partir de la de 1830, se convirtió en un medio viable para la reproducción masiva de la realidad, y conoció un rápido desarrollo como negocio en la Francia de los años cincuenta, impulsada en especial por los fracasados miembros de la bohemia artística.



La insaciable demanda de la burguesía, y especialmente de la ambiciosa pequeña burguesía, de retratos baratos, proporcionó las bases de dicho éxito. (La fotografía inglesa siguió estando, durante mucho tiempo, en manos de señoritas y caballeros que la practicaban con fines experimentales y como hobby.) Resultó evidente de inmediato que esto destruía el monopolio de las artes plásticas. Se llegó a pensar que la fotografía podía poner en peligro la existencia de «ramas enteras del arte, como: grabados (gravures), litografías, pintura de género y retratos». Pues ¿Cómo podían competir con la simple representación de la naturaleza (excepto en lo que respecta al color) con un sistema que trasladaba los mismos «hechos» directamente a la imagen y lo hacía científicamente?, ¿podía la fotografía sustituir al arte? Los neoclasicistas y los románticos reaccionarios se inclinaron a pensar que sí podía.


V

Ser «contemporáneo» tenía también implicaciones en el cambio y en las innovaciones técnicas, lo mismo que respecto al tema. Como Baudelaire había observado, el placer de representar el presente no sólo proviene de su posible belleza, sino de su «carácter esencial de "ser presente", entonces cada «presente» venidero podía hallar su forma de expresión característica, ya que, después de todo, ninguna otra cosa podía expresarlo adecuadamente. Esto podía ser o no el «progreso» en su sentido de mejora objetiva, pero ciertamente era «progreso» en la medida en que las formas de aprehender el pasado debían, inevitablemente, dar paso a aquellas destinadas a aprehender el tiempo presente, que eran mejores por el mero hecho de ser contemporáneas. El arte debe renovarse constante e inevitablemente, al hacerlo así, cada serie de innovadores perdería el apoyo de la masa de los tradicionalistas, de los «filisteos», de aquellos que carecían de lo que el joven Arthur Rimbaud (1854-1891) denominó «la visión». En pocas palabras, comenzamos a encontramos en el ahora familiar mundo de la avant-garde (aunque este término aún no era popular). No se debe a la casualidad que la genealogía retrospectiva de las artes de avatu-garde no nos remonte más allá del Segundo Imperio francés: es decir, a Baudelaire y Flaubert en literatura y a los impresionistas en pintura. Históricamente esto es un mito, pero la fecha es significativa. Señala el colapso del intento de producir un arte intelectualmente coherente (aunque con frecuencia crítico) de la sociedad burguesa; es decir, un arte que comprendiese la realidad física del mundo capitalista, del progreso y de las ciencias naturales, tal como las concebía el positivismo. Esta ruptura ideológica se cimentó entre los estratos marginales del mundo burgués que a su núcleo central: los estudiantes e intelectuales jóvenes, los escritores y artistas noveles, los bohemios en general y aquellos que rehusaban, aunque temporalmente, adoptar las costumbres propias de la respetabilidad burguesa, y que se confundían con facilidad con los incapaces o con aquellos a los que su forma de vida se lo impedía. De estos grupos se nutrieron los productores y los consumidores de lo que, un siglo después, se llamaría underground o «contracultura», que era un mercado de una cierta entidad, pero sin la solvencia suficiente para proporcionar a los vanguardistas un medio de vida.

Aunque algunos movimientos revolucionarios de la época se limitaron, casi por entero, al ambiente del Barrio Latino —por ejemplo, los blanquistas— y, aunque los anarquistas identificarían la simple pertenencia a la contracultura con la revolución, la vanguardia como tal no tenía ninguna política específica. Entre los pintores, los ultraizquierdistas Pissarro y Monet huyeron a Londres en 1870, para evitar tomar parte en la guerra franco-prusiana; pero Cézanne, en su refugio provinciano, no se tomó verdadero interés por las opiniones políticas de su amigo más íntimo, el novelista radical Zola. Manet y Degas —burgueses con medios propios—. así como Renoir, fueron a la guerra tranquilamente y eludieron la Comuna de París; por el contrario. Courbet jugó un destacado papel en la misma.

Hasta 1848 estos barrios latinos espirituales de la sociedad burguesa tenían aún esperanza —en una república o en la revolución social— y quizá, incluso, con todo su odio, experimentaban una cierta admiración envidiosa hacia el dinamismo de los más activos magnates ladrones del capitalismo, que se abrían camino a través de las barreras de la sociedad aristocrática tradicional.

Con el fin del sueño de 1848 y con el triunfo de la realidad de la Francia del Segundo Imperio, la Alemania de Bismarck, la Inglaterra de Palmerston y Gladstone y la Italia de Víctor Manuel, el arte burgués occidental, empezando con la pintura y la poesía, se bifurca en dos direcciones, hacia la masa y hacia una minoría definida. Sin estar tan proscritos por la sociedad burguesa como presenta la historia mitológica del arte de vanguardia, en conjunto, es innegable que los pintores y poetas, que aún admiramos, no llamaron la atención en el mercado contemporáneo, y fueron famosos, en todo caso, por sus escándalos: Courbet y los impresionistas, Baudelaire y Rimbaud. Los primeros prerrafaelitas, A. C. Swinbume (1837-1909) y Dante Gabriel Rossetti (1828-1882). Pero, evidentemente, este no fue el caso de todo el arte, incluso de aquellas ramas que dependían por completo del mecenazgo burgués, con la excepción del drama hablado, del que es mejor no hablar. Esto quizá se deba a que las dificultades que acosaban al «realismo» en las artes plásticas eran más «manejables» en las demás.






martes, 5 de abril de 2016

África en el mundo de las Grandes revoluciones 1789 – 1848, según Hobsbawm


Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015
El apogeo de la era de las revoluciones del mundo occidental puede pensarse como el principio de la era del terror colonial para el continente africano. Pues Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda, Portugal y Bélgica organizaron en estos territorios una carrera de imperialismo, intervención y despojo; por un lado tratando de recuperar el flujo de recursos perdidos con las independencias de las colonias americanas y por el otro, en un intento desesperado por afianzar la heguemonía del nuevo orden burgués capitalista.

Si bien a finales del siglo XVIII para el mundo occidental, el continente Africano era una tierra extraña habitada por tribus salvajes y monstruos terribles, algunos aventureros europeos decidieron internarse en sus secretos a la búsqueda de gloria y fortuna, lo que dio inicio a la carrera occidental por cartografiar este continente, a fin de poder contar con un catálogo de recursos disponibles para la explotación de lo que vendría siendo el nuevo régimen, el capitalismo burgués como modelo ideal de la ideología liberal que se desarrollaba en las mentes que controlaban el mundo.

Durante buena parte del siglo XIX se produce una ocupación de la mayoría de los territorios africanos cuyas economías, formas de organización y sistemas culturales sufrirán terribles transformaciones por la colonización europea.

El mayor de los imperios coloniales en África lo construirá Gran Bretaña, quienes dominaron los mares un par de siglos antes. Así su expansión se produjo aprovechando los enclaves que ya poseía en el Mediterráneo, como las bases de Gibraltar y Malta, a los que anexó la isla de Chipre, tras obtener el control del Canal se Suez se expande por Egipto, para controlar Sudan, Kenia y Somalia; mientras por el sur del continente anexa Natal, Orange Transval y Rodesia, con la intensión de formar una gran franja Británica que recorra África de norte a sur; mientras que por el África ecuatorial busca conquistar Gambia, Sierra leona, Costa de oro y Nigeria. Francia controló Marruecos, Argelia y Túnez y la gran franja del sur del Sahara, así como la Guinea Francesa, el Congo y la Isla de Madagascar. Portugal intervino Angola y Mozambique. Alemania por su parte estableció sus colonias en Camerún, Togo, África Sud Occidental, y Tanganica. Bélgica controlaba el Congo Belga y el Lago Chad, justo en el corazón de África. Italia se establece en Libia, Eritea y Somalia del sur. España controla una sección del norte de Marruecos, el Rió de oro y la Guinea ecuatorial.

Particularmente para Hobsbawm durante el análisis historiográfico que ejecuta en “La era de la revolución” la región africana pareciera un tanto desdibujada ante acontecimientos radicales que se estaban dando cita en el viejo continente entre 1789 y 1848, pero de alguna manera alcanzamos a observar modestas referencias al “continente negro” algunas veces como actor secundario que sufre los primeros embates de la modernidad liberal y otras -las menos- protagonista de pequeños sucesos que de alguna manera impactan tanto en el siglo XIX como en el futuro, social, cultural y económicamente en la historia del mundo.

En el apartado número 1. El mundo en 1780-1790; Hobsbawm afirma que “La extensión y altura de las cadenas montañosas europeas eran conocidas con relativa exactitud, pero… las de África (con excepción del Atlas) eran totalmente ignoradas a fines prácticos[1], muestra de ello son algunas ilustraciones sobre la cartografía fantástica del continente en los que los ilustradores dejaron libre a la imaginación para deleite de los amantes de los monstruos. Por otro lado, según Hobsbawm, en 1962 “África tenía una mayor proporción de habitantes que hoy” durante el periodo comprendido entre 1780 y 1790[2], aún que como se observa recurrentemente en la obra no aclara sus fuentes para tales afirmaciones.

Respecto al periodo de tiempo que aborda en su primer capítulo en referencia a la infraestructura de transporte y comunicativa afirma lo siguiente:
“Un sistema de comunicaciones marítimas que aumentaba rápidamente en volumen y capacidad, circundaba la tierra, beneficiando a las comunidades mercantiles de la Europa del Atlántico Norte, que usaban el poderío colonial para despojar a los habitantes de las Indias orientales de sus géneros, exportándolos a Europa y África, en donde estos y otros productos europeos servían para la compra de esclavos con destino a los cada vez más importantes sistemas de plantación de las Américas”[3]
Río Congo en el Museo de Antropología
Anticipando la crónica vergonzosa que estigmatizará el desarrollo del mundo moderno, Hobsbawm no permite olvidar al lector la procedencia de la gran mayoría de personas esclavizadas a nombre del orden y el progreso que exigía la revolución industrial e ideológica del siglo XIX. Aún que concede que a finales del siglo XVIII “África permanecía virtualmente inmune a la penetración militar europea. Excepto en algunas regiones alrededor del Cabo de Buena Esperanza, los blancos estaban confinados en las factorías comerciales costeras.[4]

Para el apartado número 2. La revolución industrial, Hobsbawm continúa construyendo su discurso sobre el vergonzoso sistema de mercado de esclavos, al afirmar que “Los esclavos africanos se compraban, al menos en parte, con algodón indio[5], y en este sentido especifica que “El volumen principal de exportaciones de algodón de Lancashire iba a los mercados combinados de África y América.[6] Así llega a la conclusión de que para 1820 “África y Asia consumieron 80 millones de yardas de algodones ingleses[7] De lo cual se deduce que por un lado el proyecto comercial ingles que había apostado por la hegemonía productiva de manufacturas de exportación estaba logrando su objetivo; y por el otro, que aún cuando la región Africana no había sido colonizada en la primera década del siglo XIX, ya se encontraba en el mapa de los proyectos expansionistas del mercado liberal internacional. (anexo 4)

Luego de un amplio silencio por varios capítulos, en el apartado que aborda La paz, queda claro que “Los ingleses se daban por contentos con ocupar los puntos cruciales para el dominio naval del mundo y para sus intereses comerciales mundiales, tales como el extremo meridional de África (arrebatado a los holandeses durante las guerras napoléonicas).[8] Y es de nuevo ante esta mención que se observa en el discurso de Hobsbawm un cierto tono eurocentrico, en el que la paz de Inglaterra parece entenderse como la paz del resto del mundo, cuando si bien tenemos pocos indicios para lograr reconstruir la historia de muchos pueblos, entre ellos los Africanos de principios del siglo XIX, queda clarísimo que para estos no hay paz que valga, cuando durante cuatro siglos previos se han visto atacados por grupos de esclavistas cristianos europeos. Y sobre este tema justo en el mismo capítulo Hobsbawm nos dice que “Las exigencias de la lucha contra la trata de esclavos… les llevó a establecer puntos de apoyo a lo largo de las costas africanas.[9] Pero valga la explicación que el texto no nos ofrece, aún que de alguna manera se puede inferir en el desarrollo narrativo, sobre el hecho de que esta postura antiesclavista de Inglaterra obedece mas a las exigencias del mercado, pues la población esclava que no recibe salario en metálico, no puede integrarse a las relaciones de consumo de la economía monetizada que se requería para el mercado internacional Ingles.

Respecto al tema que trata sobre Las revoluciones, Hobsbawm afirma que “Tres principales olas revolucionarias hubo en el mundo occidental entre 1815 y 1848. (Asia y África permanecieron inmunes: las primeras grandes revoluciones, el <motín indio> y <la rebelión de Taiping>, no ocurrieron hasta después de 1850).[10] Lo que de alguna manera se explica por la limitada intervención Europea en el continente

En el apartado número 8. La tierra; se aborda el hecho de que como consecuencia de la revolución francesa, las relaciones legales y políticas tradicionales desde el feudalismo se transformaron radicalmente, y dice Hobsbawm que “en algunas zonas coloniales directamente administradas por estados europeos, sobre todo en zonas de la India y Argelia, se produjeron revoluciones legales similares. Y también en Turquía y, durante un breve periodo en Egipto.”[11] Lo que no es gratuito, pues por un lado la injerencia colonial europea ya comenzaba a sentirse en el continente negro al que de alguna manera se van exportando los problemas propios de la revolución sociopolítica que está llevando a cabo la pujante clase burguesa; y por el otro esta misma injerencia colonial ofrece a los historiadores fuentes materiales que no solo dependen de la efímera tradición oral Africana.

Paradójicamente el capítulo número 12. Ideología religiosa, anteriormente abordado, las referencias al continente africano no solo son mayores, sino bastante interesantes. En primera instancia deja claro que “Cuando David Livingstone, el famoso explorador y misionero, embarcó para África en 1840, los nativos de aquel continente aún no habían sido alcanzados por el cristianismo en cualquiera de sus formas.”[12] Pero aquellos que si habían sido alcanzados y que se enfrentaban a los problemas de la caza de esclavos en sus regiones, y al mismo tiempo profesaban la fe musulmana, presentaban características bien particulares, a saber:
la religión mahometana apelaba a la sociedad semifeudal y militar del Sudán, y su sentido de independencia, militarismo y superioridad suponía un útil contrapeso para la esclavitud. Los negros musulmanes eran malos esclavos: los haussa (y otros sudaneses) importados a Bahía (Brasil) se sublevaron nueve veces entre 1807 y el gran levantamiento de 1835, en que muchos murieron o fueron devueltos a África. Los negreros aprendieron a evitar las importaciones de aquellas zonas, abiertas muy recientemente al tráfico comercial.”[13]
Pero vale la pena aclarar que Hobsbawm lanza estos argumentos citando al investigador brasileño Arthur Ramos quien en su propias palabras introductorias al estudio, ofrece "el primer intento hecho para estudiar en toda América al negro y sus herencias culturales, lo que trajo de África, lo que aquí dejó y lo que recibió en cambio [14]

En este mismo apartado Hobsbawm hace referencia a los movimientos bélicos sociales que algunos grupos musulmanes africanos escenificaron casi en la mitad del siglo XIX:
Inspirado también por los wahhabistas, un santón argelino, Sidi Mohamed ben Alí el Senussi, desplegó un movimiento similar que desde 1840 se extendió desde Trípoli hasta el desierto del Sáhara. En Argelia Abd-elKader y en el Caucaso Shamyl acaudillaron también movimientos político-religiosos contra los franceses y los rusos, respectivamente, anticipando un panislamismo que aspiraba no sólo a volver a la pureza original del Profeta, sino también a absorber las innovaciones occidentales. En Persia, una heterodoxia todavía más nacionalista y revolucionaria – el movimiento de Mohamed Alí – surgió entre 1840 y 1850. Entre otras cosas trataba de volver a ciertas antiguas prácticas del zoroastrismo persa y exigía quitar los velos a las mujeres.[15]

Y resultan bastante interesantes los comentarios de Hobsbawm que colocan al Islam como ideología de contrapeso en el siglo XIX, a los procesos de las grandes revoluciones en el mundo; máxime si estos contrapesos son considerados desde la actualidad, en que no hace falta mucha explicación para entender el sitio que esta ideología de origen medio oriental posé hoy en día, en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales.

En el apartado sobre Las artes, Hobsbawm hace referencia al continente africano para tratar brevemente la injerencia del movimiento romántico en una noble relación, que alimentó las exégesis que artistas y pensadores románticos hicieron de esa África bastante desconocida, caldo de cultivo de epopeyas y aventuras poéticas
La investigación romántica llevó a sus exploradores a los desiertos de Arabia o el norte de África, entre los guerreros y odaliscas de Delacroix y Fromentin, a Byron a tráves del mundo mediterráneo, o a Lermontov al Cáucaso, en donde el hombre natural en la forma del cosaco combatían al hombre natural en forma de miembro tribal entre precipicios y cataratas, más bien que a la inocente utopía social y erótica de Tahití.”[16]

Por último observamos que en la Conclusión: Hacia 1848, se hace referencia nuevamente al mercado de esclavos que a finales del periodo estudiado por Hobsbawm comienza a ser el del terror colonial para el continente africano, pues se afirma que “El precio aproximado de un esclavo labrador en el sur de los Estados Unidos, que era de 300 dólares en 1795, oscilaba en 1860 entre 1,200 y 1,800 dólares; el número de esclavos en los Estados Unidos ascendió de 700,000 en 1790 a 2 500 000 en 1840 y a 3 200 000 en 1850. Seguían viniendo de Africa, pero también se engendraban cada vez más para su venta dentro de la zona esclavista, es decir, en los estados fronterizos de Norteamérica que los suministraban a la cada vez mayores plantaciones de algodón.[17] Y es con esta reflexión poco esperanzadora concluye Hobsbawm las referencias sobre el continente Africano, el cual vendría venir en próximas fechas su peor momento colonial.

Referencias Consultadas

Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015
Iliffe, John. África. Historia de un continente. Ediciones Akal, Madrid, 2013
Ramos, Artur. Las culturas negras en el mundo nuevo. FCE , México, 1943


[1] Hobsbawm, Eric. La era de la revolución. Paidos, México, 2015, p.15
[2] Ibid, p. 16
[3] Ibid, p. 26
[4] Ibid, p. 33
[5] Ibid, p. 41
[6] Ibidem
[7] Ibid, p. 42
[8] Ibid, p. 114
[9] Ibidem
[10] Ibid p. 117
[11] Ibid p. 157
[12] Ibid p. 228
[13] Ibid p. 229
[14] Ramos, Artur. Las culturas negras en el mundo nuevo. FCE , México, 1943, p. 227
[15] Op. cit. Hobsbawm, p. 230
[16] Ibid p. 271
[17] Ibid p. 302

martes, 29 de marzo de 2016

Reseña - Capítulo 12 - Ideología religiosa -La era del capital

Hobsbawn, Eric. La era de las revoluciones. Capítulo 12 Ideología religiosa. Barcelona : Critica, 2011

La religión es el suspiro de la criatura oprimida,
el corazón de un mundo descorazonado, el espíritu,
de una condición desalmada. Es el opio de los pueblos. 
(Marx)
De todos los cambios ideológicos que se suscitaron en el mundo occidental, por las revoluciones del siglo XIX,el que sufrió el pensamiento del hombre respecto a al religión fué el cambio mas profundo. La secularizacion de las masas no tenía precedente, la indiferencia religiosa era común entre los varones nobles y burgueses, creyentes de la existencia de un ser supremo, pero que no interfería en las actividades humanas, entre los ilustrados eduritos, creadores de las modas intelectuales del XIX no era común la practica del cristianismo, proliferaron las sectas simpatizantes de la ideología de la Masonería racionalista, iluminista y anticlerical. En contraste la malloría de las clases pobres eran cristianas excepto en París y Londres.

Con las revoluciones norteamericana y francesa, las mayores transformaciones políticas y sociales fueron secularizadas, el cristianismo es dejado aparte por primera vez en la historia. El lenguaje, el simbolismo, las costumbres de 1789 son puramente a cristianos. El secularismo de la revolución demuestra la hegemonía política de la clase media liberal que impuso su ideología sobre el vasto movimientos de masas. En este proceso de transformación ideológica se presenta una paradoja, por un lado la filosofía ilustrada propone una moral natural del libre pensador, superior al cristianismo, pero los riesgos de abandonar la sanciones sobrenaturales de la moral tradicional eran inmensos. Por tanto las masas siguieron siendo religiosas haciendo de la Biblia un documento incendiario, en su natural idioma revolucionario y de rebeldía.

Por otro lado, de 1789 a 1848 la ideología de la nueva clase trabajadora fué secular desde un principio; Hobsbawn se atreve a afirmar que "la ideología de los movimientos obrero-socialistas está basada en el racionalismo del siglo VIII". Las Iglesias establecidas abandonaron a las crecientes comunidades urbanas, tanto en países católicos como luteranos, así la clase trabajadora era menos afectada por la religión organizada que cualquier otro grupo de pobres en la historia del mundo. Esta secularizacion impactó en la influencia que la iglesia tenía sobre el estado resultando en la expropiación y venta de muchas de sus propiedades y por consiguiente su fuerte pérdida de influencia económica.

En el estudio del mundo religioso de la época, aparece con claridad que está escrito por quien no comparte credo alguno. Hobsbawm no se muestra injurioso: se muestra descreído. Por eso considera algo positivo todo retroceso de la religión; al describir la secularización de masas, sobre todo de las clases altas y medias (pp. 388-90) —de una manera excesivamente generalizadora—, el calificativo que otorga a tal fenómeno es el de "beneficioso". En consecuencia, serían factores sociológicos —o mejor dicho, socioeconómicos— los que para Hobsbawm determinen la expansión o regresión de las diversas creencias.

Era una minoría racionalista libre-pensadora la que iba imponiendo la secularización. Y, según Hobsbawm, fue seguida por la nueva burguesía porque el cristianismo no servía bien a sus fines, necesitando para el nuevo orden social que querían una nueva moral racionalista: "los ejércitos de la clase media ascendente necesitaban la disciplina y la organización de una fuerte e ingenua moralidad para librar sus batallas" (p. 390). Es decir, que sus intereses reclamaban una nueva moral que les "dejase hacer" a la vez que garantizase el orden necesario para poder llevarlo a cabo. Tomado al pie de la letra, esta interpretación hubiera debido provocar una deserción en masa de la religión, pero no fue así: hubo abandonos, aunque también conversiones; en las letras abundaba más el ateísmo que en las finanzas.

Hubo otros sectores en crisis. El de las ciencias, por ser pretendida —para Hobsbawm, cierta— pugna con la fe: "La ciencia entraba en abierto y creciente conflicto con las Escrituras" (p. 395) en terrenos —aclara— como la evolución (que como teoría es posterior a esta época) o el historicismo exegético. También la religión pierde terreno en los suburbios urbanos, donde empieza a predominar la indiferencia; aquí las razones que se dan son dos, no siendo ninguna de ellas, sorprendentemente, la agitación. La primera responde a la realidad, y es la falta de adaptación de la estructura eclesial a la nueva geografía urbana. La segunda es falsa: "las Iglesias establecidas desdeñaron a estas comunidades y clases, abandonándolas (especialmente en los países católicos y luteranos)" (p. 394).

Una panorámica general de todo el mundo hará concluir a Hobsbawm que progresaban el Islam y las sectas protestantes, mientras que se daba un "marcado fracaso de otras (incluye la católica)... para extenderse" (p. 397). En todo caso, soplaban por todas partes vientos de renovación, incluido el islamismo. Se dedican varias páginas a describir —con bastante objetividad, aunque marcado demasiado los condicionamientos sociales— esta revitalización (pp. 401-08). La diferencia principal entre el campo protestante y el católico es vista acertadamente en que, mientras en el primero el renacimiento se produce fuera de lo que podríamos llamar la estructura oficial —o sea, mediante sectas—, en el catolicismo, las novedades permanecen siempre "dentro del armazón".

Cuando pasa a juzgar el papel jugado por la religión es donde mejor se aprecia la ideología de Hobsbawm. Tras citar la frase de Marx, según la cual es el "opio del pueblo", detalla su propia explicación de ello. Así, para las clases medias suponía un "apoyo moral", "justificación de su existencia social" y "palanca de expansión" (p. 408). Para la clase alta sería algo más: "proporcionaba la estabilidad anhelada" (p. 408), lo cual no pasaría desapercibido a sus miembros, pues "habían aprendido de la Revolución francesa que la Iglesia es el más fuerte apoyo del trono" (p. 409); serviría, por tanto, para ahogar todo descontento. En resumen, para Hobsbawm, la religión era "un método de rivalizar con la sociedad, caracterizado por un literalismo, emocionalismo y superstición, frente a una sociedad racionalista, y las clases elevadas que deformaban la religión a su propia imagen" (y, en contraste con lo señalado anteriormente, si la deformaban habría que concluir que no la abandonaban) (p. 408), y nada más.

A pesar de estos epítetos, Hobsbawm debe reconocer que se produjo una "patente reviviscencia del catolicismo romano entre los jóvenes sensibles de las clases altas" (p. 411). No encontrando una explicación satisfactoria, se contenta con descalificar el fenómeno con términos insultantes. El más conocido de estos nuevos focos, el movimiento de Oxford, es descrito así: "jóvenes fanáticos que expresaron así el espíritu de la más oscurantista y y reaccionarias de las universidades" (p. 412), que, si fueron bien acogidos, ello se debió solamente al hecho de que sus exponentes pertenecían a familias influyentes.

martes, 22 de marzo de 2016

Reseña - El corazón de las tinieblas

Conrad, Joseph. El corazón de las tinieblas. Series en El libro de Bolsillo, Sección Clásicos; 623. Madrid, España: Alianza, 1991. 157 p.
El libro inicia en el tranquilo y civilizado río Támesis el hogar de Marlow el marino, el capitán del vapor de agua dulce, el libre pensador, el cronista de historias fantásticas de otros mundos, el ingles liberal impresionado por el progreso - sobretodo como el testigo presencial de los acontecimientos que va a narrar – El alter ego del mismo Joseph Conrad. Pero la historia real tiene lugar en un río salvaje en el lejano Congo (antítesis de la civilización) donde para Marlow, el viaje fue retroceder a los comienzos del mundo: “Éramos nómadas en una tierra prehistórica, en una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. Podríamos habernos imaginado como los primeros hombres que tomaban posesión de una herencia maldita, sometida a costa de angustia profunda y esfuerzo excesivo”.

En esta aventura, el corazón del hombre. Su esencia misma, aparece como metáfora del elemento mismo de la oscuridad, pues el atisbo a nuestro interior, a lo más profundo de la sustancia humana (introspección a la que se ven obligados los personajes en ese estado salvaje de la naturaleza, en que la civilización occidental no tiene acomodo sencillo) es el vehículo que encuentra la narrativa de Conrad para establecer los nudos literarios y mantener al lector con la esperanza de que un vuelco heroico resuelva a favor de nuestra civilidad occidental tan arraigada, los conflictos propuestos por el autor. Un aprieto irresoluble, pues el mundo moderno no puede tropezarse con la naturaleza en su estado más puro, sin que se presente un antagonismo de facto. El corazón de las tinieblas transmite esa imagen de África como la antítesis de la Europa civilizada, un lugar donde la inteligencia humana es brutalmente puesta a prueba y finalmente pierde la batalla con esa bestialidad triunfante.
…una explosión de gritos, un torbellino de extremidades negras, una masa de manos aplaudiendo, de pies golpeando el suelo, de cuerpos balanceándose, de ojos en blanco, bajo la caída de follaje denso e inmóvil. El vapor avanzó, fatigosamente, a lo largo del borde de un frenesí negro e incomprensible. ¿El hombre prehistórico nos estaba maldiciendo, rogando, dándonos la bienvenida? Quién sabe. Estábamos incapacitados para comprender lo que nos rodeaba”.
Conrad muestra de alguna manera como las políticas de colonización de la modernidad, establecieron instituciones, como empresas extractivas, donde no existió ninguna protección a los habitantes naturales, ni sistemas de pesos y contrapesos contra la expropiación que la compañía hacía en los territorios que paulatinamente asediaba, pero también deja claro que aquellos comisionados para llevar los asuntos del progreso en tierras salvajes, terminaban reproduciendo “nuevas Europas desquisiadas” que replican las instituciones del viejo mundo, incluyendo las intrigas y los procesos burocráticos en espacios anacrónicos en que siempre las condiciones naturales de los asentamientos colonizadores determinan las estrategias de sobrevivencia. “La tierra parecía sobrenatural. Estamos acostumbrados a considerar la forma encadenada de un monstruo conquistado pero allí, allí se podía ver algo monstruoso y libre”.

Joseph Conrad se muestran ante sus lectores, con una posición crítica anticolonialista y consciente del racismo y la barbarie europea en este proceso civilizatorio, aún que él mismo no consigue escapar de las concepciones eurocéntricas de su mundo y termina esclavo de esa visión binaria, un tanto maniquea del blanco y negro, el salvaje ó el civilizado. Quizá la razón sea que su estilo Romántico, en su búsqueda de nuevas formas y nuevos sentimientos, va a conformando las categorías estéticas de la modernidad, difusas pero absolutamente fundamentales para comprender la vida y sobre todo, este proceso violento de los nuevos imperialismos colonizadores de inglaterra; así pues pareciera que la incertidumbre por el futuro provoca en Conrad un esfuerzo colosal por conjurar, en su obra, la dimensión totalizadora de la que el mundo, en su existencia cotidiana, se halla privado. La bondad, la libertad y la igualdad del ser humano...